Hoy domingo 18 de
octubre de 2015 amanecí en Caracas un poco trasnochado. El trasnocho se debe a
que tuve doble jornada de viernes y sábado
en revisión de proyecto de tesis en mi programa de doctorado con Sypal. Para
premiarme de lo bien que salí, me di el permiso de disfrutar de una película de
producción hollywoodense concerniente a la proeza de un malabarista francés que
en 1974 cruzó la cuerda floja que interpuso entre las hoy extintas torres
gemelas de New York, las más altas para la época. Acto seguido, meditabundo me
puse a parlotear con mis anfitriones caraqueños un poco sobre el film
esquivando caer en el lugar común de criticar la situación dolorosa y caótica por
la cual estamos pasando en Venezuela. Me duché y me zambullí en la cama para sumergirme por segunda
vez en mi vida en la novela Boves, el
urogallo de Francisco Herrera Luque, pues soy un tanto fanático de las
novelas y películas históricas, como ser nerd
y extraño en esta sociedad venezolana narcisista, hedonista e hiper-consumista.
La primera vez que leí esa historia tendría
unos 22 años, ahora tengo 42, por eso después de haber visto cerca de
ocho veces con fascinación el film Taita
Boves de Luis Alberto Lamata, me dispuse a leer la novela original, pues la
adaptación cinematográfica me confundió un poco en cuanto a la trama y a los
personajes debido a mi falla de memoria. Terminé la lectura de la historia
novelada, y coincidí con la crítica: no fue una adaptación libre sino
libérrima, que lejos de cuestionar, ensalza el extraordinario logro del
cineasta para narrar bien una historia tan
compleja en 120 minutos,
Como cualquiera que
haya leído la novela o visto la película, reflexioné si todavía somos presa
fácil de los caudillos, de esos seres paranoides que canalizan frustraciones,
odios y resentimientos de siglos y nos sumergen cada cierto tiempo en la
anarquía, en la falta de solidaridad y la depredación. Echo un vistazo a la
situación actual del país y releo el perfil psiquiátrico del personaje Boves, veo que hay paralelismos de los
caudillos decimonónicos, con los del siglo XX y del XXI, y no puedo evitar
subyugarme. Me pregunto si los caudillos no son la causa sino el efecto de lo
que somos, si su violencia y autoritarismo son la respuesta a las demandas de
una sociedad mentalmente enferma, resentida, con heridas seculares. Al fin
duermo. Me levanto y a pesar que es
domingo surge de nuevo la conversación que una y otra vez de forma psicótica se
repite casi a diario, por más que yo trato de vez en cuando esquivarla:
-¿Qué hacemos?, ¿a
dónde va a parar este país?
-¿Tú te irías?
-¡Qué bolas tienen los
que se van!, ¡los que se van son unos egoístas y cobardes!
- Pero, ¿qué más les
queda?, yo no los critico…
Y así, yo a veces
callo, otras veces me involucro, pero generalmente poco hablo porque siempre
hay uno o una que suelta su perorata, toma la palabra y se sienta en ella. Sobre
todo callo hoy, porque gracias a la tecnología curucuteé el pasado jueves en la
Internet, y leí que en Ecuador el programa Prometeo
contrata a investigadores nerds –como
yo- por dos años, con una remuneración de más de 4.000$,, más 3.000$ para
traslados a Venezuela, más otros cientos de dólares para pagar residencia. Mecánicamente,
casi sin filtro, comparo esa oferta con mi sueldo de profesor asociado de menos
de 40$. Callo porque yo desde hace tiempo me he inclinado para quedarme en este
país porque quiero investigar en Venezuela; la política, la cultura y la
historia venezolana, obviamente encuadradas en lo
local-regional-nacional-mundial. Creo quizás cándidamente, –por no decir
tontamente- que he de responder con conocimiento el conocimiento que este país
me ha dado, romanticismos míos, es capaz que cuando llegue a donde San Pedro éste
me reprenda diciéndome algo así:
-¡Te mandamos a pasear,
no a responder ni corresponder, te mandamos fue a displacerte no a complicarte
con investigar ese país que nadie entiende!
Bueno… cavilaciones
heideggerianas de uno… Como todo nerd
me consuelo con imaginar que hay universos paralelos, y en otra dimensión hay
un Felipe gozón y hedonista, ese que los estudiantes afirman haber visto en La Encrucijada
o en un centro comercial con una camionetota que ni en sueños me puedo comprar
con mi actual y mis pasados sueldos de
docente-investigador.
La conversación
psicótica de la situación-país, resurgió hoy domingo, porque quien quiso
acompañarme en mis andadas de nerd
cuarentón a Caracas tenía que regresar hoy a Valencia a un barrio del sur a
votar en el simulacro electoral, y debió
hacerlo, porque trabaja en un ministerio y de forma obligatoria desde una sala
situacional le exigieron ir a simular su voto, y además luego de hacerlo debía
tomarse un selfie y enviarlo para
corroborar que cumplió con la orden. Pacientemente hice el acompañamiento a la
diligencia política-clientelar con un sol abrasador y abrasivo, más por
solidaridad que por convencimiento. Al fin descubro que aún me queda tiempo
para ir a la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc)
en el estacionamiento del Mall
Metrópolis, porque el martes pasado fui a presentar en el marco de ese evento
¿académico? la Revista Estudios
Culturales con algunos de mis colegas, aproveché de echar un vistazo a los stands
y pude captar un libro que me interesó en 400 Bs, pero no lo pude
comprar en ese momento. Este año decidí no comprar muchas obras, en primer
lugar porque mi morada está abarrotada de libros, y en segundo lugar, porque la
prima o bono de la magnífica Universidad de Carabobo es de 600 Bs para la
compra de libros. Llegué en la raya. Aunque el programa de la Filuc indicaba
que se clausuraba a las 6.00 p.m. a las 5.20 p.m., la cerraron. Yo entre de
broma.
Busco el libro. Decido
no comprar más porque todos los stands
están cerrando y es muy desagradable comprar libros con apuro. Hay mucha gente
en el laberinto de la Filuc, la cual reproduce casi fielmente lo tumultuoso, embotellador,
disperso y caótico de la otrora ciudad industrial de Venezuela. Me cuesta
caminar por los angostos pasillos. Por fin cumplí con el engorroso trámite de
pedir el libro, que lo facturaran, luego fui para su aprobación, los púberes
que contrata la Filuc tardaron bastante para hacer la transacción. Espero. Logro
que me aprueben la compra por prima universitaria de 600 Bs, que equivale en la
actualidad a un almuerzo en un establecimiento baratero. Voy con mi factura
aprobada al stand donde compré el
libro, hay una tranca de personas, no hay por donde pasar, pido permiso, las
personas no se mueven, a pesar que mi estatura es mediana me siento alto porque
quienes obstaculizan el tráfico peatonal son en realidad bajos de estatura.
Trato de ver en perspectiva cómo sorteo el tapón de gente. Descubro que se
trata de la comparsa de jala-bolas que ahora rodean a la rectora y la siguen a
todas partes, la puedo medio ver con sus dos moñitos de quinceañera, desorientada
y a la vez complacida de tanto jala-bolismo. Vista la situación, pido permiso
con firmeza al anillo más externo de la comparsa
liliputiense de la rectora, quien se apresta entre alegre y un poco aburrida a
clausurar la Filuc.
Subo a los niveles
altos del Mall Metrópolis que es un
adefesio de la arquitectura difícil de apreciar estéticamente y como
consumidor. Comparto con mi amigo, que quedó
afuera de la Filuc, unos tequeños que me costaron mucho más caros que el libro.
Los pago sin remordimientos. Charlamos un poco. Vamos al estacionamiento. Me
parece que la puerta de mi carro viejo está abierta, no estaba abierta, estaba
forzada. Se robaron la batería que apenas compré en julio (obviamente con cola,
con número entregado, y todas las vicisitudes propias de este caso debido a la
escasez de cualquier producto en Venezuela). Apenas doy unos pasos y le digo al
vigilante lo sucedido un poco en son de reclamo. El señor mayor se pone
nervioso. Yo estoy molesto. Pregunto qué procedimiento cumplo, en mi empeño de
ser ciudadano (cumplidor de deberes y activista de derechos) en un país
adorador de caudillos y de rectoras con comparsas de liliputienses. Recuerdo
que una profesora colega me comentó que a un primo suyo le robaron
recientemente los cuatro cauchos en el Mall
Metrópolis de la ciudad de Valencia.
Me envían a la oficina de vigilancia que queda cerca de Filuc. Toco la
puerta. Todos sabían que yo iba. Fingieron demencia. Subo con un vigilante que
dice que va a tomar el reporte. Me pide la cédula y el carnet de circulación.
Escribe en un papel ridículo de 2x2 cm no se qué carajo. Estoy molesto, no
disimulo que sospecho que hay complicidad entre los vigilantes y los pillos, su
nerviosismo y su mirada evasiva me genera suspicacia, porque vergüenza no
tienen. Me dicen que la denuncia la debo hacer mañana después de las 10.00 am,
en la administración del Mall Metrópolis
porque hoy es domingo y que debo ir al Cuerpo de Investigaciones Científicas,
Penales y Criminalísticas (Cicpc) a introducir la denuncia.
Después de un largo
rato de caras que fingen estar atónitas y que saben que no me las creo, me embarco para ir a poner la denuncia
y llevarla luego a la administración del Mall
Metrópolis, sé que tengo pocas posibilidades que asuman la responsabilidad, pero
mi instinto, mi sentido común y mi empeño de ser ciudadano me impulsan a hacer
los trámites. Pude hacerlo porque cargaba una batería extra de un amigo que tiene
solo tres cauchos, y como la batería mía duró más de un mes sin prender porque
estaba de vacaciones y además solo tengo
cuatro cauchos (el de repuesto está dañado), me prestó su batería por si la mía
fallaba. Llegamos al Cicpc. El funcionario sin hacer contacto visual ni
despegar los ojos de su teléfono celular, cuyo cargador conectado le impedía
moverse hacia el mostrador, me comunica de forma indiferente y lejana lo mismo
que los vigilantes del Mall
Metrópolis:
-Venga mañana ¿no ve
que hoy es domingo?
Ante mi insistencia de
preguntar en qué consiste el trámite me
indica que debo hacerlo para poder comprar otra batería, si no tengo la
denuncia, no podré comprar otra por medios lícitos. Mi amigo entra y pregunta
otra vez al burócrata sin que yo pueda frenarlo porque aún esperaba el contacto
visual del policía-autómata. El funcionario se ofusca y nos regaña. Dice que el
da orientaciones y que mi cara molesta no tiene razón de ser. Hago un intento
por no dejarlo hablando solo, ya que después de muchos minutos hace contacto
visual. Apenas termina doy las buenas noches y salgo.
Desde el suceso me
turba la opinión de mi amigo, quien dejó pasar la oportunidad de callar y
señaló:
-Un señor que andaba
con una beba en brazos dijo que una batería la roban en dos minutos.
Me encolerizo. Siempre la
responsabilidad es del otro-otro. Es decir, para el señor la responsabilidad no
es del vigilante ni de la administración del Mall Metrópolis que cobra sin piedad el estacionamiento. Trato de
callar. No puedo evitar proyectarme a lo que dicen los idiotas, los adoradores
de caudillos, los liliputienses huele-peos de rectora y de otras figuras de
mediana y alta autoridad:
-¿Por qué fuiste el
domingo a la Filuc?, ¿quién te manda?
-¿Por qué no guardaste
la batería en la maleta?
-¿Por qué no le
redoblaste la seguridad al capó?
Todas esas oportunidades
malgastadas de callar me enervan, ese maldito empeño de limpiar culpas y
responsabilidades y hacerle ver a uno que es un pendejo. Después de fastidiarme
con las proyecciones de las opiniones de la gente de este tragicómico
país, se me activó el Carlos Fraga que
ahora todos llevamos por dentro gracias a la cultura de la autoayuda. La voz
chillona de Carlos Fraga con ecos de Maytte y vestigios de Conny Méndez me
decía:
-¿Qué hiciste para
merecer esto, qué atrajiste, qué pensaste o dijiste que atrajo esta situación?
Los mandé a ahogarse en
el Guaire. No soy culpable de esta situación, yo no provoqué esto, yo soy la
víctima, no el victimario. Trato de refugiarme en los ochenta, esa época
dorada, donde todo era color de rosa. Trato de poner los superhits de los 80. No los consigo. Sale Karina, ella siempre me
sirve, desde 1985 me canta, y aunque sus canciones parezcan tontas y melodramáticas
me transporta a la época caleidoscópica de los ochenta, donde podía ir a guerra
de minitecas sin estar midiendo tanto el peligro de la delincuencia, cuando era
divinamente ignorante, es decir, feliz sin saberlo; cuando aún podía amanecer
en la plaza Bolívar de Boconó sin mayores espavientos.
Estoy consciente que mi
molestia va dando paso a la desmotivación ¿Qué clase de país es éste? Los
vigilantes no vigilan. Las administradoras no administran. Los funcionarios no
funcionan. Me consuelo pensando que la lentitud de los efebos de la Filuc con su
trámite engorroso de una pírrica y ofensiva prima editorial que se aproxima a un mal chiste, y a la
comparsa liliputiense obstructiva de la
rectora, sin querer, me retardaron mi compra fugaz de un libro, y así me
salvaron de llegar en pleno acto de robo de la batería de mi carro del 93’, y
así tal vez me libraron de un desenlace peor
y más lamentable. Doy gracias. Vuelven a aparecer Carlos Fraga, Maytte y Conny Méndez empapados
de fango marrón guaireño; pero prefiero desvanecerlos y optar por mi concepto
de Dios, a quien solo le pedí iluminación. Por algo curucuteé el programa Prometeo de Ecuador. Me concentro en
Karina, en su bella y jovial voz de los ochenta, me voy al recoveco de mi mente
cuando soñaba con ella, cuando en mi imaginación de adolescente pendejo me
proyectaba a la escena donde la consolaba de sus desacertadas elecciones
amorosas que gritaba cursimente en sus canciones escritas por Rudy La Escala. Reconozco
que ella es una gran artista, y recuerdo al Nené Quintero, también con cierto
rubor a Carlos Fraga y Maytte, y pienso que también son venezolanos, y aunque dos
de ellos estén en Miami, les sigo agradecido por brindarme sus talentos. Mi amigo
decide acompañarme en mi salvavidas ochentoso:
-Pero, ¿por qué no la
quiere de la cintura para arriba?
-Porque la quiere solo
para sexo, nada más quiere su vagina.
- Nunca pensé que
Karina cantara canciones de esas…
- Es un lamento, ella
tenía un novio virgen, y vino otra y se lo pervirtió, el chamo se avispó y le
pidió sexo, entonces ella se contraría… porque se enamoró del sujeto y él solo
la quiere para cronchicronchi y más
nada…
- Jejé, que pendejos
somos.
Y así finalizó mi
domingo. Como todo nerd me senté a
escribir para hacer algo de catarsis. Por la mente se me cruzan dos
pensamientos-sonidos-imágenes: el final de la película Taita Boves:
-“Los condeno a buscar
por los siglos de los siglos un taita…”
Y la conversación que
tuve con unos amigos universitarios hará unos 15 o 17 años:
-¿Tú te vas del país?
- No sé quién sabe,
quiero investigar sobre Venezuela, quizás me vaya a cursar un postgrado…
- Yo sí me voy…
- Es que quiero a mi país
- Sí yo también, ¡pero
mí país no me quiere!...
Y hoy otra vez esa
conversa en mi memoria. Siento que los que se fueron y los que nos quedamos todos
teníamos razón. Lo bueno hubiese sido que esa conversación no se haya dado hace
20 o 15 o 10 años atrás ni ahora… Pero el hubiese no existe… quizás en el mundo
paralelo…
Bueno… hoy mi hermana
Lucrecia, a quien amé como todos quienes la conocimos, fue una que me enseñó a
querer este país con su ejemplo de maestra intachable. Lucre, estuviera
cumpliendo 54 años, luchó toda su vida contra un tumor en la hipófisis. Perdió
finalmente la guerra, aunque ganó muchas batallas. Quizás estuviera hoy celebrando
su cumpleaños si en Boconó existiera un oncológico donde se hubiese hecho
radioterapia sin tanta complicación…
Boconó es el municipio
de más extensión de Los Andes venezolanos y uno de los que tiene mayor
población. Pero desde hace décadas gobiernos nacionales y regionales pillos y
corruptos como quienes me robaron mi batería, le han negado maternidad,
oncológico, universidad autóctona, aeropuerto... Boves mataba a mansalva, hoy nuestros líderes con su saqueo a la
nación condenan a personas a morir de mengua en los hospitales, le niegan sus
quimioterapias, sus insumos para curarse, sus diálisis, le quitan la
oportunidad a jóvenes y niños a tener una escuela cerca y de calidad, sin
contar con la inseguridad ni los bonos ínfimos para comprar libros de quienes
tenemos la gran responsabilidad de formar a los formadores de este país.
Y hablando del estado
de abandono de Boconó, recordé que escuché por radio en mis últimas vacaciones a
la profesora Marbella Araujo, promotora
de la construcción y puesta en marcha del oncológico de Boconó, quien decía con
mucha resignación:
-“Me entrevisté con el
ministro y me dijo que el oncológico para Boconó no va por ahora, y un por
ahora bien largo…”
Y así, sin más, cabe
preguntarse cuántos boconeses morirán afectados por el cáncer y enfermedades
vinculadas mientras ministros y gobernadores incompetentes y corruptos vacían
las arcas de la nación. Entonces, me vuelve a venir a la mente el final de la
película Taita Boves, la comparsa liliputiense
de la rectora y la conversación psicótica ¿me quedó?, ¿me voy?
Felipe A. Bastidas T.
Valencia, 18 de octubre de 2015