La crisis de Venezuela se expresa en diferentes dimensiones. Una de ellas es la social. La cohesión social se ha visto afectada por debilidad en el liderazgo político y social, y la poca fortaleza de las instituciones. No obstante, los cuadros profesionales del país tienen responsabilidad en esta realidad al no contar con una sólida conciencia histórica ni haber asumido su liderazgo conferido por la autoridad de conocimiento y la autoridad moral generada automáticamente por el hecho de ser universitario. Usualmente, se critica a ciertos grupos sociales por ser presa fácil del clientelismo y el populismo, por ese inmediatismo y exagerado individualismo que hoy nos agobia y cobra factura, pero los cuadros profesionales tienen alguna responsabilidad en ello.
Cabe resaltar, que el liderazgo social y político no solo corresponde al Estado y a los partidos políticos, también es responsabilidad de las universidades, los gremios profesionales y los sindicatos, entre otros grupos, como las comunidades basadas en la fe, por mencionar las más visibles. Las instituciones mencionadas anteriormente, requieren de cuadros profesionales para apuntalar sus políticas, programas y acciones sociales. No obstante, el profesional universitario en Venezuela, desde hace décadas, en específico a partir de la década de los ochenta del siglo XX, no solo se ha mostrado reacio a participar en partidos y movimientos políticos, sino que ese repudio lo ha llevado a omitir su aporte para otras organizaciones no gubernamentales, gremios o asociaciones de profesionales. En parte, por esta causa, la gran mayoría de los venezolanos están desprovistos no solo de educación política, formación en liderazgo, gestión y autogestión comunitaria, sino de un débil sentido de ciudadanía que lleva al inmendiatismo, la individualidad, y por ende, es presa fácil de la política clientelar.
Esta situación, no siempre fue así, a partir de la década de los 60' y durante los 70' del siglo XX, la clase media y los cuadros de profesionales de esa época asumieron su liderazgo consciente de la necesidad histórica de educar a grandes sectores de la población. Evidencia de ello fue la creación de múltiples ateneos en gran parte del territorio nacional. Pero el carácter filantrópico de estas inciativas, más el crecimiento del Estado, restó el impulso inicial del movimiento ateneísta y el liderazgo nacido desde la sociedad civil. Ya para la década de los ochenta la mayoría de los profesionales universitarios, al egresar de su casa de estudios, tenía como aspiración conseguir un automóvil, una vivienda, desarrollo profesional, pero el liderazgo y el servicio social ya no estaba dentro sus metas ni prioridades. La resulta fue y es una sociedad civil débil frente a un poder omnipresente del Estado, clientelismo partidista, organizaciones comunitarias de carácter coorporativista, empresas con escasa o nula responsabilidad social, y más sectores sociales excluidos.
Por estas razones, un profesional universitario ha de tener conciencia histórica y comprender que su liderazgo social y político va mucho más allá de ocupar un puesto de trabajo o militar en un partido político, sus conocimientos son requeridos para adelantar programas sociales, o en su defecto crearlos, desde la sociedad civil, o al menos fortalecer la organizaciones comunitarias ya constituidas para ayudarlas a pasar de una relación corporativista con el Estado, hacia una mayor autogestión. La motivación no debe ser la filantropía, sino ayudar a otros a empoderarse a partir de sus talentos, como una vía factible para fortalecer el tejido social, y desde la consciencia que el beneficio de otros redunda en el beneficio propio. Para los profesionales de otros países, hago el mismo llamado, si se deja el liderazgo social y político solo a las instituciones del Estado y a los partidos políticos, se pone en peligro la cohesión social, el sentido de ciudadanía y con ello la democracia. Para muestra un botón: Venezuela 2017.
Felipe A. Bastidas T. 28 de diciembre de 2017
Cabe resaltar, que el liderazgo social y político no solo corresponde al Estado y a los partidos políticos, también es responsabilidad de las universidades, los gremios profesionales y los sindicatos, entre otros grupos, como las comunidades basadas en la fe, por mencionar las más visibles. Las instituciones mencionadas anteriormente, requieren de cuadros profesionales para apuntalar sus políticas, programas y acciones sociales. No obstante, el profesional universitario en Venezuela, desde hace décadas, en específico a partir de la década de los ochenta del siglo XX, no solo se ha mostrado reacio a participar en partidos y movimientos políticos, sino que ese repudio lo ha llevado a omitir su aporte para otras organizaciones no gubernamentales, gremios o asociaciones de profesionales. En parte, por esta causa, la gran mayoría de los venezolanos están desprovistos no solo de educación política, formación en liderazgo, gestión y autogestión comunitaria, sino de un débil sentido de ciudadanía que lleva al inmendiatismo, la individualidad, y por ende, es presa fácil de la política clientelar.
Esta situación, no siempre fue así, a partir de la década de los 60' y durante los 70' del siglo XX, la clase media y los cuadros de profesionales de esa época asumieron su liderazgo consciente de la necesidad histórica de educar a grandes sectores de la población. Evidencia de ello fue la creación de múltiples ateneos en gran parte del territorio nacional. Pero el carácter filantrópico de estas inciativas, más el crecimiento del Estado, restó el impulso inicial del movimiento ateneísta y el liderazgo nacido desde la sociedad civil. Ya para la década de los ochenta la mayoría de los profesionales universitarios, al egresar de su casa de estudios, tenía como aspiración conseguir un automóvil, una vivienda, desarrollo profesional, pero el liderazgo y el servicio social ya no estaba dentro sus metas ni prioridades. La resulta fue y es una sociedad civil débil frente a un poder omnipresente del Estado, clientelismo partidista, organizaciones comunitarias de carácter coorporativista, empresas con escasa o nula responsabilidad social, y más sectores sociales excluidos.
Por estas razones, un profesional universitario ha de tener conciencia histórica y comprender que su liderazgo social y político va mucho más allá de ocupar un puesto de trabajo o militar en un partido político, sus conocimientos son requeridos para adelantar programas sociales, o en su defecto crearlos, desde la sociedad civil, o al menos fortalecer la organizaciones comunitarias ya constituidas para ayudarlas a pasar de una relación corporativista con el Estado, hacia una mayor autogestión. La motivación no debe ser la filantropía, sino ayudar a otros a empoderarse a partir de sus talentos, como una vía factible para fortalecer el tejido social, y desde la consciencia que el beneficio de otros redunda en el beneficio propio. Para los profesionales de otros países, hago el mismo llamado, si se deja el liderazgo social y político solo a las instituciones del Estado y a los partidos políticos, se pone en peligro la cohesión social, el sentido de ciudadanía y con ello la democracia. Para muestra un botón: Venezuela 2017.
Felipe A. Bastidas T. 28 de diciembre de 2017