En ese cuarto, el
último de la casa, reinaba la luz trepidante que me dijo mi futuro alguna vez.
Era un atardecer de julio, el agua que me iba a tomar del vaso tenía hojitas
carbonizadas de la quema de la caña de azúcar, la regurgité y la esparcí en el
aire húmedo y tibio. Pregunté una vez más y solo escuché la voz de la Virgen en
la lejanía que me invitaba a continuar, era muy leve, muy incierto, muy lejano,
o quizás yo era muy ignorante. Fue en ese mismo sitio
donde mi amiga, la interlocutora de Dios, me habló de un crepúsculo universal
que se aproximaba, debía aprender a levitar según ella, pero eso de ser santo,
aunque atrayente, nunca fue lo mío. Siempre he pensado que si soy humano eso
debo ser, perfectible pero nunca perfecto.
Era cerca de la tarde
que esa chica me increpó sobre los carbones en el recipiente de agua, juzgando
a la esposa inexistente que me lo había llenado. Siempre tuve la duda si
todavía había esposas que le llenaran un envase de agua a sus maridos ¿Eso
existe? Una de mis tantas preguntas sin respuesta, como la del por qué los
perros le ladran a una rueda en movimiento, quizás por rabia, por placer, o por
pura diversión… Cuando aprenda a hablarle a los perros es lo primero que le
preguntaré, aunque de pronto más de una mujer aborde mi pregunta como un acto
de hipocresía, pues siempre se empeñan en afirmar el origen perruno de todos
los hombres.
Más adelante por esas
largas tardes, que duraban semanas y años enteros de mi existencia, tuve la
visión de la Madre María, me invitaba y me recordaba los beneficios del
sacramento de la comunión, pero nunca lo hice, primero porque hablar con un
sacerdote más o menos pecador que yo, dejó de entusiasmarme. Solo confesaría mi
renuncia a la invitación de santidad y de levitación, eso lo haré cuando
encuentre al cura de los ojos diáfanos, de hablar pausado y cuyo mirar sea de
frente, es decir, sacerdote cumplidor de mirarle a los ojos a su interlocutor…
En otras tardes, más
calientes, por fin me cansé de tanto obnubilar en el laberinto quejumbroso.
Salté de la ventana y sentí el crujir de la grama seca, me topé con el sargento
de acero, y como siempre, me causó mucha risa, su pecho de paloma, su andar
recto, sus marchas triunfales, su coreografía absurda, su guerra eterna y
falsa. Fue por esos días cuando conocí la reina de Saba, era muy sabia y lejos
estaba de ser hermosa, le pregunté, pero su altivez y soberbia nunca me dejaron
escuchar, o quizás fue mi orgullo quien una vez más me taponó los oídos, o
francamente, aún me inundaba la
ignorancia. Aprendí a perdonarla.
En la tarde que parecía
muy eterna nunca pude llegar al mar, ese si que sabe escuchar, abraza, mece,
dice y también calla mucho, demasiado, bastante, a veces ensordece. Pero de que escucha, escucha. Escuchado fui.
No fue hasta mi huida
del cementerio que Shasmarael acudió a mi auxilio, como algo lógico, ese ser no
podía ser blanco resplandeciente por mi naturaleza humana distante de la
santidad. Su cabello era ondulado y rizado, sus cabellos, sus ojos, sus
vestidos y sus manos alargadas eran también doradas, no como el oro, sino
cobrizo. Solo él me dio el soplido de vida que necesitaba.
Para decepción de ese
ser espiritual volví a pasear en los laberintos, pero esta vez sí tienen
salida, algo debí mejorar. Eso de los ajedreces y los laberintos aburre mucho,
aunque suenen y luzcan divertidos. Fue
en una de esas tardes cuando aprecié los paisajes, las voces quedaban atrás
como una máscara caída en el piso y absorbida por la humedad del suelo. En las
tardes de los crepúsculos aprendí a cantar a ratos, sin dirección y con bastantes
fluctuaciones.
En la tarde de los vientos
suavemente huracanados pude asir la palabra, era muy movediza, algo
escurridiza, me decía tantas cosas a la vez, pero al caer la noche pude
descifrarla, se hizo de noche y amaneció. Ahora se que esas tardes tan largas e
imperecederas no volverán, se fueron con sus aires tibios y húmedos, ahora el
viento me habla y el silencio no me ensordece, es hora de volver a la música, a
la playa y a la merced del árbol que el Momoy me reservó muy cerca de la
cascada, allí volveré y recuperaré mi tañir, tejeré los halos de luces y
brindaré con las estrellas.