martes, 10 de diciembre de 2013

Al final de la tarde


En ese cuarto, el último de la casa, reinaba la luz trepidante que me dijo mi futuro alguna vez. Era un atardecer de julio, el agua que me iba a tomar del vaso tenía hojitas carbonizadas de la quema de la caña de azúcar, la regurgité y la esparcí en el aire húmedo y tibio. Pregunté una vez más y solo escuché la voz de la Virgen en la lejanía que me invitaba a continuar, era muy leve, muy incierto, muy lejano, o quizás yo era muy ignorante. Fue en ese mismo sitio donde mi amiga, la interlocutora de Dios, me habló de un crepúsculo universal que se aproximaba, debía aprender a levitar según ella, pero eso de ser santo, aunque atrayente, nunca fue lo mío. Siempre he pensado que si soy humano eso debo ser, perfectible pero nunca perfecto.

Era cerca de la tarde que esa chica me increpó sobre los carbones en el recipiente de agua, juzgando a la esposa inexistente que me lo había llenado. Siempre tuve la duda si todavía había esposas que le llenaran un envase de agua a sus maridos ¿Eso existe? Una de mis tantas preguntas sin respuesta, como la del por qué los perros le ladran a una rueda en movimiento, quizás por rabia, por placer, o por pura diversión… Cuando aprenda a hablarle a los perros es lo primero que le preguntaré, aunque de pronto más de una mujer aborde mi pregunta como un acto de hipocresía, pues siempre se empeñan en afirmar el origen perruno de todos los hombres.

Más adelante por esas largas tardes, que duraban semanas y años enteros de mi existencia, tuve la visión de la Madre María, me invitaba y me recordaba los beneficios del sacramento de la comunión, pero nunca lo hice, primero porque hablar con un sacerdote más o menos pecador que yo, dejó de entusiasmarme. Solo confesaría mi renuncia a la invitación de santidad y de levitación, eso lo haré cuando encuentre al cura de los ojos diáfanos, de hablar pausado y cuyo mirar sea de frente, es decir, sacerdote cumplidor de mirarle a los ojos a su interlocutor…

En otras tardes, más calientes, por fin me cansé de tanto obnubilar en el laberinto quejumbroso. Salté de la ventana y sentí el crujir de la grama seca, me topé con el sargento de acero, y como siempre, me causó mucha risa, su pecho de paloma, su andar recto, sus marchas triunfales, su coreografía absurda, su guerra eterna y falsa. Fue por esos días cuando conocí la reina de Saba, era muy sabia y lejos estaba de ser hermosa, le pregunté, pero su altivez y soberbia nunca me dejaron escuchar, o quizás fue mi orgullo quien una vez más me taponó los oídos, o francamente,  aún me inundaba la ignorancia. Aprendí a perdonarla.     

En la tarde que parecía muy eterna nunca pude llegar al mar, ese si que sabe escuchar, abraza, mece, dice y también calla mucho, demasiado, bastante, a veces ensordece.  Pero de que escucha, escucha. Escuchado fui.

No fue hasta mi huida del cementerio que Shasmarael acudió a mi auxilio, como algo lógico, ese ser no podía ser blanco resplandeciente por mi naturaleza humana distante de la santidad. Su cabello era ondulado y rizado, sus cabellos, sus ojos, sus vestidos y sus manos alargadas eran también doradas, no como el oro, sino cobrizo. Solo él me dio el soplido de vida que necesitaba.

Para decepción de ese ser espiritual volví a pasear en los laberintos, pero esta vez sí tienen salida, algo debí mejorar. Eso de los ajedreces y los laberintos aburre mucho, aunque suenen y luzcan divertidos.  Fue en una de esas tardes cuando aprecié los paisajes, las voces quedaban atrás como una máscara caída en el piso y absorbida por la humedad del suelo. En las tardes de los crepúsculos aprendí a cantar a ratos, sin dirección y con bastantes fluctuaciones.

En la tarde de los vientos suavemente huracanados pude asir la palabra, era muy movediza, algo escurridiza, me decía tantas cosas a la vez, pero al caer la noche pude descifrarla, se hizo de noche y amaneció. Ahora se que esas tardes tan largas e imperecederas no volverán, se fueron con sus aires tibios y húmedos, ahora el viento me habla y el silencio no me ensordece, es hora de volver a la música, a la playa y a la merced del árbol que el Momoy me reservó muy cerca de la cascada, allí volveré y recuperaré mi tañir, tejeré los halos de luces y brindaré con las estrellas.

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