sábado, 9 de junio de 2018

El sé como duele de la emigración venezolana o cuando el xenófobo chalequeador se convierte en chalequeado


El sé como duele de la emigración venezolana o cuando el xenófobo chalequeador se convierte en chalequeado
Por Felipe A. Bastidas T.

En días recientes se generó una nueva polémica en las redes sociales por un chiste discriminatorio proferido por una joven peruana en contra de los inmigrantes venezolanos, mientras desarrollaba un número humorista en un sitio nocturno de la bella ciudad de Lima. En realidad, al parecer, no fue más que un comentario de muy mal gusto, quien con soberbia -no con ironía ni sarcasmo- hizo alusión al buen trato de los venezolanos al “servirles” a los peruanos. Para infortunio de la desprevenida y aspirante a humorista, el video de su presentación fue subido a internet, donde de inmediato recibió las críticas enardecidas, hirientes y despiadadas de cientos de muy ofendidos venezolanos y personas de otras nacionalidades, incluyendo, periodistas y líderes de opinión. Tan aguda fue la reacción que la chica se vio obligada a cerrar las cuentas de su suscripción a redes sociales, fue vetada en el bar nocturno y, hasta ahora, no ha replicado.

Cabe destacar que los venezolanos tenemos la propensión a ejercer la memoria corta, pues es muy conveniente para no reconocer nuestros errores, buscar culpables hasta por debajo de las piedras y, así, no hacernos corresponsables de nuestros actos, faltas, virtudes, recursos y destino. Olvidan los ardidos venezolanos 2.0, que, hasta hace apenas una década, en Venezuela eran comunes y muy celebrados los sketchs televisivos plenos de burlas, chistes, mofas; es decir, un refinado sistema humorista discriminatorio en contra de inmigrantes portugueses y gallegos, y en menor medida, hubo este género sofisticado de xenofobia en contra de peruanos, argentinos, colombianos y otras nacionalidades cercanas y otras lejanas como los árabes y asiáticos. Aunque nuestros humoristas, como todo venezolano, sí saben usar los recursos y estilos humorísticos (a diferencia de la joven cáustica peruana), para muchos, ha pasado inadvertida esta triste realidad xenófoba de nuestra historia, que, gracias al humor televisivo, quedó registrada.

Y es que como las palabras no son neutras ni inocentes, los chistes, bromas y apodos, tampoco lo son. Es preciso recordar a la Venezuela donde fueron célebres los sketchs representativos de portugueses, a quienes solo se les ubicaba en su pequeño negocio de frutería o panadería. Ciertamente, muchos de esos inmigrantes vinieron a ocupar esos oficios; pero lo que no se reflejó en esos programas de humor, es que lo hicieron con tanto éxito, que hoy por hoy, algunas cadenas de hipermercados del territorio nacional son productos de la bodeguita o la frutería del portugués o el gallego inmigrante del período postguerras: Central Madeirense y Excelsior Gamma son ejemplos de ello.  Tal hazaña no fue representada en estos programas humoristas, sin embargo, estos, son la expresión de nuestras actitudes xenofóbicas, algunas de ellas, comprensibles por la común tendencia etnocentrista de cualquier nación en formación.

Como evidencia de lo anterior, el pasado 13 de mayo, día de las madres, se postea por Facebook, como regalo, un chiste referido a una misiva de un hijo gallego a su madre, demás está decir que allí se desarrollaba el injusto estereotipo de la escasa inteligencia que se le ha endilgado a estas astutas, emprendedoras y trabajadoras personas, de las cuales, junto a los españoles isleños y los corsos, hemos heredado costumbres, tradiciones y valores; plasmados en muchas de nuestras festividades, gustos y gastronomía.

Aquí es preciso subrayar que en Venezuela el chiste es un vehículo de violencia simbólica, que encubre, bajo la forma de chanzas, discriminaciones xenofóbicas, machistas, misóginas, homofóbicas, transfóbicas, racistas, entre tantas otras. Su efectividad reside, en que en nuestra sociedad es inaceptable no formar parte de los chistes o chalequeos (hostigamiento escondido detrás de las bromas), pasando de inmediato como una persona amargada quien no comparta o no participe de estas expresiones sociales violentas[1]. Estos sketchs donde se representaba y se estereotipaba a grupos de inmigrantes fueron muy populares en las tres últimas décadas del siglo XX, y hoy, han trasmutado en formato 2.0 en redes sociales y otras plataformas como You Tube, incluso, han sido versionados en videos comerciales.

Al estereotipar negativamente al inmigrante se le está invisibilizando y, por ende, desconociendo, en primera instancia, su condición humana, lo que de inmediato lleva a desconocerle sus derechos humanos: se le omite el aporte de su trabajo a la sociedad receptora, lo que a su vez lleva a no reconocerle sus derechos económicos, políticos ni sociales[2]. Entonces, no es nada inocente lo que la chica humorista peruana acaba de realizar (así como otros casos como el de un cantante urbano panameño refiriéndose de forma peyorativa a las inmigrantes venezolanas), como tampoco, lo fue en su tiempo los populares sketchs de portugueses, gallegos y otros inmigrantes, aún hoy vigentes en la sociedad venezolana reproducidos o versionados en redes sociales y en números de humor presentados en teatros y bares.

Es cierto que estos sketchs del pasado tuvieron un contexto sociocultural distinto al actual, pues cada vez hay mayor atención e intolerancia en el mundo con respecto a la xenofobia, el racismo, el machismo, la homofobia, la transfobia, el antisemitismo y la islamofobia, entre otras actitudes discriminatorias. Pero es el momento de reconocer que tampoco los venezolanos fuimos del todo receptivos con nuestros inmigrantes, cargándolos de apodos, estereotipos, prejuicios y, de forma cruel, sacando chistes y bromas de sus oficios, modo de vida y costumbres; acciones que sin duda afectaron o retardaron su integración social a Venezuela, y puertas adentro, se desconoce cómo afectaron la autoestima de personas y familias.

Hasta ahora solo nuestro amado Simón Díaz, ha reconocido que fue un error haber practicado los micros humoristas radiales y televisivos discriminatorios contra las personas trans reunidos en el Show de las locas.  Díaz, en una entrevista dijo, que después de haber reflexionado con su esposa, ambos llegaron a la conclusión que esos micros, no solo eran irrespetuosos, sino que invisibilizaban el aporte social de las personas trans a nuestro país, razón por la cual, dejaron de producirlos.

No faltará quien salga a defender a nuestros humoristas y a nuestra forma mordaz de reírnos de nosotros mismos y de los demás. Con este escrito, solo pretendo recordarles que, así como nos sentimos mal con el chiste xenofóbico de la infortunada humorista peruana, así se resintieron nuestros inmigrantes portugueses, gallegos, colombianos, peruanos y tanto otros a quienes los rotulamos y encasillamos con estereotipos negativos, muchos de ellos, aún vigentes y generadores de chistes, apodos, burlas, en fin, de invisibilizaciones. Frente a estas acciones, nuestros inmigrantes no tuvieron réplica ni queja, pues adicionalmente se granjeaban la calificación de amargados o personas con poco sentido del humor, característica inaceptable en la otrora alegre, dicharachera y ensimismada sociedad venezolana. Tampoco le dimos un ápice de oportunidad a la humorista peruana que torpemente nos volteó la tortilla.

Por todo lo anterior, y haciendo un ejercicio de otredad, comienzo a pedir disculpas y perdón por los daños emocionales y sociales causados por los chistes, bromas, ofensas que acepté o accioné en contra de los inmigrantes en Venezuela, con quienes tuve contacto como compañeros de clase, vecinos, prestatarios de servicios, profesores, religiosos o simples transeúntes. Me disculpo y pido perdón por no advertir que solo vinieron a este país con la firme intención de trabajar y adquirir condiciones dignas de vida. También pido disculpas por ni siquiera preguntarme si en sus países de origen dejaron títulos, profesiones u oficios, tal actitud no fue con la intención de descalificarlos, sino porque nací y crecí en un país de inmigrantes, donde era natural que cualquier persona de mi entorno viniera de otro país, provincia o ciudad.

Todo este asunto del flujo migratorio venezolano, o como dicen algunos, la diáspora venezolana, sirva para aprender a valorarnos y valorar y reconocer a Otros. Allende a nuestras fronteras, miles de compatriotas están experimentando vívidamente que los colombianos, ecuatorianos y peruanos son personas solidarias y generosas, no seres mercantilistas ni oportunistas como siempre los etiquetamos; que para nada los chilenos, argentinos o uruguayos son soberbios o “sobra´os”, sino más bien son personas humildes dispuestas admirarnos y considerarnos; que muchos estadounidenses no son seres consumistas, superfluos y elementales -como los presenta Arjona en su canción Si el norte fuera el sur-; aún más, según mi querida amiga Anihec Pantoja, en Galicia fue recibida por médicos, sociólogos y trabajadores sociales, la mayoría mujeres, que le prestaron asistencia de salud, humana y afectiva con total desprendimiento y con mucho afecto y consideración, máxime, le dieron cobijo y la orientaron para que fuese a reunirse con sus parientes emigrantes en el sur de España.

Reconozcamos la lección en estos duros momentos. No olvidemos, que hasta hace poco, éramos los soberbios o pantalleros de este hemisferio, utilizábamos nuestro poder adquisitivo -gracias al petrodólar- para humillar a nuestros vecinos y congéneres, nos burlamos a mandíbula batiente de las desgracias o mala situación de muchos inmigrantes o naciones. No fuimos lo suficientemente empáticos.  Ahora, cuales fans de Karina, nos toca cantar Se como duele… Solo invito a reflexionar.

Los Guayos, 9 de junio de 2018




[1] Más sobre esto: en Bastidas, F. y Torrealba, M. (2014). Definición y desarrollo del concepto “proceso de invisibilización” para el análisis social. Una aplicación preliminar a algunos casos de la sociedad venezolana. Revista Espacio Abierto 23 (3). Disponible: www.redalyc.org/articulo.oa?id=12232258007
[2] Ibíd.  

viernes, 2 de marzo de 2018

La alteridad: un ejercicio oportuno a propósito de la emigración venezolana


La emigración reciente de venezolanos hacia una gran diversidad de países del orbe, presenta algunas ventajas y oportunidades, tanto a quienes se han ido como a la Venezuela-nación. De las desventajas ya hay suficiente material escrito. Entre las ventajas, los expertos apuntan la formación de talento a partir de las experiencias y vivencias de los venezolanos en el extranjero que decidan regresar, quienes traerán nuevas visiones, conceptos, propuestas, negocios y capacidades. Por otro lado, la presencia de venezolanos residenciados en el extranjero es una oportunidad formidable para comenzar a exportar bienes y servicios propios y conexos a nuestra idiosincrasia, demandados por aquellos connacionales dispersos en el mundo, quienes además están enseñando a otros a comer arepas, a describirles qué es el casabe, la bondad de la música criolla... Sin embargo, me voy a detener en otro punto no menos importante que es la emigración vista como oportunidad para un ejercicio de alteridad, del cual, sin duda, saldrá fortalecida una identidad nacional y, con ella, quizás un mayor sentido de ciudadanía y corresponsabilidad con esa construcción denominada Venezuela.

Mi idea la sostengo porque Venezuela desde que comenzó a construirse como nación, e incluso desde antes, ha sido receptora de inmigrantes; esto ya ha sido reseñado, pero al realizar un análisis más profundo, se visibilizan algunos hechos históricos y rasgos culturales, cuyas relaciones podrán salir a la luz gracias a la diáspora actual ya contabilizada en 4.000.000 de emigrantes, es decir, más del 10% de nuestra población actual. Y es que, durante el siglo XIX, Venezuela se encerró en sí misma mediante dos guerras civiles: la de independencia y la federal. Fueron pocos los años de paz y en esa centuria, se mantuvo la economía de enclave hasta bien entrado el siglo XX, donde cada región perdía población por el asunto de las guerras y el débil sistema de salud pública. Estos hechos impidieron el crecimiento de la población. No solo cada provincia de Venezuela se encerró en sí misma, sino que, como nación, también quedamos aislados del concierto mundial: quedamos como  proveedores de materia prima en rubros como el café, el cacao y el cuero de res; fortaleciendo además, nuestra dependencia económica y epistémica de los países centrales del sistema-mundo.

Con la venida de la Venezuela petrolera y rentista en el siglo XX, la población comenzó a recomponerse, con especial ayuda de los inmigrantes, debido a las sucesivas oleadas de españoles canarios y los corsos, las cuales no cesaron desde la sociedad colonial, a estos movimientos migratorios se le sumaron la de los italianos que, desde finales del siglo XIX, incrementaron su llegada a nuestro país. Ya para la segunda mitad del siglo XX, Venezuela era una habituada receptora de expatriados europeos presionados por las guerras mundiales. Más adelante con la bonanza petrolera, se recibieron inmigrantes de los países vecinos de Suramérica y el Caribe, incluso los de habla inglesa como los guyaneses y trinitarios; también comenzó a ser importante la llegada de asiáticos quienes se destacaron en el comercio principalmente venidos de China y los países árabes del medio oriente.

En consecuencia, para el venezolano de la segunda mitad del siglo XX era cotidiano convivir con inmigrantes, tenerlos como jefes, empleados o prestadores de servicios, máxime, la mayoría de los venezolanos de hoy tenemos al menos un ascendiente extranjero, toda vez, que la población durante el siglo XX se recompuso en parte por la inmigración y por la estabilidad económica, social y política. Esta última circunstancia, permitió sistemas de salud y educación públicos y gratuitos, desde los cuales se erradicaron enfermedades mortales como la malaria y la tuberculosis, y se obtuvo la calificación de mano de obra y la profesionalización, entre otras políticas públicas, como construcción de acueductos, desarrollos habitacionales y una dotación aceptable de servicios públicos. Todos estos factores no solo permitieron el crecimiento demográfico, sino que se mantuvo la recepción de inmigrantes sin ningún tipo de filtros ni políticas en la materia.

Por todas estas razones, el etnocentrismo venezolano aún sigue latente, en su lugar, más bien, se creó un endorracismo activado por las subalternizaciones que muchos inmigrantes reprodujeron desde su lugar de origen, catalogándonos como flojos, indisciplinados y poco emprendedores. Estos estereotipos negativos, aún se siguen reflejando en los estudios de psicología social aplicados a los venezolanos, los cuales indican una pésima auto-percepción. Aquí es donde comienza a trastocarse la autoimagen distorsionada que tenemos, gracias al efecto de la emigración. Los ciudadanos de los países receptores de emigrantes venezolanos, sobre todo, los de Suramérica, no solo los están calificando positivamente como trabajadores y emprendedores, sino como personas responsables y audaces, incluso, en algunos casos, los ven como competencia para conseguir buenos puestos de trabajo.

Ahora bien, afirmo que el etnocentrismo latente del venezolano está comenzando a manifestarse por cuanto al entrar en contacto con otras culturas, naturalmente, como todo ser social y cultural, se están haciendo algunas resistencias, estableciendo diferenciaciones y distinciones, un paso previo para la adaptación cultural; pero también es un doloroso y efectivo ejercicio de alteridad que como nación estamos siendo obligados a practicar: ¿Quiénes son ellos o los otros y en qué se diferencian de nosotros? ¿Qué aspectos y rasgos nos distinguen y contribuyen a fortalecer nuestra siempre débil identidad nacional? ¿Cuáles talentos, rasgos culturales, destrezas y habilidades no presentes o raras, en otras sociedades, estamos supliendo para ser bien recibidos en latitudes tan disímiles como Chile, Australia, República Dominicana o Suiza?

Cuáles tradiciones, costumbres y heredades ancestrales poseemos, pero hasta ahora han estado invisibilizadas, porque estábamos apenas poblando y reconociendo nuestro territorio, idiosincrasia e imaginario. Cuáles potencialidades, ventajas comparativas y competitivas tenemos, no vistas hasta ahora, pero las cuales emergen, cuando nuestros connacionales se han topado con países con mucho menos recursos que nosotros, y aun así, son más prósperos. ¿Qué otros rasgos culturales poseemos aparte del buen humor, la alegría y la pasión? ¿Nos seguiremos sujetando solo a la exportación de petróleo, reinas de belleza, telenovelas y beisbolistas? ¿O siempre hemos sido mucho más que eso y no lo habíamos siquiera vislumbrado o reconocido hasta ahora? 

Más adelante, y espero no ser muy ambicioso, también puede surgir la pregunta si nuestros problemas que generaron esta crisis, son tan graves y complejos comparados con las situaciones pasadas, presentes y futuras que han de vivir nuestros conciudadanos del planeta en países donde el clima quizás no sea tan benigno como el nuestro, donde solo la riqueza es producto del trabajo arduo o donde son comunes fenómenos naturales como los terremotos, los huracanes o las nevadas.
Quizás hasta ahora solo estábamos observando nuestro ombligo, nos acostumbramos a un mundo visto solamente con ojos de turistas, o solo veíamos, tanto interna como externamente, según nuestros deseos sin mucho criterio de realidad ¿En verdad somos un país rico? O mejor sería afirmar que somos un país potencialmente próspero.  Por ahora, la emigración nos cambió, y nos presiona para hacer este ejercicio de alteridad y así reescribir historias personales, familiares que ayudarán a fortalecer e innovar nuestra identidad nacional y a valorar nuestra cultura e idiosincrasia; y con esto construir la Venezuela pacífica, inclusiva y próspera, que ya no solo queremos los venezolanos, sino a la que apuesta mucha gente alrededor del mundo.

Felipe A. Bastidas T, 2 de marzo de 2018.