La emigración reciente de
venezolanos hacia una gran diversidad de países del orbe, presenta algunas
ventajas y oportunidades, tanto a quienes se han ido como a la Venezuela-nación.
De las desventajas ya hay suficiente material escrito. Entre las ventajas, los
expertos apuntan la formación de talento a partir de las experiencias y
vivencias de los venezolanos en el extranjero que decidan regresar, quienes
traerán nuevas visiones, conceptos, propuestas, negocios y capacidades. Por
otro lado, la presencia de venezolanos residenciados en el extranjero es una
oportunidad formidable para comenzar a exportar bienes y servicios propios y
conexos a nuestra idiosincrasia, demandados por aquellos connacionales
dispersos en el mundo, quienes además están enseñando a otros a comer arepas, a
describirles qué es el casabe, la bondad de la música criolla... Sin embargo,
me voy a detener en otro punto no menos importante que es la emigración vista como
oportunidad para un ejercicio de alteridad, del cual, sin duda, saldrá
fortalecida una identidad nacional y, con ella, quizás un mayor sentido de
ciudadanía y corresponsabilidad con esa construcción denominada Venezuela.
Mi idea la sostengo porque Venezuela desde que comenzó a construirse como nación, e incluso desde antes, ha sido receptora de inmigrantes; esto ya ha sido reseñado, pero al realizar un análisis más profundo, se visibilizan algunos hechos históricos y rasgos culturales, cuyas relaciones podrán salir a la luz gracias a la diáspora actual ya contabilizada en 4.000.000 de emigrantes, es decir, más del 10% de nuestra población actual. Y es que, durante el siglo XIX, Venezuela se encerró en sí misma mediante dos guerras civiles: la de independencia y la federal. Fueron pocos los años de paz y en esa centuria, se mantuvo la economía de enclave hasta bien entrado el siglo XX, donde cada región perdía población por el asunto de las guerras y el débil sistema de salud pública. Estos hechos impidieron el crecimiento de la población. No solo cada provincia de Venezuela se encerró en sí misma, sino que, como nación, también quedamos aislados del concierto mundial: quedamos como proveedores de materia prima en rubros como el café, el cacao y el cuero de res; fortaleciendo además, nuestra dependencia económica y epistémica de los países centrales del sistema-mundo.
Con la venida de la Venezuela petrolera y rentista en el siglo XX, la población comenzó a recomponerse, con especial ayuda de los inmigrantes, debido a las sucesivas oleadas de españoles canarios y los corsos, las cuales no cesaron desde la sociedad colonial, a estos movimientos migratorios se le sumaron la de los italianos que, desde finales del siglo XIX, incrementaron su llegada a nuestro país. Ya para la segunda mitad del siglo XX, Venezuela era una habituada receptora de expatriados europeos presionados por las guerras mundiales. Más adelante con la bonanza petrolera, se recibieron inmigrantes de los países vecinos de Suramérica y el Caribe, incluso los de habla inglesa como los guyaneses y trinitarios; también comenzó a ser importante la llegada de asiáticos quienes se destacaron en el comercio principalmente venidos de China y los países árabes del medio oriente.
En consecuencia, para el venezolano de la segunda mitad del siglo XX era cotidiano convivir con inmigrantes, tenerlos como jefes, empleados o prestadores de servicios, máxime, la mayoría de los venezolanos de hoy tenemos al menos un ascendiente extranjero, toda vez, que la población durante el siglo XX se recompuso en parte por la inmigración y por la estabilidad económica, social y política. Esta última circunstancia, permitió sistemas de salud y educación públicos y gratuitos, desde los cuales se erradicaron enfermedades mortales como la malaria y la tuberculosis, y se obtuvo la calificación de mano de obra y la profesionalización, entre otras políticas públicas, como construcción de acueductos, desarrollos habitacionales y una dotación aceptable de servicios públicos. Todos estos factores no solo permitieron el crecimiento demográfico, sino que se mantuvo la recepción de inmigrantes sin ningún tipo de filtros ni políticas en la materia.
Por todas estas razones, el etnocentrismo venezolano aún sigue latente, en su lugar, más bien, se creó un endorracismo activado por las subalternizaciones que muchos inmigrantes reprodujeron desde su lugar de origen, catalogándonos como flojos, indisciplinados y poco emprendedores. Estos estereotipos negativos, aún se siguen reflejando en los estudios de psicología social aplicados a los venezolanos, los cuales indican una pésima auto-percepción. Aquí es donde comienza a trastocarse la autoimagen distorsionada que tenemos, gracias al efecto de la emigración. Los ciudadanos de los países receptores de emigrantes venezolanos, sobre todo, los de Suramérica, no solo los están calificando positivamente como trabajadores y emprendedores, sino como personas responsables y audaces, incluso, en algunos casos, los ven como competencia para conseguir buenos puestos de trabajo.
Ahora bien, afirmo que el etnocentrismo latente del venezolano está comenzando a manifestarse por cuanto al entrar en contacto con otras culturas, naturalmente, como todo ser social y cultural, se están haciendo algunas resistencias, estableciendo diferenciaciones y distinciones, un paso previo para la adaptación cultural; pero también es un doloroso y efectivo ejercicio de alteridad que como nación estamos siendo obligados a practicar: ¿Quiénes son ellos o los otros y en qué se diferencian de nosotros? ¿Qué aspectos y rasgos nos distinguen y contribuyen a fortalecer nuestra siempre débil identidad nacional? ¿Cuáles talentos, rasgos culturales, destrezas y habilidades no presentes o raras, en otras sociedades, estamos supliendo para ser bien recibidos en latitudes tan disímiles como Chile, Australia, República Dominicana o Suiza?
Cuáles tradiciones, costumbres y heredades ancestrales poseemos, pero hasta ahora han estado invisibilizadas, porque estábamos apenas poblando y reconociendo nuestro territorio, idiosincrasia e imaginario. Cuáles potencialidades, ventajas comparativas y competitivas tenemos, no vistas hasta ahora, pero las cuales emergen, cuando nuestros connacionales se han topado con países con mucho menos recursos que nosotros, y aun así, son más prósperos. ¿Qué otros rasgos culturales poseemos aparte del buen humor, la alegría y la pasión? ¿Nos seguiremos sujetando solo a la exportación de petróleo, reinas de belleza, telenovelas y beisbolistas? ¿O siempre hemos sido mucho más que eso y no lo habíamos siquiera vislumbrado o reconocido hasta ahora?
Más adelante, y espero no ser muy ambicioso, también puede surgir la pregunta si nuestros problemas que generaron esta crisis, son tan graves y complejos comparados con las situaciones pasadas, presentes y futuras que han de vivir nuestros conciudadanos del planeta en países donde el clima quizás no sea tan benigno como el nuestro, donde solo la riqueza es producto del trabajo arduo o donde son comunes fenómenos naturales como los terremotos, los huracanes o las nevadas.
Quizás hasta ahora solo
estábamos observando nuestro ombligo, nos acostumbramos a un mundo visto
solamente con ojos de turistas, o solo veíamos, tanto interna como externamente,
según nuestros deseos sin mucho criterio de realidad ¿En verdad somos un país
rico? O mejor sería afirmar que somos un país potencialmente próspero. Por ahora, la emigración nos cambió, y nos
presiona para hacer este ejercicio de alteridad y así reescribir historias
personales, familiares que ayudarán a fortalecer e innovar nuestra identidad
nacional y a valorar nuestra cultura e idiosincrasia; y con esto construir la
Venezuela pacífica, inclusiva y próspera, que ya no solo queremos los
venezolanos, sino a la que apuesta mucha gente alrededor del mundo.
Felipe A. Bastidas T, 2 de marzo de 2018.
Felipe A. Bastidas T, 2 de marzo de 2018.

Como un factor determinante en la conformación del criollo venezolano, en esta mezcolanza, que de alguna manera derroca el concepto etno-centrista europeo, es la conformación desde la colonia en nuestra tierra de un proceso de corrupción remitente medieval del “Acátese pero no se cumpla”. Este acatar (de mirar, catar) refleja cierta ligereza en el cumplimiento de leyes y reglamentos que se incrustaría desde una concepción de cómo se ejercía el poder desde los virreinatos; liviandad expuesta como autonomía del orden colonial de ultramar al considerarla como la adecuación de estas normas y leyes a una realidad territorial, vista como solución a problemas internos, problemas que lógicamente no nacieron del mismo territorio, sino fueron gestados desde en el viejo orbe. No se trata con esto de expiar culpas de nuestras propias acciones, ni cómo cual libro de autoayuda echarle la culpa a la vaca u otro mamífero... sino de entender que procerosos achacados y vistos de cierta manera autóctonos – este caso la corrupción - : que denigran, estereotipan y nos desligilitimizan, fueron producidos desde una Europa hispanisadora . Entonces, todo esto nos puede servir para entender que no fuimos ni somos menos desarrollados, o más corruptos, y que la “imponente Europa” de imponentes castillos, también enfrentaba procesos geo- históricos, obviamente en un contexto mundial nos afectaron en gran cuantía.
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