miércoles, 16 de febrero de 2011

Mis Cinco Valles (IV): Maracay

Subyuga el hecho que sobre las tierras más fértiles de Venezuela se haya asentado una ciudad: Maracay, y aún más, se configura una zona metropolitana que abarca los centros urbanos "El Limón - Maracay - Palo Negro - Santa Rita - Turmero - Cagua - La Encrucijada - Santa Cruz", dispuestos sobre los hermosos y apreciados Valles de Aragua. Maracay se ubica en el noreste del Lago de Valencia, cuya toponimia original es Lago de Tacarigua; de allí la prodigiosidad de sus tierras producto de la adyacencia a esta cuenca hidrográfica.

San José de Maracay apenas cumple el 5 de marzo de 2011 trescientos diez años, actualmente es la capital del estado Aragua, región considerada como un país en miniatura por la diversidad geográfica (costas, montañas, valles y llanos) que ha permitido una ecodiversidad cultural y natural, amén de múltiples actividades socioproductivas que van desde lo agrario hasta lo industrial.

Impresiona el marco natural de la ciudad, en primera instancia por el Parque Nacional Humboldt, montaña que domina la ciudad por el norte y que la separa de la costa. La ciudad está rodeada y cruzada por colinas siempre verdes que causan una impresión agradable al conjugarse con edificaciones de cierta altura, además ha conservado su patrimonio arbóreo que la ha catalogado como Ciudad Jardín de Venezuela.

A principios del siglo XX, Juan Vicente Gómez, presidente del régimen autoritario 1908 - 1935, desarrolló un apego por la ciudad de Maracay desde la cual ejerció su poder político. La proximidad a Caracas, la verdosidad del valle y su clima tropical, fueron la fórmula perfecta para que el dictador se sintiera a gusto: las colinas le recordaban su terruño andino y el clima le hacia menos dolorosas sus afecciones reumáticas. De allí que en este asentamiento se fundara y desarrollara la fuerza aérea venezolana, y se instalara la primera aerolínea del país. Por eso hoy destaca el Museo Aeronaútico.

Además se puede visitar el Museo de Arte Contemporáneo de Maracay Mario Abreu, numerosos y amplios centros comerciales, el Tetro de la Ópera y la Plaza Bolívar,y el otrora Hotel Jardín, éstos últimos herencias del período gomecista, como también lo son la Escuela Básica Militar, el Hospital Civil y el Hospital de Día que conforman un conjunto arquitectónico en la periferia del casco de la ciudad. También de la época gomecista resalta la Plaza de Toros César Girón, obra maestra de Villanueva con elementos arabescos, diagonal se encuentra el Ateneo de Maracay y el Orfanato de las Hermanas Agustinas, congregación fundada por la beata Madre María de San José, quien reposa en un santurario y es centro de peregrinaje en plena ciudad.

Maracay permite disfrutar de la vida urbana en una tranquilidad provincial relativa. Hacia el norte está el paseo Las Delicias con caminerías peatonales a la sombra de una larga hilera de árboles en el medio de una extensa avenida. De esta parte de la ciudad, también cabe mencionar el Hotel Maracay con su Art Déco también de la época gomecista y su fiel acompañante como lo es el campo de golf.

Sobre las azoteas y sobre las cumbres de los cerros se puede dominar la ciudad que impresiona por sus colinas, la vista al lago y su conjunto diverso de edificaciones de variadas épocas y estilos rodeadas de frondosos árboles.

La gente de Maracay es bastante amigable y alegre, lo que le añade una ventaja comparativa y competitiva apreciable. Es sede de escuelas de teatro, canto, artes plásticas, música, así como también de tenis y béisbol menor de las cuáles se han forjado diversas celebridades nacionales e internacionales.

La iconografía de la ciudad refleja su ecodiversidad cultural y natural, productos de su acentuado proceso de mestizaje: La figura Antropomórfica femenina rasgo cultural de sus pueblos primigénios, El Tigre, porque antes de la Conquista Española era el animal que prevalecía en el Valle, La Tauramaquia (y por ende, el Toro), El Samán porque en su territorio alcanza proporciones asombrosas, San José por ser el patrono, El Sol redondo naranja -sin rayos- porque así se divisa al amanecer y al anochecer, El Avión por ser la cuna y el centro de la aviación nacional, la imagen devota de la Madre María de San José y, obviamente, de forma menos visible, la paternidad de Gómez.

De Maracay también llama la atención la conformación de los suburbios fundados y desarrollados por emigrantes provenientes de la región aragüeña y de otras provincias del país quienes han conservado sus costumbres y tradiciones de origen ofreciendo un collage cultural bastante diferenciado en cada localidad, unas con marcadas influencias llaneras (apureñas y guariqueñas), costeras (afrodescendientes) y otras con un matiz occidental venezolano.

Cada barrio tiene un nombre de un santo, por lo tanto, es su patrono, y por consiguiente, durante todo el año se le rinden homenajes a lo largo del valle, con costumbres provinciales tales como fuegos artificiales y fiestas callejeras. Esto es evidente si se toma cualquier ruta del transporte urbano: San Carlos, Coromoto, San Miguel, San Agustín, San Vicente, Santa Rita... Si contar las importantes herencias culturales de naciones allende de las fronteras venezolanas: destacan la influencia italiana (industria y comercio), portuguesa (comercio y servicios), china (comercio), árabe (comercio y servicios) y alemana (derivada del tronco de los habitantes de la Colonia Tovar), patrimonios que a su vez han incidido sobre la gastronomía que alcanza niveles internacionales.

Maracay es sinónimo de espíritu emprendedor pero sobre todo sinónimo de pasión: pasión por las artes plásticas, las artes escénicas, las artes marciales, el béisbol, la playa, las fiestas, la religiosidad, el tenis, la tauromaquia, la música llanera, el joropo central, el karting, la mecánica automotriz, el canto, el atletismo, el ciclismo, el comercio, la aviación, la fotografía, la radio y la televisión (concentra la mayor cantidad de emisoras televisas y radiales regionales de la nación), y de la vida nocturna que es una de las más reconocidas del país.

lunes, 14 de febrero de 2011

Mis Cinco Valles III: Mèrida

Al pie de la cordillera Sierra Nevada, en el centro de Los Andes venezolanos, reposa cándidamente la ciudad de Mérida en una cerrada terraza al margen del río Chama, dividida en dos bandas por el río Albarregas (que devino a quebrada). La ciudad se tensa permanentemente entre lo tradicional y la vida urbana contemporánea. Conserva casas de estilo tìpico andino, con edificaciones más modernas en las cuales reposan centros comerciales, e instituciones educativas secundarias y universitarias.

La ciudad está custodiada por los altos picos, a veces nublados, a veces nevados y otras veces totalmente despejados, dependiendo de la época del año. Caminar por las empinadas calles de Mérida reviste un aire mágico porque permanentemente sale al paso una capilla antigua, un museo, un convento restaurado y convertido en sala de chat, cafés y restaurantes, plazas y parques, viaductos, todo con acento en lo sencillo, lo pulcro, lo preservado y lo remozado.

La cortesía es el sello distintivo de la ciudad, nunca faltan los buenos días, el por favor, el gracias a usted, el para servirle, el hasta luego y el vuelva pronto. Los rostros de las merideñas exhalan un aire apacible, refrescante, tranquilizante y encantador, acompañado por una sonrisa cálida preservada siempre en la distancia de la buena urbanidad.

Las heladerías invitan a enamorarse, las hay de todos los tipos: desde las tradicionales con paletas de madera, vasito o cubetas, hasta las de factura al estilo italiano. Mérida es una ciudad para buscar, encontrar o fortalecer el amor, para degustar un helado, para apreciar en perspectiva la vida universitaria, o leer un libro, o bien caminar por una plaza o un parque. Desde la mañana hasta la noche el conjunto urbano y el escenario natural invitan a estar bien acompañado.

Por eso Mérida es la ciudad del primer amor, del primer enamoramiento, de la primera pasión dilatada, del amor cortejado del buen arte, de la caballerosidad y la educación. Mérida es complaciente y relajada, ideal para volar en parapente, subir al telefèrico para acceder a las cumbres de los picos y disfutar la sensaciòn de poder tomar la ciudad y bebérsela a sorbos cual licor de mora, cual guarapo tibio de panela, cual café humeante...

Mérida se integra a tu piel y te invita a abrazar, a arrullar y a eternamente sonreír. Debido a su dilaciòn el valle convida a adentrarse más en él, a buscar nuevas aventuras y nuevos escenarios para amar. Entonces descubres que siempre hay más: Allende aguarda el páramo de La Culata, los mini- bosques del Vallecito, al sur està el Valle del Mocotíes para sorprender aún más y hacia el norte de la ciudad te reciben con los brazos abiertos una red de pueblos, páramos y lagunas de exepcional belleza y armonía que alimentan el espíritu y animan a vivir una vida contemplativa y natural.

domingo, 6 de febrero de 2011

Mis Cinco Valles (II): Boconó

El valle de Boconó ha desprendido admiraciones de visitantes, cronistas y expedicionarios, desde tiempos inmemoriables hasta hoy. Ha sido descrito tanto por poetas hasta por simples viajantes como la gama de verdes màs extensa y diversa que han podido ver y que cualquiera haya podido si quiera soñar. El valle està serpenteado por el alto y medio (rìo) Boconó,entre altitudes que oscilan entre 1200 y 4400 metros sobre el nivel del mar, con montañas siempre verdes y pàramos perpetuos, cruzados por infinidad de quebradas y zanjones. El valle es de vocaciòn agrìcola con predominancia del cultivo de cafè y pequeñas extensiones de pastoreo. Està ubicado en el occidente de Venezuela, es el portal y la sala de estar de Los Andes Venezolanos.

En el centro se encuentra la ciudad de Boconò con escarpadas calles, con una temperatura promedio de 20 grados centìgrados, sin arquitectura presuntuosa exeptuando la catedral con torre tipo aguja gòtica. Pero el valle tiene otros asentamientos urbanos derivados de villas y encomiendas de la època colonial, como Tostòs, Niquitao, San Miguel, San Rafael,y otros que se han conformado por el devenir geohistòrico ligado a la actividad comercial y agrìcola, asì surgen Batatal, Las Mesitas y Mosquey; todos pueblos tìpicos andinos con temperaturas inferiores a los 20 grados centìgrados la cual varìa de acuerdo a la altitud.

La tìpica cultura andina de herencia cuica y andaluza/extremeña es evidente en la gastronomìa, la topinimia y el fervor religioso. Boconò tiene aroma de cafè pero tambien huele a perfume de mujer, por su cantidad de flores y olor a musgo, o quizàs por la exquisitez y dulzura de sus habitantes fèminas, quienes aparte de ser bellas desprenden en todo momento afabilidad, encanto y mucho empeño y vigor por la vida. Boconò siempre te recibe con un humeante cafè recièn colado, recientemente molido, tostado y cosechado. Transmite paz, serenidad, activando de esta forma la creatividad y el gusto por el amor, el arte y la naturaleza.

Siempre recuerdo mis expediciones al rìo Burate (hermano simbiòtico del Boconò) donde los primeros expedicionarios españoles pensaron sin èxito obtener oro, pero al ver las condiciones del clima y de la tierra, decidieron renunciar a la bùsqueda de El Dorado y dejar que la capital portàtil Trujillo fuera en busca de otro asentamiento. Esa es la sensaciòn que aùn pervive en quienes lo visitan y quienes lo moran, nace el sentimiento de no querer abandonarlo, como si otro sitio del planeta no tuviera las bondades que este valle ofrece.

Una vez que visitas a Niquitao tienes la impresiòn que dondequiera que osbservas, salta una postal de ensueño; este pueblo tìpico andino se integra tan perfectamente con el sistema de montañas que apenas se le puede dar crèdito a lo que tus ojos ven. Igual sucede con el parque natural Rio Negro (alto Boconò) donde serpentea un río remanso, curvado, cristalino, con lecho de piedras oscuras, rodeado de praderas verdes en el cual pastan ganado y caballos. Es algo casi celestial.

Algo màgico siempre surge del ambiente, es fàcil dibujar una sonrisa en el rostro del vistante ya sea por la gente amable, por el paisaje, por la arquitectura modesta, el arte tallado en piedra o madera de acentuada influencia cuica, la belleza de las boconesas, o bien por la brisa templada que trae aromas exquisitos mezclados de flores, musgo, cafè y esencia de mujer... que hace de este valle un paraje inolvidable bañado de hermosos rìos, lagunas y praderas, que sin duda activan un sentimiento de arraigo difìcil de ignorar.

martes, 1 de febrero de 2011

Mis cinco Valles (I): Caracas

Nacì en Caracas. Soy descendiente de descendientes boconeses, trujillano de sangre y estirpe. Mis padres enclavaron una cultura andina en el Valle de Caracas para construir -con bastante éxito- su seno familiar. De Caracas recuerdo su cielo azul. Siempre me decìa - y aùn lo digo- que no hay cielo màs azul que el de Caracas. Las nubes me parecìan columnas majestuosas que reafirmaban la gloria de Caracas. En este Valle crecì bajo la tutela de mis padres, mi hermanos -en especial de mi hermana Lucrecia, docente como ninguna- y de los Carmelitas Descalzos; ademàs, por si fuera poco, crecí escuchando las letras sociales de las canciones de Alì Primera y de Rubén Blades reproducidas de forma entusiasta por mi hermano y sus amigos (amigotes, segùn mi padre). De allì mi complejidad para muchos, complicaciòn para otros pocos...
También recuerdo cuando el Ávila era asequible por el oeste: Disfrutaba comer guamas en la casa rural de un compadre Rosendo de mi padre, en realidad sòlo recuerdo de esas expediciones el verdor y el aire fresco del Guaraira Repano... Los domingos después de misa, mi padre nos llevaba religiosamente al Parque Arístides Rojas, recuerdo sus zanjones que lo cruzaban y su ambiente polvoriento mezclado con el olor del algodòn dulce.
Mi memoria tambièn proyecta los torrenciales aguaceros y los rezos que mi hermana Tibisay insistìa en ofrecer por las personas que habitan en las casas de Techos de Cartòn. Sabìamos que aún siendo humildes éramos privilegiados.... Hablando de aguaceros, era increíble como todos los primeros de mayo comenzaba de forma contundente el período de lluvia, asunto inquietante para muchos que tenían su primera comuniòn en la parroquia San José Obrero de Los Frailes de Catia.
Yo disfrutaba como nadie el Parque del Este con sus buses interiores, un museo del transporte y la réplica de La Niña, o de La Pinta, quizás la Santa María... Pero más espectacular me parecía el Museo de Los Niños, aguardando siempre la sesión del programa de televisión. Aprovechaba también para subir al piso 64 de la torre oeste de Parque Central y contemplar el valle, e imaginarme el Guaire en sus tiempos cuando era limpio...
Caracas es un valle tan hermoso que aún cuando está superpoblado y supercontaminado conserva su belleza. El jardín botánico destaca por su peculiar verdor que sirve como pulmón vegetal de la mega ciudad. Destaca la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la humanidad y ópera prima de Villanueva, amén de la Urbanización El Silencio, creación del mismo genio.
Gracias al deporte callejero de pitchar chapitas para batearlas con medio palo de escoba, en los atardeceres, las chapas de botellas incrustadas en el asfalto, reflejan la luz casi perpendicular del sol y semejan estrellas doradas que inundan las calles empinadas como si prometieran un derrotero ensoñador pero aún escurridizo...
Cae la noche capitalina y se cierne sobre el valle una Caracas más cosmopolita, más iluminada, más urbana y más atrevida que la del día. Los cerros poblados semejan pesebres con sus luces intermitentes, el cielo es ahora azul petróleo con estrellas que no se inmutan ante la contaminación para reflejar su luz, como dándole ánimo a la luna para que sea testigo de los sueños y desencuentros de los habitantes de la aún gloriosa ciudad de luces, remanso de bellezas....