Al pie de la cordillera Sierra Nevada, en el centro de Los Andes venezolanos, reposa cándidamente la ciudad de Mérida en una cerrada terraza al margen del río Chama, dividida en dos bandas por el río Albarregas (que devino a quebrada). La ciudad se tensa permanentemente entre lo tradicional y la vida urbana contemporánea. Conserva casas de estilo tìpico andino, con edificaciones más modernas en las cuales reposan centros comerciales, e instituciones educativas secundarias y universitarias.
La ciudad está custodiada por los altos picos, a veces nublados, a veces nevados y otras veces totalmente despejados, dependiendo de la época del año. Caminar por las empinadas calles de Mérida reviste un aire mágico porque permanentemente sale al paso una capilla antigua, un museo, un convento restaurado y convertido en sala de chat, cafés y restaurantes, plazas y parques, viaductos, todo con acento en lo sencillo, lo pulcro, lo preservado y lo remozado.
La cortesía es el sello distintivo de la ciudad, nunca faltan los buenos días, el por favor, el gracias a usted, el para servirle, el hasta luego y el vuelva pronto. Los rostros de las merideñas exhalan un aire apacible, refrescante, tranquilizante y encantador, acompañado por una sonrisa cálida preservada siempre en la distancia de la buena urbanidad.
Las heladerías invitan a enamorarse, las hay de todos los tipos: desde las tradicionales con paletas de madera, vasito o cubetas, hasta las de factura al estilo italiano. Mérida es una ciudad para buscar, encontrar o fortalecer el amor, para degustar un helado, para apreciar en perspectiva la vida universitaria, o leer un libro, o bien caminar por una plaza o un parque. Desde la mañana hasta la noche el conjunto urbano y el escenario natural invitan a estar bien acompañado.
Por eso Mérida es la ciudad del primer amor, del primer enamoramiento, de la primera pasión dilatada, del amor cortejado del buen arte, de la caballerosidad y la educación. Mérida es complaciente y relajada, ideal para volar en parapente, subir al telefèrico para acceder a las cumbres de los picos y disfutar la sensaciòn de poder tomar la ciudad y bebérsela a sorbos cual licor de mora, cual guarapo tibio de panela, cual café humeante...
Mérida se integra a tu piel y te invita a abrazar, a arrullar y a eternamente sonreír. Debido a su dilaciòn el valle convida a adentrarse más en él, a buscar nuevas aventuras y nuevos escenarios para amar. Entonces descubres que siempre hay más: Allende aguarda el páramo de La Culata, los mini- bosques del Vallecito, al sur està el Valle del Mocotíes para sorprender aún más y hacia el norte de la ciudad te reciben con los brazos abiertos una red de pueblos, páramos y lagunas de exepcional belleza y armonía que alimentan el espíritu y animan a vivir una vida contemplativa y natural.
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