El río siempre canta su tonada plena
de alegría, con ese sonido espumoso, perenne, inquebrantable, torrentoso,
vigoroso; como quien solo trae, de nuestro amo y señor Ches, las buenas
noticias de la abundante cosecha. Sí, el río, es nuestro hermano, él mana de la
fuente sembrada por Ches, allá en las altas cumbres. De su cuerpo cantarín de
bejucos, agua y piedras, depende nuestra vida, él nos dio vida, él es el agua
que se mueve, y cuando no hay lluvia en exceso, su agua es cristalina,
cantarina, bienaventurada, optimista; está cargada de vida, es agua que cura,
sana y mantiene el ánimo y el aliento. Yo lo sé, porque puedo escucharlo, verlo
y sentirlo. Sí, aquí en esta gran comarca que bordea el río impetuoso y
entusiasta, vivimos los mouskenshes.
Nos llamamos así porque al caminar, nuestros pies y tobillos, rozan la pajilla
corta, generando un sonido de nuestra marcha monótona, sigilosa y casi
danzarina; como si no quisiéramos tocar completamente el suelo, porque nuestras
plantas apenas acarician el sendero terroso.
También somos mouskenshes porque en períodos de guerra, demostramos habilidad
para asaltar al enemigo, nuestra madre Chía nos dotó de la habilidad del paso
silente, previsivo, cauto e inaprehensible: trepamos árboles, nos confundimos y
nos fundimos con las plantas, la montaña, con los ríos y las quebradas, con los
peñascos, y sin ser vistos, ni escuchados, ni sentidos, podemos tomar por
desprevenido a cualquiera. Tenemos el espíritu discreto del pequeño felino de
la montaña. Las adyacencias que bordean el alegre río, están formadas por
pajilla, juncos, musgo y otras plantas de la altura de unas dos o tres manos
del suelo, no más. De allí depende nuestro andar, para ir a rendir tributo a
Ches y Chía en las cumbres, para mantener a raya a los Kaash que habitan los páramos y reposan en las lagunas, agua quieta
y silente que trae malas noticias y revela secretos espantosos; a veces, se
atreven a amedrentar con sus rayos de colores venidos del espejo de agua yerma,
luz que no es buena para este mundo medio donde estamos los mouskenshes. También el río nos lleva al
santuario de Icaque, siguiendo su recorrido hasta cuando se junta con su río
hermano que nace y corre opuesto a él, y de allí, hasta las tierras bajas donde
la brisa se vuelve cálida, y donde nuestra bella Icaque hace gala de su furia
con los rayos perennes producto del roce de los dos vientos, las dos aguas y
los dos hijos de Ches.
Icaque necesita conocer sobre los
vaticinios de Ches para con ello reparar poca o mucha lluvia según sea el caso.
La lluvia concedida por Icaque anima a Ches y contribuye a conciliarlo en sus
desacuerdos con nuestra madre Chía, quien se comunica con los Kaash, y éstos les advierten si los
seres humanos hemos faltado a la convivencia pacífica con la tierra y la
montaña. Porque de no tener lugar el equilibrio, Icaque no cesaría de enviar
las lluvias, éstas causarían los desgarramientos de las montañas y la crecida
de las quebradas y los ríos, y con ello, mermarían nuestros cultivos, si, aún
llueve más, el mundo abajo repleto de agua quieta e insana nos inundaría, nos
tomaría, y así quedaríamos atrapados para siempre en el espejo de las lagunas,
con un solo ojo, un solo brazo, una sola pierna, moviéndonos solo a un lado.
Icaque, refresca el ánimo de nuestro padre Ches, quien se siente a gusto con
lluvias moderadas y consecutivas en el tiempo oportuno, ella dispone el agua
buena, que se mueve, habla y crea, ella tiene contento y sereno a Ches, cuyo
espléndido y refrescante ánimo mantiene jubilosa a nuestra amada Chía, ella,
cuando se siente de ese modo, nos protege en la oscuridad, nos comunica
susurros aquietantes mediante la brisa de las quebradas y los ríos; son sus
mercedes: nos da buena luz nocturna, permite el crecimiento bueno de las
plantas, hace que los vientos sean benignos y nos inspira sueños para producir
ideas para armar nuestros estanques y acequias, vitales para la comunidad. Chía
jubilosa crea a los moumakoyes,
pequeños seres del agua, quienes protegen los sembradíos, el riego adecuado,
ahuyentan las plagas y malos augurios. Icaque provee lluvia, contenta a Ches y
a Chía, y así se mantiene el equilibrio, se teje el manto de la vida del mundo
medio, donde los mouskenshes somos
los guardianes del río y de sus nacientes, sembradas y custodiadas por nuestro
gran Ches.
Así, el gran Ches mantiene a raya a
los Kaash en su empeño por subir al
mundo medio donde estamos los humanos para enlodazarlo y aquietarlo todo,
ellos, le comunican malos pensamientos a Chía, quien puede enojarse, o
contrariarse, y con esto, desequilibra al gran Ches, entran en rivalidad,
mientras Icaque, al no recibir mensajes claros de Ches, sigue enviando lluvias,
cada vez más intensas, que se convierten en torrenciales, los Kaash aprovecharían y saldrían de las
lagunas propagando plagas, enfermedades y más tempestades, más miedo e
inseguridad para los humanos, los cultivos se afectarían: vendría la muerte.
Por todo esto, nuestro padre Ches, nos comunica su bienestar por las quebradas
y el río, y nosotros le agradecemos con ofrendas dispuestas en las lagunas,
donde sabemos está su pie, su lanza y escudo, para evitar el avance de los Kaash y sus rayos impregnados de malos
encantamientos, su mundo lateral, terriblemente quieto, sin acontecimientos. A
veces, mientras Icaque y Ches juegan y cruzan sus fuerzas en las montañas, los Kaash logran salir y desplegarse, proyectan su maléfico rayo: por causa de
ellos nos escondemos. Si este estado de cosas persiste se avecina el peligro,
los Kaash se mudan con las crecientes
de los ríos y surcan sobre el agua sucia de los ríos y quebradas crecidos,
cuando esto sucede, los ríos hermanos se
tornan color marrón y su canto se vuelve disonante y aterrador, en los troncos
que arrastran, los moumakoyes,
seducidos por los Kaash, también se
trasladan, porque al ver nuestros cultivos inundados, consideran que ya no hay
nada que cuidar, asumen que es un tiempo de descanso, un momento festivo, y se
van de mudanza con los Kaash. En
estos terríficos y tensos episodios, si nosotros, los humanos, logramos calmar
a Icaque o comunicarle que Ches nos ha escuchado y solicita su repliegue, todo
vuelve al equilibrio, los Kaash
drenan su furia, Chía nos provee de renovados moumakoyes, y a nosotros, los humanos, no nos queda más que
reconstruir, reequilibrar y agradecer, sobre todo, que el mundo abajo se
mantenga quieto y no nos sumerja en su quietud macilenta. Por eso es muy
importante que Ches le envíe su beneplácito a Icaque, para que ésta sepa cuánto
y hasta dónde puede remitir lluvias, ella logra contrarrestar la luz emanada
por Ches y así evita la sequía, y todo se equilibra, nosotros los mouskenshes siempre damos los tributos a
Icaque como ofrenda de nosotros, pero también como un mensaje de Ches, y en
esta oportunidad, somos Xokoron y yo,
los encargados de llevarlos. Xokoron
lleva una estatuilla de Icaque que yo le confeccioné porque él no tiene esa
habilidad manual, él siempre la porta, y, en su pequeña cueva, le ofrece
semillas de cacao en su incensario; cuando vamos al templo, nuestra gran divina
amiga, le confiere algunas cuencas de huesos de animales sacrificados, con esto
quiere mostrarle su buen presagio acerca de su habilidad guerrera. Es lo que él
desea, pero él olvida que los mouskenshes
somos gente pacífica, por eso, el solo aspira ser un guerrero protector de
Icaque. A mí también me gustaría ser guerrero, aunque me apasiona la
organización y distribución del agua por las acequias, mi madre, dice que ella
sabe que yo estoy reservado a Icaque, pero me gusta más el temperamento de
Chía, su don de equilibrar las fuerzas, su capacidad inspiradora, su luz-guía.
Esta mañana iniciamos nuestra
peregrinación al templo de la gran Icaque. Xokoron
a veces se me adelanta en el camino, está muy contento porque pudo seguir por
los senderos, pleno de peligrosas cuestas y pendientes, a la bella Xinagüey, con su pelo negro lacio, su
eterna sonrisa, sus pies anchos y hábiles, su piel cobriza clara, su mirada
diáfana y sus senos pequeños pero firmes. Xinagüey
corrió como un rayo, trepaba las trochas con la agilidad de un pequeño venado,
pero Xocoron se empoderó del espíritu
felino montañés y en un intempestivo bosque, se valió de su pisar sutil y la
pudo atrapar. Xinagüey es de una
aldea del otro lado del río, sabe cocinar muy bien los alimentos, pero es muy
esquiva, su espíritu es libre y rebelde. Xocoron
se ha empeñado en hacerla su esposa, no dudo, Xocorón y Xinagüey puedan
llevar una familia armónica y plena de equilibrio. Yo por mi parte, no he
podido atrapar a una esposa, mis pies son algo lentos, soy bueno para las
ideas, las acequias, para conducir, más no tanto para el pensamiento táctico,
para lidiar con lo imprevisto, me cuesta adueñarme por completo del espíritu
del felino salvaje, además, tampoco le he prestado mucho juicio a ese asunto,
tengo confianza que alguna joven se dejará atrapar sin mayores argucias en
cualquier día de estos. Xokorón tiene
la piel más cobre que yo, parece que el achiote se le hubiese adherido al
cuerpo, en nuestros juegos de lucha, él gana cuando establece bien la
estrategia, pues sabe que no tengo una visión perfecta y se vale de esa
debilidad para hacerme caer, yo mi parte, trato de no dejarme tocar por la
punta de su garrote de madera, lo esquivo todo lo que puedo, sé que su flaqueza
es la impaciencia, y mi virtud es la perseverancia; con mi garrote, le toco
firme el centro del pecho y esto lo desmoraliza harto, logro tumbarlo y lo
ahogo con mi roana. Nos divertimos zambulléndonos en el río y haciendo pozas en
las quebradas con taponeras de bejucos y lajas. También competimos con las
parcelas de nuestra siembra, los catafós de los mouskenshes, parecen escaleras que llevan a los santuarios
elevados donde habitan los espíritus, allá donde suceden algunos incidentes del
mundo arriba, donde se encuentran y desencuentran Chía, Ches e Icaque, y
nosotros los mouskenshes, como todos
los humanos, somos los canales comunicantes entre ellos, nos valemos para ello
del agua que corre, de los zanjones, las quebradas y los ríos.
Yo siembro curubas que logré
domesticar, pueden comerse fácilmente, son dulces y ácidas al mismo tiempo, son
las frutas preferidas de niños y mujeres. Xokoron
cultiva batatas y están destinadas a ser consumidas durante la luna llena en
honor a Chía. Los dos participamos en la gran siembra de maíz según la
organización de los mayores. Nuestra faena va desde la disposición de la
semilla, el riego, la limpieza de la maleza, el ahuyento de la plaga, y
nuestras ofrendas a Icaque; pocas veces subimos a las altas cumbres a visitar
las fronteras de Ches y los reductos de los Kaash,
las lagunas, esa tarea corresponde a las mujeres más hermosas así como las
menos agraciadas, ellas son preparadas por lo mojanes, los médicos verdaderos,
son entrenadas en el sendero de las trochas, a burlar los encantamientos, a
reconocer la presencia de Ches y Chía.
Nosotros, como el resto de los habitantes de la cinta que bordea el gran
impetuoso río, esperamos la bajada del Ches en el período de sequía después de
la lluvia, yo con mi tambor y Xokoron
con su flauta, le brindamos nuestras dramatizaciones y danzas. Xokoron a veces le gusta fingir que es
guerrero protector de Ches o Icaque, y con un gran bastón marca el compás del
suelo. Así con nuestros bailes acariciamos la tierra media, ahuyentamos los
espíritus malos del mundo bajo, activamos la comunicación fluida y armónica
entre Ches, Chía e Icaque. Con nuestra algarabía activamos las fuerzas del
viento, los animales, las plantas, el agua que corre, las piedras, al tiempo
que le aquietamos y les hacemos saber que todo está equilibrado. Los moumakoyes reciben el mensaje y se
quedan quietos cuidando los sembradíos, aunque de vez en cuando ellos, se
aburren y Chía les da permiso de jugarnos una que otra broma, ellos son muy
traviesos, pero no son malignos, son protectores, ellos son bondadosos si los
seres humanos somos bondadosos, ellos hacen lo que nosotros hacemos.
Esta mañana mi madre ya un poco
anciana cortó parte de mi cabello y me hizo tres medio-trenzas, mi cabello se
conecta con las plantas y el viento, por lo tanto, puedo advertir los peligros
del camino. Cuando salí de la choza mi madre preparaba la comida en el fogón al
costado derecho, del lado donde sale Ches todos los días, por donde pasa la
pequeña acequia que permite preparar los alimentos, yo se la dispuse cuando nos
asentamos de este lado de la cinta que bordea el río, pues en nuestro
asentamiento anterior, ya era preciso dejar descansar a la hermana tierra y,
con esto, ella pueda reestablecerse para en un futuro proseguir con su donación
amorosa de frutos. El olor a comida era reconfortante, esa mezcla de leña
quemada con maíz que resulta en un aroma dulce y penetrante a la vez, que da
cierto ardor en la garganta y activa el apetito. Mi madre me sirvió en la
cacerola de barro cocido un concentrado de granos con tubérculos y otras
plantas, mi porción de arepas en honor a nuestra madre Chía, que no puede
faltar, porque de ella depende mi habilidad de paso sigiloso pero firme. Mi
madre sabía que hoy mi destino tomaría el rumbo definitivo. En una marusa
colocó la ofrenda destinada a Icaque. Mi padre anciano se disponía a organizar
la nueva siembra, lo sabía porque el día de hoy antes del amanecer, antes que
Chía se despidiera, entonó cantos dedicados a Ches y a Icaque, entre sus cantos
estaban las bendiciones y el mensaje que Ches le comunicaba a Icaque: más
lluvias copiosas y menos llovizna, este año el tipo de maíz debía ser más
menudo y los tubérculos más robustos, necesitamos, según mi padre, mayor
fortaleza en nuestros huesos, parece, se avecinan tiempos difíciles: se puede
acercar un caos que no es producto del mundo abajo. Mi padre pedía el favor de
Icaque para cultivar tubérculos rojos, amarillos y anaranjados, y la
posibilidad de cultivar maíz morado o azul, maíz lanudo. Comí cerca del fogón,
me senté sobre mi piedra plana a dos puños del suelo, coloqué mi cacerola con
la sopa de granos y verdura preparada por mi madre justo en el hueco que
dejaban mis piernas entrecruzadas apoyadas en el suelo. En una pequeña cesta de
manare mi madre colocó las arepas, las cuales fui picando una por una para
sumergirlas en la sopa espesa para poderlas llevarlas a mi boca. El viento frío
hizo incorporarme para buscar la tapara de ají que me dio más energía y calor.
Mi padre culminó con sus cantos y arropado con su roana se sentó en la piedra
plana de enfrente para iniciar su desayuno. Me miró con ternura, extendió sus
brazos de lado a lado, los unió frente al pecho y los volvió a abrir un par de
veces, ese ritual significaba que me ha dado su bendición y me ha despejado el
camino de peligros. Terminé mi desayuno, y fui a la poza de la acequia al lado
del fogón para lavarme las manos, enjuagarme la boca y humedecerme la cara.
Miré alrededor y advertí que ya había amanecido completamente, el cielo estaba
despejado y todo apuntaba que iba a ser un viaje tranquilo y seguro. Mi madre
se sentó junto a mi padre, y esta vez fui yo quien les sirvió la comida, cuando
me incliné para darle su cuenco de barro a mi madre, con su manarito de arepas,
ella juntó su frente con la mía y me susurró sus bendiciones y buenos augurios.
Me tercié mi manto, me coloqué la roana y luego mi juego de arco y flechas,
sujeté mi garrote y mi piedra amolada a mi cintura, finalizado este ritual, di
tres gritos guturales para avisarle a Xokorón
que ya estaba listo, de inmediato éste me respondió y bajó de su choza hacia la
de mi gran familia. Nos saludamos con un abrazo y chocamos los garrotes en
forma de juego y como evidencia de nuestra amistad, de nuestro corazón-uno.
Bajamos por las trochas que llevan al sendero del camino más próximo al río,
nuestros hermanos de las aldeas y conucos aledaños nos saludaron y nos
despidieron con sus gritos guturales que hacen eco en las laderas de la
montaña, pronto la gritería se vuelve contagiosa y todos nos otorgaron sus buenos
agüeros, sabemos que desean volvamos alentados.
Xokoron y yo fuimos los encargados de llevarles dos ovillos de lana,
dos estatuillas esculpidas de barro y dos cuencas de maíz tierno a Icaque, como
una muestra de ofrenda de los mouskenshes,
los de los pies sigilosos. Estoy pensativo repasando mi misión y lo acontecido
esta mañana con mis ancianos padres, seguimos el curso del río, nos internamos
al costado de la desembocadura de la segunda quebrada después de mi aldea,
cuando el río se hace más angosto, pero más manso, cuando el valle se vuelve
llano y las altas montañas le dan paso a las lomas que custodian el cuerpo de
agua. Aquí los numerosos zanjones nos hacen saber que allá del lado de la
montaña que marca nuestro territorio, están los pantanos, porque ellos drenan
el agua contenida en ellos. Hay un insistente olor a musgo, a madera húmeda, a
flores silvestres, y cierto aroma a agua estancada, a lodo fluido, el agua mana
tranquilamente por cualquier lado en su eterna alegre canción de toques de
piedra. Sigo rememorando, mientras voy atento a lo que me comunica el viento y
las plantas durante el camino, pero Xokoron
que no tiene esa habilidad tan experimentada como yo, se adelanta impulsado por
su espíritu competitivo, excitado por haber logrado atrapar a Xinagüey. Algo me saca de mi actitud
meditativa, siento una presencia zigzagueante, siento peligro, mi cabello hace
que todo mi cuerpo se ponga en estado de alerta, un ser discordante con la
armonía del viento que bordea el río. Intento prevenir a Xocorón pero éste se había adelantado mucho, en ese preciso
momento, una culebra trata de morderlo, él la advierte y la esquiva, pero en el
traspié cae y se lastima la pierna, rompiéndose un pequeño hueso de su tobillo,
adicionalmente su mano toma una zarza contentiva de un veneno no mortal, pero
aquietador. Yo corro a socorrerlo, está herido: la pequeña fractura, más el
efecto del veneno se vuelve peligroso, porque éste último le impide sentir el
dolor de la herida, y por ello, Xokoron
insiste en seguir con nuestro viaje de peregrinación hacia el templo de Icaque.
La gravedad del asunto es que sí Xokoron
se desplaza, el veneno de la zarza puede circular en todo su cuerpo, para luego
desmayarlo, al tiempo, que, si camina, su fractura podía empeorar. Su tobillo
comenzó a hincharse y a tomar un color azul morado, mientras su hinchazón deja
entrever la fractura. Xokoron no está consciente del peligro
que corre su vida y me invita a seguir. A un lado del sendero, sobre una piedra
plana lo recuesto, le quito su arco y flechas, su marusa, con gran cuidado
dispongo mi marusa al lado de la piedra para no quebrar las estatuillas
confeccionadas a Icaque, me quito mi roana y mi manta, una para que él pudiera
apoyar la cabeza y la otra para arroparlo. Me interno en el bosque de mediana
espesura y con mi pequeña laja de piedra del lado contrario de mi garrote, le
quito una corteza a un árbol más o menos de la misma proporción del tobillo de Xokoron, corto otras ramas, rezo mis
oraciones a Ches, dador de vida, y envuelvo la parte trasera del tobillo con la
corteza del árbol y las amarro con las ramas, de tal forma de inmovilizar el
tobillo y el pie, saco mi garrote y justo debajo del pectoral de piedra de Xokoron que cuelga de su cuello, le doy
un golpe seco y contundente para desmayarlo y con ello decidir mi siguiente
acción. Abajo, el río con su canto alegre y vigoroso parece ignorar mis pedidos
de orientación. El dilema es seguir camino hacia el templo de Icaque, quien, al
no recibir este día nuestro mensaje y nuestra ofrenda, puede, o bien
molestarse, o simplemente desconocer nuestro acuerdo con Ches, en ese caso,
ella enviaría o lluvias más tenues o fuertes y el plan no se cumpliría según lo
acordado activando la inminencia del caos. Si dejo a Xokoron allí, él puede enfermar o morir, aunque estoy seguro que
cualquier caminante lo socorrería, el problema está en su esencia porfiada,
seguro se incorporaría, activando el veneno, pudiendo caer hacia un peñasco o
simplemente morir, o empeorar el estado de la fractura de su tobillo. Cierro
los ojos y pido sabiduría al viento, le pido al río consejo, pido perdón a
Icaque y a Ches, así como la intermediación de Chía.
El viento comienza a soplar hacia el este donde sale Ches,
se vuelve menos húmedo y se activa con más agudeza el olor a musgo y grama, el
río canta en un tono más grave, la nube que tapaba la luz de Ches, se va
apartando. Si me devuelvo a mi aldea con Xokoron,
el caos puede sobrevenir, si lo dejo, quizás muera. Le pido perdón a Icaque y
le ofrezco concederle lo que pida a cambio por la ofensa de no llevarle ese día
su tributo-mensaje. El día se puso más claro y entendí que los dioses consentían
y apoyaban mi decisión. Me devuelvo corriendo rápidamente hasta dejar atrás las
lomas con sus múltiples desagües naturales de zanjones, hasta llegar donde
comienza la cinta o el corredor de aldeas que bordean el gran río, estoy casi
sin aliento, quiero gritar pero no puedo, bajo al río por un barranco sin
trochas, algunas ramas con sus espinas me rasguñan las manos y mis piernas, llego
al río, bebo de su agua, mojo mi saya, me sumerjo, voy hacia una cascada,
dispongo mi pectoral sin quitármelo sobre una piedra cubierta por la caída de
agua, el contacto del agua, la piedra, mi pectoral y mi pecho me potencia, me
alienta; me subo sobre una gran piedra para gritar guturalmente solicitando
asistencia de mis hermanos, los más cercanos son del otro lado del río unas
tres o cuatro aldeas después de la mía: -ujjuuujuuuuu,
ujjuuuujuuuu, ujjujuuuuahhh, ujujuuuuahhhh, ujujjjuuuuahhh, grito con todos
mis fuerzas, pidiendo a Chía ser escuchado. Al rato me respondieron. Unos
instantes más tarde cuatro hermanos y dos hermanas vienen en mi auxilio, les
comunico lo sucedido y vamos lo más pronto posible a rescatar a Xokoron, Una hermana, al verlo
yermo sobre la piedra, se interna en el bosque mediano trayendo algunas hierbas
y ramas, en otra piedra las machacó y las colocó en forma de cataplasma sobre
el tobillo enfermo. Le comento sobre la zarza venenosa, me dice que de regreso
le indique dónde está. Entre tres hermanos y yo anudamos nuestras mantas para
poder transportar en ella a Xokoron.
Uno de ellos se coloca como guía e iba rezando al gran Ches, una hermana detrás
de él, y la otra, quien asistió a Xokorón,
se puso detrás de la pequeña comparsa, comenzamos el ascenso, al pasar por la
zarza venenosa le indico a la médica, ésta toma con cuidado algunas de sus
ramas, en la primera aldea se desvía y pide fuego, quema las ramas de la zarza
y canta algunos conjuros sobre el cuerpo de Xokoron.
Al arribar al comienzo de la cinta
de aldeas que bordea el río, los olores de los fogones inundan el aire, olor a
granos cocidos, leña ahumada, y maíz sancochado, todos estos aromas nos dieron
la bienvenida. Llegamos a nuestra aldea, y nuestro médico mojan pidió que colocáramos
a Xokorón en el centro de las chozas,
nos pidió a quienes lo asistimos que lo rodeáramos tomados de la mano, a la
mano derecha e izquierda del chamán las dos hermanas médicas. Luego, el chamán
hace algunas reverencias a Ches, se hinca en el suelo, besa la tierra, pone su
oído en el piso, nos indica que introduzcamos a Xocoron en su choza. Salimos del recinto sagrado dando pasos de
espalda como reverencia y gratitud al chamán. Beso su mano, y el acepta mi
cortesía, eso significa que si alguien debe buscar el díctamo real ése soy yo.
Mi padre y mi madre me abrazan y me dan agua en una tapara, después algo de
chicha, estoy muy triste tanto por lo sucedido a mi hermano-amigo y por no
haber cumplido con el recado para Icaque.
Al rato, ya cerca del mediodía, nuestro chamán sale de su choza con la
indicación, no es díctamo real lo que requiere Xokoron, son otras hierbas que nacen cerca de las lagunas, no es al
páramo que debo ir. Eso en parte me alivia, no voy a partir a la cumbre
capitana, pero sí debo ir solo, al día siguiente, antes del amanecer, a la
laguna que está sobre nuestras aldeas, me van acompañar las dos médicas que me
ayudaron a socorrer a Xokoron. Triste
le di mi tributo a Busseth y a Bisteguí, quienes ahora eran los encargados de
peregrinar al templo de Icaque en las tierras bajas. Pasado el mediodía,
aparece una bruma y una llovizna cae sobre nuestra aldea. Era Icaque
perdonándome, pero Icaque no perdona sin nada a cambio, como todos los dioses.
Descanso en mi catre, mientras observo cómo las palmas y juncos salen del
cimiento de piedra en forma redonda para unirse en un solo punto del techo de
mi choza, no hay separaciones, es un solo tejido, tal como si viviéramos en la
mitad de una concha de coco. El humo del fogón traspasa un poco las paredes
entretejidas de mi hogar, mientras el sonido del correr del agua de la acequia
me calma un poco. Voy antes del atardecer a atender mi parcela y a la de Xokoron. Los moumakoyes, se compadecen de mí y me hacen saber que ellos
cuidarían mi sembradío y el de mi amigo-hermano, cuando yo no tuviera ocasión
de hacerlo.
Al caer la tarde, subo a la choza
del chamán, este está en el pequeño arco de su entrada, me mira de forma
acuciosa, observa mis ojos y mis pasos, yo sé que cuando llegue a su encuentro,
el ya habrá adivinado mi pregunta y me tiene sus respuestas. Xokoron va a sanar, pero hace falta
cuatro ramas de una planta en cuya punta hay tres hojas redondas y otra planta
en forma de pequeños bejucos con una flor blanca con tonos violetas; de las
raíces se encargarían las médicas verdaderas quienes me acompañarían hasta
cierto punto. Con esas instrucciones voy a descansar a mi choza, con la luz de
Chía alumbrándome el camino, solo tomo de cena, chicha de maíz tierno cocido
con miel de abejas. Me voy a mi catre y busco en la parte de mi cimiento, donde
están mis ropas y objetos, una estatuilla de Icaque que elaboré unos días
antes, un incensario de tres patas, tres semillas de cacao, un puñado de
peonías y un ovillo de lana verde y roja. Rezo mi agradecimiento a Ches por
este día que terminaba, a Chía le pido su protección en la noche, a Icaque le
solicito paciencia y sus consejos. Mi padre y mi madre ancianos se recostaron
en su catre al otro lado del poste central. Ya solo olía a brasas de carbón y
el olor tenue y dulce del maíz tierno recién desprendido de la tusa. Le pido
favores a algunos dioses menores: al pequeño felino montañés me conceda sus
pasos, a la diosa de las neblinas le pido no visite el día de mañana la
montaña, al dios del maíz le solicito fuerzas en mis piernas, al dios de los
caminos que guíe mis senderos, al dios del viento le pido la caridad de ser
claro y rápido en sus mensajes y advertencias.
En la madrugada, al despertarme, me
incorporo y como un par de frutas y arepas frías del día anterior. Cuando salgo
de la choza, me lavo la boca y la cara, y ya me esperaban las dos médicas en el
camino de más abajo, una tenía más experiencia que la otra, sus miradas
delataban su conocimiento y su confianza en su sabiduría, ambas portaban sendos
mantos casi al ras del suelo y encima una roana entretejida de hilos verdes y
rojos. Yo dejé mi juego de arco y flecha, solo mi piedra afilada y mi garrote
amarrados al cinturón desde donde se deprendía mi saya, me tercio la marusa,
cuya tira se cruzó con mi pectoral en mi pecho, y encima esta vez coloco mi
roana. En mi marusa, había dispuesto la estatuilla de barro, el ovillo, el
incensario, los granos de cacao y las peonías, y un pequeño manare para
depositar las hierbas. Empezamos el ascenso, la médica más experimentada de
primera, luego yo y finalmente la aprendiz mojana. Cruzamos la loma que divide
a las quebradas que bajan de la gran montaña y se unen un poco más abajo de mi
aldea, vamos a paso lento, mientras la primera médica rezaba:
Oh
Chía, alumbra nuestro sendero,
permite
que los moumakoyes libres de la montaña
nos
brinden compañía y guía,
bésanos
con la brisa de la quebrada
que
la neblina se aparte frente a nuestros pasos
que
los animales salvajes comprendan nuestra urgencia
que entiendan nuestro requerimiento y nuestro respeto…
Ya casi en
la cumbre de la loma que separa las dos quebradas, la médica que iba detrás de
mí, se hinca, besa el suelo, pide permiso a la montaña para entrar en sus
dominios, con las rodillas en el suelo, y sus dos palmas también, inclina poco
a poco la frente hasta que esta roza la pajilla del suelo. La orden de la
montaña es que llegue hasta allí, no tiene permiso para seguir, debe entrenarse
mejor en su oficio. Volteo y le agradezco con un gesto de reverencia, allá
abajo, a lo lejos, puedo vislumbrar mi aldea en el cordón de comunidades que
bordean el río porque recién comienzan a encender los fogones, ya la luz del
día se va abriendo paso, me despido de Chía y le agradezco su protección, pero
la neblina es densa, Icaque comienza a enviar bruma y una llovizna fina, eso me
angustia un poco, era justo lo que no queremos. Las estrellas van
desapareciendo una a una, la chamana delante de mí sigue su camino y se despide
una a una de las estrellas, llamándolas por su nombre. Seguimos subiendo un
trecho más largo y el bosque se va poniendo más espeso, la neblina casi no nos
deja ver, la médica va recogiendo raíces; en cada recolecta, pide permiso y
agradece al espíritu que vive en cada árbol o arbusto. Yo espero mientras ella
hace su ritual, a su vez le agradezco. De pronto mi cabello siente un peligro
más agudo, la brisa se pone fría y la niebla más densa, escucho un bramar
susurrante, veo a un lado del camino, y allí está una laguna, oscura, con un
árbol viejo en su mitad, que más bien parece una sombra, una mano de alguien
gigante que se ahogó. La médica me advierte que no la vea, que no la escuche,
la laguna lanza sus encantamientos. Ella saca una tapara de chicha, unos frutos
y unas mazorcas de maíz y las deposita lo más próximo a la laguna, que creo no
es muy grande. Yo la espero que regrese. Ella solo ve el suelo, yo la imito,
continúa su ascenso mientras la montaña se hace densa, las hojas secas crujen
levemente debajo de nuestros pies, debido a la humedad del suelo. De pronto, se
perfila un precipicio, el viento nos advierte. La médica se para, se hinca,
besa el suelo, recoge algunas raíces y plantas, y se vuelve a hincar con la
frente en la tierra. Comprendo que el camino debo continuarlo solo. Antes de
seguir, toco sus manos sobre la tierra, para poder hallarla de regreso, sus
manos me guiarán de vuelta. Ya es de día, pero la montaña se muestra lúgubre e
imponente. La laguna que dejamos atrás no deja de bramar, le advierte a la
laguna de más allá que yo estoy en sus dominios, no sé qué hacer, solo me dejo
llevar, camino a paso lento, pido permiso a la montaña y siento los espíritus
de los árboles altos que me protegen. Observo una hilera de hormigas que se
atraviesa en mi camino, debo decidir si la cruzo o no, a un costado contrario
al precipicio, veo una piedra grande y medio chata cubierta de musgo en un
claro explanado, y voy a descansar sobre ella, trato de ver hacia el bosque que
tiene enfrente. Cuando trato de esculcar con mi mirada el espeso y tenebroso
bosque, advierto la figura sombreada de una mujer imponente y me dirijo
lentamente hacia ella con la precaución del felino montañés, al acercarme,
descubro se trata de un juego de troncos y árboles que componían un cuerpo de
mujer, me paro, y comienza a lloviznar. Me sonrió. Es un mensaje de Icaque.
Miro alrededor y a lo lejos, más al fondo, está la otra laguna, más lúgubre que
la anterior, voy camino a ella, veo la planta de la flor blanca con tonos
violetas, pido permiso, la tomo y la dispongo en mi manare dentro de mi marusa,
sigo avanzando, siento que la laguna me llama, siento temor, no quiero
aproximarme, pero debo hacerlo, le pido perdón a la laguna, el viento me hace
voltear a un lado y observo la otra planta, doy unos pasos y el suelo ya está
algo pantanoso, hago una medio reverencia y cojo una tres ramas de la planta,
agradezco y vuelvo sobre mis pasos alejándome poco a poco de la laguna, como si
se tratara de un bebé al cual no hay que despertar de su sueño profundo, busco
la piedra donde descansé, al avizorarla, volteo otra vez al bosque y previo a
la laguna, vuelvo a ver la sombra de mujer compuesta por troncos y ramas. Sin
duda, es Icaque que escuchó mis plegarias. Entono el canto que sale de mis
entrañas, lo más grave posible para no molestar a las lagunas. Al llegar a la
piedra, veo que tiene más allá de su mitad una hondura, allí coloco la
estatuilla de barro, sobre el incensario coloco las semillas de cacao y las
peonias, que indican que es una ofrenda para Icaque, ya que el incensario no
está pintado de ningún color. Todas las ofrendas las dispongo con delicadeza en
la hondura de la piedra que se va llenando por el agua de la llovizna. Me devuelvo unos pasos hacia la laguna y le
dejo como ofrenda el ovillo y unas mazorcas. Retomo el camino. Comienzo a
descender, la llovizna se intensifica un poco, eso significa que Icaque aceptó
mi tributo, trato de ubicar con mis sentidos las manos de la médica, siento el
frío del filo, del precipicio, y ya la puedo ver, mis pies comienzan a sentir
el agua medio pantanosa debajo de las gramíneas, huele a humedad, a liquen
viejo, a flores silvestres guardadas, a hojas secas en putrefacción, a madera
hermanada con hongos.
La médica me
pregunta si había recogido las hierbas, yo le digo que sí, me pregunta si había
hecho algo más y le conté el encuentro con Icaque, ella se sorprende, besa mis
manos y luego pone sus manos para que yo haga lo propio con las suyas. - ¡Ahora
eres de Icaque, pero tu ofrenda no está completa!, me dijo en tono de secreto y
a manera de consejo. Retorno una vez más a la piedra chata, en ella dejo mi
manta, mi roana y mi pectoral, siento que dejo mi alma, es algo doloroso, estoy
renunciando a ser guerrero, a tener familia completamente propia, ahora estoy
destinado a ser médico verdadero dedicado a Icaque, no sería conciliador de
aldeas ni organizador de sembradíos, me estoy iniciando como moján. Al retornar
con la médica experimentada, llovió aún más, mi cuerpo empieza a sentir frío
pues las gotas de lluvia caen directamente sobre mi piel. La médica experimentada
me dice: - ¡Ahora tú vas de primero, así cuando lleguemos a la aldea, todos
sabrán lo de tu consagración! A medida que descendemos la lluvia iba cesando,
pasamos por el costado de la primera laguna que ya estaba silente. En el punto
donde nos esperaba la otra médica hicimos un pequeño ritual, ambas me abrazan,
toman las raíces que habían recogido, la pasan tres veces por mi cuello como
simulando que me están colocando un pectoral. Luego, disponen esas raíces con
las hierbas que yo había recogido en el manare dentro de mi marusa.
Al llegar a
la aldea, entro a la choza del chamán. Allí estaba Xokoron aún convaleciente. El chamán me envía a bañarme en el
estanque, de regreso me da unos brebajes en dos pocillos distintos, el primero
sin color, el otro rojo, negro y blanco, los colores de Icaque. Prende un
sahumerio, con dos ramas de frailejón traído por él de la cumbre capitana, me
sacude los posibles malos espíritus que pudieron quedar adheridos debajo de mis
brazos y piernas, danza a mi alrededor, con pasos marcados como si fuera a
hincarse pero sin llegar a hacerlo, en sus cantos pide permiso a Ches y a Chía
para consagrarme a Icaque, hace esa ceremonia tres veces, luego rocía polvo de
maíz y achiote seco en mi cabeza, pinta con sus dedos tres rayas en cada uno de
mis pómulos, uno blanco, otro rojo y otro negro. Sale al fogón y vuelve fumando
un tabaco mientras echa su humo por todo mi cuerpo aún titiritando de frío, yo
estoy todavía emparamado. Me señala donde debo arreglar mi nuevo catre. Ya no puedo
ir a la choza de mis padres ancianos, debo pasar nueve lunas con el chamán,
este me regala una nueva manta de color verde, y manda a quemar mi arco y mis
flechas.
Pasadas nueve lunas, Xokoron, Xinagüey y yo, nos disponemos a
peregrinar al templo de Icaque. El designio era simple: debíamos conformar una
nueva aldea, para alargar la cinta de mouskenshes
que bordea el río, Xokoron como
Tabiskey y yo como Toy. Lo que en realidad sanó a Xokoron no fue en sí la medicina de las plantas sino mi lealtad
hacia él, el trayecto de aquel día decisivo hacia la laguna de la alta cumbre
del bosque espeso, no fue tanto para buscar los remedios, pues, el chamán los
tenía en su choza, sino se trataba de una prueba para confirmar mi valor y
destino como médico verdadero. Icaque se rebeló y me reclamó. Ahora me debo a
ella. Mi última prueba consiste en improvisarle un pequeño santuario en
nuestras tierras que bordean el río, yo era el primero que había avistado a
Icaque y pudo bajar con vida. En este
día de nuestra partida, de acuerdo a las indicaciones del chamán,
procedo a confeccionar una muñeca de tamaño natural en el patio común de mi
gran familia, la armé con palos y troncos que simulaban una silueta femenina,
de cara le coloqué una máscara hecha de cuero de animal de las que usamos en
las fiestas de la bajada del Ches, de cabello le puse melenas de maíz, collares
de peonía, puse sobre ella mantas que escondía el entramado de palos y maderos
y dejaban descubiertos las ramas que simulaban sus brazos, la adorné en la espalda
con diez grandes plumas de distintas aves de la montaña. El efecto fue el
deseado, la estatua inspira temor, pero es bonita, llama a verla y venerarla
con respeto. Hice como ofrendas a Icaque 27 estatuillas de mujer con barro y
una un poco más grande, hice nueve incensarios de tres patas pequeños y uno más
grande, los repartí entre mis hermanos y vecinos, y todos procedieron a
brindarle su tributo a Icaque, agregando frutos, mazorcas y tubérculos de
distintos colores, yo reservé el incensario y la estatuilla más grande para mis
ancianos padres, quienes las colocaron justo a los pies de la imagen. Hicimos
nuestras danzas en círculos sacudiendo el suelo con nuestros pies y sendos
bastones, algunos tomados de la mano de tres en tres, otros quemaron semillas
de cacao en los incensarios, otros tomaron chicha, algunos tocaron tambores y
chirimías, y otros cantaron rezos, todo según le saliera del corazón a cada
uno.
Ya conozco sobre hierbas y raíces.
Mi habilidad de crear ideas y organizar elementos los concentro ahora en la
medicina. En el templo de Icaque me van a instruir en sacrificios, uso del
tabaco, ramalazos y otras ceremonias y rituales que agudicen mis sentidos y
conexión con la naturaleza. Puedo desposarme solo con una médica verdadera,
pero nuestros hijos deben ser criados por Xokoron
y Xinagüey. En tanto, Xokoron será entrenado como guerrero y
primer capitán, junto a Xinagüey, comenzaremos
una nueva estirpe allá donde nace nuestro amado río. Yo tendré que adaptar mis
conocimientos a aquellos parajes, debo hacer muy fértil a Xinagüey, otros
jóvenes se nos pueden unir, luego que pasemos nueve lunas más de entrenamiento
en el templo de Icaque. Este es mi destino y con alegría lo acepto, soy
defensor de la amistad, del equilibrio, de mi pueblo, atraeré el agua buena y
la protegeré, para que Xokoron
proceda a administrar los sembradíos, mientras Xinagüey nos conciliará en momentos de desacuerdo, indicará donde
asentarnos, colocará los nombres a las plantas, animales, cuerpos de agua,
vientos y todo elemento que no conozcamos en nuestro nuevo paraje y
asentamiento. Hoy nos vamos hacia el templo de Icaque, por ahora, yo de
primero, seguido por Xinagüey y luego
por Xokoron. Fuimos escogidos para
formar una nueva estirpe de mouskenshes.
Ches nos alumbra jubiloso y Chía nos besa a través de la brisa de la quebrada.
Mis padres ancianos portan collares de peonía y de forma vanidosa se los
muestran al resto de mi gran familia. Mi padre grita guturalmente a manera de
bendición y buenos augurios. Xokoron,
Xinagüey y yo, Tistobish, emprendemos nuestra caminata entre temerosos y a la vez
confiados de nuestro designio, ahora convertido en destino: nos corresponde
contribuir al equilibrio y mantenimiento del mundo medio. Ches nos guía, Chía
nos guarda e Icaque nos serena. Bendita sea el agua buena, que se mueve, se
vuelve nube, neblina, llovizna, lluvia, zanjones, quebradas y ríos…
Felipe Antonio Bastidas-Terán
