Por Felipe A.
Bastidas T.
Una sociedad armónica y
pacifica se teje desde sus entrañas. Desde las instituciones básicas, como lo
son la familia y la escuela, la persona aprende a respetar al otro, a dirimir
de forma racional y pacífica los conflictos, a mantener relaciones duraderas de
agregación y asociación. Pero esto no ha sido la regla en Venezuela. La
violencia demostrada por la sociedad venezolana desde su gestación hasta la
actualidad cobra vida en todas y cada una de sus instituciones, empezando por
la familia y terminando en el Estado. El Estado represivo puede verse, y así lo
creo, como la resulta de una sociedad violenta y conflictiva con escaso tejido
social, poco empática, con exiguo margen de discusión y debate racional, menos,
para un diálogo paritario.
En todos los espacios y
niveles de nuestra sociedad se puede observar la violencia y el ejercicio de poder indiscriminado, y mucha veces cruel, desde cualquier posición de autoridad: la
madre que revisa la cartera y los objetos personales de sus hijos, los
cristianos que juzgan desde preceptos religiosos fundamentalistas cualquier
acción humana, la modelo o reina de belleza que muestra sin rubor sus vestidos
y zapatos de lujo obtenidos por ser la esposa o amante de un funcionario
corrupto poderoso, el conductor de una unidad de transporte quien desoye el
llamado de parada de un adulto mayor con bastón, las personas que no pierden
oportunidad para adelantar un puesto en una de las tantas colas obligatorias de nuestra cotidianidad, el médico
especialista que hace esperar al usuario (paciente) horas y horas para
atenderlo solo en un lapso de diez minutos, el acoso escolar y laboral, la
violencia laboral que supone ser un trabajador honesto y eficiente traducida en
más carga de tareas y responsabilidades por el mismo sueldo de quienes no
honran sus labores ni se comprometen con las obligaciones de su cargo. Y así, otros tantos ejemplos de la vida
cotidiana tanto del espacio privado y público que sería difícil perfilar en
este escrito.
Me subyuga el hecho que
aún con toda la agudización de la crisis económica que estamos viviendo desde
hace unos cinco años, aún la mayoría de los venezolanos se consideran víctimas
y no se asumen corresponsables de la tragedia que vivimos. La culpa siempre
está afuera: desde el imperialismo estadounidense hasta el espionaje castrista.
Los políticos aún se les da un halo místico, quienes pueden pasar de la devoción
al repudio colectivo en cuestión de días. Y es que para el común el político “aparece”
en escena, como si de un ser de otra dimensión se tratara: para muchos, los líderes políticos positivos o negativos
no son el producto de nuestra forma de ser como sociedad, no son el resultado
de las decisiones colectivas que tomamos, no se perciben como expresión de
nuestra evolución social o de una reiteración de circunstancias, que como todo
en la vida, se atraen, se reproducen hasta que el aprendizaje no se haya
concretado; es decir, los líderes políticos para la opinión pública venezolana,
son una mezcla de azar, providencia y destino.
De la incapacidad de
reconocerse corresponsable de la formación social, emergencia y posicionamiento
de líderes políticos, de ese pensamiento mágico -que esconde inmadurez política
y ciudadana- ha surgido lo que algunos designan “supremacía moral”, fenómeno
peligroso y nada inocuo al cual asistimos hoy. Este término me causó cierta
gracia y rechazo en un principio, pero cualquiera al revisar las conversaciones
en las redes sociales puede corroborar que es pertinente:
Abundan quienes opinan
que el socialismo y el comunismo son las ideologías políticas y los modelos
sociales generadores de cualquier cantidad de males, pero dicen admirar países practicantes
de un socialismo democrático. Algunos jóvenes venezolanos reprochan sin ningún
tipo de cortapisa a cualquiera de su generación predecesora como culpable de su
precaria situación y escasas oportunidades.
Cualquier persona ahora es
sospechosa de “ser de izquierda”, y por ende, un ser repudiable, en ese saco,
según la conseja, entran personalidades tan disímiles como el papa Francisco I
-Mario Bergoglio-, Al Gore, Piedad Córdova, Rigoberta Menchú; aunque esta última
intelectual desde hace décadas ha aclarado con gran acierto que no es de
izquierda ni de derecha, pues tales atributos ideológico-políticos, son
categorías modernas fuera de su cosmovisión maya, donde, según ella, si de
dicotomía se trata, habría que hablar de la polaridad equilibrio-desequilibrio.
La escisión de la
representación -que es el concepto politológico adecuado de la mal llamada
polarización- ha invadido nuestras vidas en Venezuela con una preocupante
expansión a América Latina, donde ser liberal o neoliberal parece ser hoy lo
aceptable, aun cuando proclamarse socialista o “de izquierda” era lo “políticamente
correcto” hasta hace un par de años. Dentro de este fácil y superficial
corrimiento ideológico entre polos extremos, se ha dejado de lado un tema no
menos importante como lo es el populismo latinoamericano -o mejor dicho el
clientelismo político- que sí puede ser el responsable de muchos de nuestros
males, porque nos vincula una y otra vez con el caudillo redentorista “externo”
que “aparece” sobre el cual luego se descargan todas las consecuencias nefastas
de las desacertadas decisiones políticas colectivas. Y así, la responsabilidad
y corresponsabilidad se van procrastinando cada vez más.
La supremacía moral
esconde en sí una forma de expresión de violencia sin el tradicional y efectivo
ocultamiento del humor venezolano. En estos momentos aciagos, como si el
escenario ya no fuese lo suficientemente complejo, nuestra sociedad tiene ante
sí el reto de dirimir los conflictos sin supremacía moral ni rencores, con un
equilibrio entre lo racional y lo emocional. No es una vía fácil, pues si bien
es cierto que no todos tenemos el mismo grado de responsabilidad en la tragedia
que hoy vivimos, también es cierto que no es ponderable; como imponderable y
necio es buscar culpas y acusaciones para solventar cualquier conflicto.
Y es que en la actualidad
cualquier persona que hable de diálogo, de acuerdo, de negociación o de
conciliación es también objeto de escrutinio cruel y despiadado susceptible de
ser cómplice colaboracionista de algunos de los bandos polarizados en
permanente lucha maximalista.
Dentro de las lógicas de
la supremacía moral, hay múltiples jerarquizaciones puritanas que van desde
quienes votaron una sola vez por Chávez hasta quienes votaron por el proceso
revolucionario en la mayoría o en todas las elecciones de esta veintena; los
reproches, exclusiones y culpas son directamente proporcional a la cantidad de
votos ejercidos a favor del “socialismo siglo XXI”.
Hay señalizaciones según
la persona se ubique en el espectro de quienes hablan de equidad y no tanto de
igualdad; o de las personas cuya ideología fue socialista y ahora deben hacer
constantemente un mea culpa; o quienes son católicos y apoyan o critican al
papa Francisco por su supuesta neutralidad frente a la escalada del conflicto
venezolano (como si se les olvidara que es un jefe de Estado y cuida los
intereses del mismo); desde las feministas “light” o superficiales hasta las
más radicales, o mejor dicho, las feministas por convicción mal llamadas
feminazis. Se está edificando una jerarquía compleja de supremacía moral entre
los venezolanos como en la colonia se hizo una jerarquía racial en torno al
“blanqueamiento” o “pureza de sangre”, en la cual los mestizos se consideraban
más puros que los mulatos, y estos a su vez que los zambos, y estos se creían
superiores a los indígenas o los negros esclavos.
Olvidan los supremacistas
morales venezolanos que la corrupción si parangón en el ámbito mundial y de la
historia reciente a la que hemos llegado, fue posible porque somos una sociedad
de cómplices, una sociedad violenta con escasa, por no decir nula, capacidad de
agregación ni asociación; y justo por eso, por un exacerbado individualismo, es
que la corrupción campeó y llegó a niveles estrafalarios. Vivimos las
consecuencias del omitir al otro, el no respetarlo, el atropellarlo. Esta situación
cobra mayor expresión con la especulación, contrabando y usura (que es como
prefiero llamar a lo que se ha designado como bachaqueo), en cuya práctica los
valores ciudadanos y el respeto por el otro se desdibujan totalmente, se ejerce
con ahínco el poder de quien tiene un poco más que el desposeído, y finalmente,
se impone la sobrevivencia del más fuerte; actitud darwinista que muchos
expertos justifican y se atreven a calificarla de resiliencia o emprendimiento a
partir de criterios inmediatistas.
En esta vorágine devenida
en supremacía moral, la censura y el repudio se cierne sobre quienes rechazamos
el imperialismo y las nuevas formas de coloniaje tanto estadounidense, como el
ruso o el chino. Quedamos presa del inconado reconcomio quienes estamos a favor
del diálogo y la negociación como formas de litigar y dirimir conflictos; quienes
alertamos que en política internacional solo hay aliados temporales y toda
acción o apoyo tiene un interés de fondo; los propulsores de una sociedad
planetaria desde la interculturalidad, el pensamiento diverso, el desmontaje de
la sociedad patriarcal y falocéntrica que afecta a féminas como varones así
como a cualquier construcción de género fuera de la polaridad hombre-mujer; los
convencidos que en nuestros pueblos ancestrales y tradicionales hay epistemes
capaces de orientar sobre soluciones a la crisis civilizatoria moderna
occidental.
Quienes no nos ubicamos
en los extremos e intentamos aplicar un mínimo de análisis y sindéresis para solucionar
el estado de caos que nos afecta, muchas veces hemos recibido críticas,
acusaciones y refriegas tanto de un lado y del otro de la mal llamada
polarización; y ahora, bajo múltiples intersecciones de la supremacía moral,
quedamos ubicados en una serie de discriminaciones a partir de cualquier
prejuicio de índole política e ideológica.
De esta supremacía moral menos
se salvan quienes por elección libre, por presión o por falta de opción se
registraron en el carnet de la patria; la humorista Rayma por criticar a un
representante de la coalición de la élite política nacional emergente; quienes tienen
un familiar en un alto cargo del gobierno (se hayan beneficiado o no de ello).
Esta forma de violencia es tan compleja como paradójica: se tilda de cobardes a
quienes se han quedado en Venezuela, y en otros casos, se critica sin reparo a
quienes han emigrado.
En consecuencia, es
necesario un acto de sinceridad y reflexión personal sobre el aporte de cada
quien, por acción u omisión, en esta crisis agotadora y asfixiante, para ir a
un encuentro nacional libres de culpa, más cargados de responsabilidad, aprendizaje
personal y colectivo que aporten y sumen, fuera de los virulentos prejuicios de
la supremacía moral.
La concordia nacional
pasa primero por remitirnos a la responsabilidad personal y colectiva,
descartar la culpa, reconocer al otro o a la otra, ser tolerantes al error,
discriminar qué es delito de lo que no (aun cuando nuestro rango entre ambas
categorías sea muy amplio y flexible, como sociedad de cómplices que somos).
Todo esto como prerrequisito para finalmente escuchar y dialogar: entender, aunque
no se comprenda, aceptar, aunque no se comparta. En fin, practicar la humildad
y la confianza en los demás, acción solo posible con base a la sinceridad y el
descarte de la peligrosísima supremacía moral que como sociedad estamos
erróneamente configurando.
Hay que preguntarse si el
Estado represor es la proyección y la consecuencia de lo que somos…
En un acertado tuit leí,
palabras más, palabras menos: si no quieres tiranía rebélate contra el tirano
que llevas dentro… Y sí, en las redes sociales, también hay opiniones acertadas
y constructivas. Es un buen indicio.
Los Guayos, 5 de
marzo de 2019..
excelente.
ResponderEliminarProfesor Bastidas, gracias por su disertación sobre la crisis moral y de paradigmas que estremecen Venezuela en estos aciagos momentos. Por su papel como editor de la Revista Estudios Culturales, y por la importancia de la responsabilidad en el ejercicio de la ética, yo le pediría, por favor, que se quite del número 18 de la revista el artículo de Zoraida Castillo Lara, porque ella hizo un plagio, que reconoció por escrito y del cual la revista está al corriente y no ha hecho nada por resarcir el daño (desde agosto del 2018!). Esto ya tiene larga data como usted probablemente sabe. Así que por favor, seamos coherentes y respetémonos los unos a los otros. Cordialmente. Fabiola Velasco.
ResponderEliminar