martes, 5 de marzo de 2019

Supremacía moral: el nuevo camuflaje de la violencia en Venezuela

Por Felipe A. Bastidas T.

Una sociedad armónica y pacifica se teje desde sus entrañas. Desde las instituciones básicas, como lo son la familia y la escuela, la persona aprende a respetar al otro, a dirimir de forma racional y pacífica los conflictos, a mantener relaciones duraderas de agregación y asociación. Pero esto no ha sido la regla en Venezuela. La violencia demostrada por la sociedad venezolana desde su gestación hasta la actualidad cobra vida en todas y cada una de sus instituciones, empezando por la familia y terminando en el Estado. El Estado represivo puede verse, y así lo creo, como la resulta de una sociedad violenta y conflictiva con escaso tejido social, poco empática, con exiguo margen de discusión y debate racional, menos, para un diálogo paritario.

En todos los espacios y niveles de nuestra sociedad se puede observar la violencia y el ejercicio de poder indiscriminado, y mucha veces cruel, desde cualquier posición de autoridad: la madre que revisa la cartera y los objetos personales de sus hijos, los cristianos que juzgan desde preceptos religiosos fundamentalistas cualquier acción humana, la modelo o reina de belleza que muestra sin rubor sus vestidos y zapatos de lujo obtenidos por ser la esposa o amante de un funcionario corrupto poderoso, el conductor de una unidad de transporte quien desoye el llamado de parada de un adulto mayor con bastón, las personas que no pierden oportunidad para adelantar un puesto en una de las tantas colas obligatorias  de nuestra cotidianidad, el médico especialista que hace esperar al usuario (paciente) horas y horas para atenderlo solo en un lapso de diez minutos, el acoso escolar y laboral, la violencia laboral que supone ser un trabajador honesto y eficiente traducida en más carga de tareas y responsabilidades por el mismo sueldo de quienes no honran sus labores ni se comprometen con las obligaciones de su cargo.  Y así, otros tantos ejemplos de la vida cotidiana tanto del espacio privado y público que sería difícil perfilar en este escrito.

Me subyuga el hecho que aún con toda la agudización de la crisis económica que estamos viviendo desde hace unos cinco años, aún la mayoría de los venezolanos se consideran víctimas y no se asumen corresponsables de la tragedia que vivimos. La culpa siempre está afuera: desde el imperialismo estadounidense hasta el espionaje castrista. Los políticos aún se les da un halo místico, quienes pueden pasar de la devoción al repudio colectivo en cuestión de días. Y es que para el común el político “aparece” en escena, como si de un ser de otra dimensión se tratara: para muchos,  los líderes políticos positivos o negativos no son el producto de nuestra forma de ser como sociedad, no son el resultado de las decisiones colectivas que tomamos, no se perciben como expresión de nuestra evolución social o de una reiteración de circunstancias, que como todo en la vida, se atraen, se reproducen hasta que el aprendizaje no se haya concretado; es decir, los líderes políticos para la opinión pública venezolana, son una mezcla de azar, providencia y destino.

De la incapacidad de reconocerse corresponsable de la formación social, emergencia y posicionamiento de líderes políticos, de ese pensamiento mágico -que esconde inmadurez política y ciudadana- ha surgido lo que algunos designan “supremacía moral”, fenómeno peligroso y nada inocuo al cual asistimos hoy. Este término me causó cierta gracia y rechazo en un principio, pero cualquiera al revisar las conversaciones en las redes sociales puede corroborar que es pertinente:

Abundan quienes opinan que el socialismo y el comunismo son las ideologías políticas y los modelos sociales generadores de cualquier cantidad de males, pero dicen admirar países practicantes de un socialismo democrático. Algunos jóvenes venezolanos reprochan sin ningún tipo de cortapisa a cualquiera de su generación predecesora como culpable de su precaria situación y escasas oportunidades. 

Cualquier persona ahora es sospechosa de “ser de izquierda”, y por ende, un ser repudiable, en ese saco, según la conseja, entran personalidades tan disímiles como el papa Francisco I -Mario Bergoglio-, Al Gore, Piedad Córdova, Rigoberta Menchú; aunque esta última intelectual desde hace décadas ha aclarado con gran acierto que no es de izquierda ni de derecha, pues tales atributos ideológico-políticos, son categorías modernas fuera de su cosmovisión maya, donde, según ella, si de dicotomía se trata, habría que hablar de la polaridad equilibrio-desequilibrio.

La escisión de la representación -que es el concepto politológico adecuado de la mal llamada polarización- ha invadido nuestras vidas en Venezuela con una preocupante expansión a América Latina, donde ser liberal o neoliberal parece ser hoy lo aceptable, aun cuando proclamarse socialista o “de izquierda” era lo “políticamente correcto” hasta hace un par de años. Dentro de este fácil y superficial corrimiento ideológico entre polos extremos, se ha dejado de lado un tema no menos importante como lo es el populismo latinoamericano -o mejor dicho el clientelismo político- que sí puede ser el responsable de muchos de nuestros males, porque nos vincula una y otra vez con el caudillo redentorista “externo” que “aparece” sobre el cual luego se descargan todas las consecuencias nefastas de las desacertadas decisiones políticas colectivas. Y así, la responsabilidad y corresponsabilidad se van procrastinando cada vez más. 

La supremacía moral esconde en sí una forma de expresión de violencia sin el tradicional y efectivo ocultamiento del humor venezolano. En estos momentos aciagos, como si el escenario ya no fuese lo suficientemente complejo, nuestra sociedad tiene ante sí el reto de dirimir los conflictos sin supremacía moral ni rencores, con un equilibrio entre lo racional y lo emocional. No es una vía fácil, pues si bien es cierto que no todos tenemos el mismo grado de responsabilidad en la tragedia que hoy vivimos, también es cierto que no es ponderable; como imponderable y necio es buscar culpas y acusaciones para solventar cualquier conflicto.

Y es que en la actualidad cualquier persona que hable de diálogo, de acuerdo, de negociación o de conciliación es también objeto de escrutinio cruel y despiadado susceptible de ser cómplice colaboracionista de algunos de los bandos polarizados en permanente lucha maximalista.

Dentro de las lógicas de la supremacía moral, hay múltiples jerarquizaciones puritanas que van desde quienes votaron una sola vez por Chávez hasta quienes votaron por el proceso revolucionario en la mayoría o en todas las elecciones de esta veintena; los reproches, exclusiones y culpas son directamente proporcional a la cantidad de votos ejercidos a favor del “socialismo siglo XXI”.

Hay señalizaciones según la persona se ubique en el espectro de quienes hablan de equidad y no tanto de igualdad; o de las personas cuya ideología fue socialista y ahora deben hacer constantemente un mea culpa; o quienes son católicos y apoyan o critican al papa Francisco por su supuesta neutralidad frente a la escalada del conflicto venezolano (como si se les olvidara que es un jefe de Estado y cuida los intereses del mismo); desde las feministas “light” o superficiales hasta las más radicales, o mejor dicho, las feministas por convicción mal llamadas feminazis. Se está edificando una jerarquía compleja de supremacía moral entre los venezolanos como en la colonia se hizo una jerarquía racial en torno al “blanqueamiento” o “pureza de sangre”, en la cual los mestizos se consideraban más puros que los mulatos, y estos a su vez que los zambos, y estos se creían superiores a los indígenas o los negros esclavos.

Olvidan los supremacistas morales venezolanos que la corrupción si parangón en el ámbito mundial y de la historia reciente a la que hemos llegado, fue posible porque somos una sociedad de cómplices, una sociedad violenta con escasa, por no decir nula, capacidad de agregación ni asociación; y justo por eso, por un exacerbado individualismo, es que la corrupción campeó y llegó a niveles estrafalarios. Vivimos las consecuencias del omitir al otro, el no respetarlo, el atropellarlo. Esta situación cobra mayor expresión con la especulación, contrabando y usura (que es como prefiero llamar a lo que se ha designado como bachaqueo), en cuya práctica los valores ciudadanos y el respeto por el otro se desdibujan totalmente, se ejerce con ahínco el poder de quien tiene un poco más que el desposeído, y finalmente, se impone la sobrevivencia del más fuerte; actitud darwinista que muchos expertos justifican y se atreven a calificarla de resiliencia o emprendimiento a partir de criterios inmediatistas.

En esta vorágine devenida en supremacía moral, la censura y el repudio se cierne sobre quienes rechazamos el imperialismo y las nuevas formas de coloniaje tanto estadounidense, como el ruso o el chino. Quedamos presa del inconado reconcomio quienes estamos a favor del diálogo y la negociación como formas de litigar y dirimir conflictos; quienes alertamos que en política internacional solo hay aliados temporales y toda acción o apoyo tiene un interés de fondo; los propulsores de una sociedad planetaria desde la interculturalidad, el pensamiento diverso, el desmontaje de la sociedad patriarcal y falocéntrica que afecta a féminas como varones así como a cualquier construcción de género fuera de la polaridad hombre-mujer; los convencidos que en nuestros pueblos ancestrales y tradicionales hay epistemes capaces de orientar sobre soluciones a la crisis civilizatoria moderna occidental.

Quienes no nos ubicamos en los extremos e intentamos aplicar un mínimo de análisis y sindéresis para solucionar el estado de caos que nos afecta, muchas veces hemos recibido críticas, acusaciones y refriegas tanto de un lado y del otro de la mal llamada polarización; y ahora, bajo múltiples intersecciones de la supremacía moral, quedamos ubicados en una serie de discriminaciones a partir de cualquier prejuicio de índole política e ideológica.

De esta supremacía moral menos se salvan quienes por elección libre, por presión o por falta de opción se registraron en el carnet de la patria; la humorista Rayma por criticar a un representante de la coalición de la élite política nacional emergente; quienes tienen un familiar en un alto cargo del gobierno (se hayan beneficiado o no de ello). Esta forma de violencia es tan compleja como paradójica: se tilda de cobardes a quienes se han quedado en Venezuela, y en otros casos, se critica sin reparo a quienes han emigrado.

En consecuencia, es necesario un acto de sinceridad y reflexión personal sobre el aporte de cada quien, por acción u omisión, en esta crisis agotadora y asfixiante, para ir a un encuentro nacional libres de culpa, más cargados de responsabilidad, aprendizaje personal y colectivo que aporten y sumen, fuera de los virulentos prejuicios de la supremacía moral.

La concordia nacional pasa primero por remitirnos a la responsabilidad personal y colectiva, descartar la culpa, reconocer al otro o a la otra, ser tolerantes al error, discriminar qué es delito de lo que no (aun cuando nuestro rango entre ambas categorías sea muy amplio y flexible, como sociedad de cómplices que somos). Todo esto como prerrequisito para finalmente escuchar y dialogar: entender, aunque no se comprenda, aceptar, aunque no se comparta. En fin, practicar la humildad y la confianza en los demás, acción solo posible con base a la sinceridad y el descarte de la peligrosísima supremacía moral que como sociedad estamos erróneamente configurando.

Hay que preguntarse si el Estado represor es la proyección y la consecuencia de lo que somos…

En un acertado tuit leí, palabras más, palabras menos: si no quieres tiranía rebélate contra el tirano que llevas dentro… Y sí, en las redes sociales, también hay opiniones acertadas y constructivas. Es un buen indicio.

Los Guayos, 5 de marzo de 2019..

2 comentarios:

  1. Profesor Bastidas, gracias por su disertación sobre la crisis moral y de paradigmas que estremecen Venezuela en estos aciagos momentos. Por su papel como editor de la Revista Estudios Culturales, y por la importancia de la responsabilidad en el ejercicio de la ética, yo le pediría, por favor, que se quite del número 18 de la revista el artículo de Zoraida Castillo Lara, porque ella hizo un plagio, que reconoció por escrito y del cual la revista está al corriente y no ha hecho nada por resarcir el daño (desde agosto del 2018!). Esto ya tiene larga data como usted probablemente sabe. Así que por favor, seamos coherentes y respetémonos los unos a los otros. Cordialmente. Fabiola Velasco.

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