Después
de un mes de paro universitario es difícil tener una perspectiva aproximada del
complejo problema que representa este tópico en un país polarizado
políticamente, ya que se supone que el tema de las universidades debe estar en
el terreno imparcial de cualquier sociedad. Pero como quiera que sea, las
crisis de la universidad venezolana pasa primero por la crisis en el ámbito
mundial de estas instituciones. Como generadoras de conocimiento novedoso su
rol está seriamente cuestionado, cuando hoy por hoy, la mayoría de las
investigaciones, las innovaciones e invenciones se realizan allende a las fronteras
universitarias en todo el orbe.
Una
de las principales causas del deterioro de las universidades es la
burocratización que impide muchas veces adelantar una investigación, por el
tema de los recursos financieros y de la poca certeza que siempre hay al inicio
de un estudio científico sobre su impacto social: Todo esto ha conllevado a una
serie de controles y papeleos que desanima hasta el más audaz de los
investigadores. Por otro lado, dentro del sistema-mundo capitalista el rol de
las universidades cada vez se comprime más en la función de la docencia para generar profesionales aptos y
operativos para el mercado laboral. Dentro de la división internacional del
trabajo solo un puñado de universidades de los países de capitalismo
consolidado puede mantener su rol científico y de generador de conocimientos.
Estas investigaciones cada día reciben la presión de las pocas empresas
multinacionales que controlan los hilos del sistema – mundo capitalista.
Aunado
a este complejo problema global, la universidad venezolana respondiendo a un
Estado populista y a una sociedad periférica del sistema mundo – capitalista,
se ha burocratizado minimizando su rol investigativo en aras de ampliar el rol
docentista para apuntalarse como generadoras de profesionales y de títulos.
Este es el perfil que se ha venido gestando por más de cincuenta años y que
ahora parece estar respaldado por un Estado populista que históricamente ha
usado la educación superior como un medio de inclusión social y,
adicionalmente, como capital político – clientelar - electoral. Por eso, el problema del presupuesto y de
autonomía de las universidades es difícil
de encuadrar en su justa medida para darle una solución viable y
consensuada.
Y
es que por décadas son pocas las investigaciones pertinentes, o al menos
visibles, que las universidades nacionales han ofrecido a la sociedad. Su
aporte más valioso sigue siendo la formación de profesionales, que es lo que le
interesa a un Estado populista cada vez más importador de bienes, servicios y
tecnologías y a un sistema – mundo capitalista omnipotente: Profesionales poco
reflexivos, acríticos, poco polémicos, adaptadores, operarios y
funcionarios; capaces de aplicar
tecnologías y directrices, pero jamás de cuestionar e ir más allá de la perspectiva
aparente y funcional de los procedimientos. En esta sociedad mundial, y en este
contexto nacional, los intelectuales, los críticos, los reflexivos, los
creativos, los soñadores, los artistas y los investigadores somos cada vez
menos necesarios y cada vez más incómodos e impertinentes para el status quo.
Este
panorama beneficia a las sociedades centrales del sistema – mundo capitalista
que captan y hurtan los talentos para ponerlos al servicio de los Estados
privilegiados y a las pocas multinacionales todopoderosas. El problema principal
no es el presupuesto ni el salario deteriorado de los docentes artífices de
profesionales. El problema debe pasar primero por el ojo avizor de la
universidad que queremos construir, es decir, primero buscar el por qué y el
para qué de la universidad venezolana como soportes de toma de decisiones
trascendentales que sirvan de marco de medidas más específicas y concretas como
el tema presupuestario y salarial.
Si
a la mayoría le parece bien la universidad como fábrica de profesionales
operarios que puedan aplicar y adaptar las tecnologías foráneas importadas de
Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, China, Bielorrusia, Irán, Brasil y
Cuba, pues ni modo, sinceremos el tema del presupuesto, centralicemos, y que el
Estado se encargue de bajar los recursos
financieros para el pago a los profesores y el mantenimiento de la infraestructura.
Si por el contrario, no estamos conformes con la situación actual de la
educación superior es hora de revisar y redimensionar el rol de las
universidades y así construir consensualmente la Ley de Universidades que aún
está pendiente.
En
este orden de ideas, todavía no entiendo por qué el anteproyecto de Ley de
Universidades de 2010 - 2011 se ha tirado a la basura, pues aunque había
algunos pasajes y conceptos cuestionables, en su mayoría iba en la dirección de
una universidad al menos mejor de la que hoy tenemos: Se hablaba de integrar la
metodología de proyectos como principal herramienta de facilitación de los
aprendizajes, un enfoque que me permitiría como profesor integrar orgánicamente
mis labores de docencia, investigación y de servicio comunitario; y no ese
conflicto que hoy permanentemente tengo para congeniar esas actividades
divergentes y dispersas debido al prisma de la burocratización, el presentismo
y la falta de planificación y de vocación universitaria de una parte de mis colegas directivos.
Tensión y conflicto que atenta peligrosamente contra mi paz personal y familiar
entendiendo que la salud es un estado de
bienestar bio – psico – social.
Volviendo
sobre el tema: ¿Por qué dicha ley no se discute a la luz de las diversas
visiones y se mejora en atención de la universidad que todos deseamos? Otra
pregunta a la cual no he encontrado
respuesta en otros congéneres. La vía mencionada por aquella ley era una
universidad de encuentro de saberes, un rol más sistematizador y de
comunicación con la sociedad multidiversa que es Venezuela, premisa que a mi
parecer es bastante aceptable y razonable. Entonces vuelvo a insistir: ¿Por qué
hay que copiar los modelos extranjeros capitalistas o socialistas? ¿Por qué no
iniciar la creación de un modelo propio partiendo de lo que ya se tiene?
La
respuesta quizás surge en mi cotidianidad: Hoy en un campus con escasos
universitarios hablé con dos profesores críticos y reflexivos, uno Ingeniero de Sistemas
–creo- y el otro Orientador. Cabe destacar que tuvimos una conversación
interesante mientras compartíamos un café. Hablamos de por qué la mayoría
de los venezolanos desconocemos e
ignoramos de qué específicamente se compone un barril de petróleo de Pdvsa,
cuál es su constitución, sus bondades, cuál es el proceso para colocarlo a
puertas de exportación; también discutimos acerca de los nuevos tipos de Guerra
(aérea, tecnológica, de confrontación física), y de porqué seguimos importando
tecnologías. Todos teníamos ideologías políticas distintas, pero conferimos,
hablamos, intercambiamos. Yo me fui de la plática con preguntas que nunca me
había formulado y con otras que empezaré a cuestionarme… Todo ocurrió en paz,
con respeto y de forma bastante natural y espontánea.
Ese
momento que acabo de ilustrar se aproxima a la universidad que quiero, la del
intercambio de ideas y encuentro de saberes. Si la universidad que mis
coterráneos desean y pelean es una
universidad operaria, reproductiva y acrítica a favor de poderes de potencias
mundiales tradicionales o emergentes, de multinacionales o de gobiernos nacionales
o regionales pasajeros (como todo gobierno), entonces sería correcto que se
declare y se diga ya, porque yo allí no encajaría, nunca he sido bueno para ser
acrítico o pasivo; es decir, en sánscrito criollo: nunca he servido para ser
mirón de palo ni convidado de piedra… Buscaré otros derroteros y otras formas
porque la universidad en la que me formé, en la que creo y en la que deseo
coexistir cada día se desdibuja más, se apaga en el discurso de las autoridades
de las casas de estudio, de los gremios universitarios, de los estudiantes que
atiendo, de los políticos nacionales e incluso de los documentos y de las
directrices sancionados por la misma y sacratísima Unesco.
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