La Casa,
abandonada, nunca pensó que estuviera tan cerca el fin. Ella vio crecer sólo cuatro generaciones, y
sabe de casas que han albergado cinco o más.
Se echa a recordar los momentos cuando fue construida al recién
entrar algún verano y había suficiente
barro húmedo para edificar sus viejas paredes de bahareque, corrían los tiempos
de Julián Castro, Mosquey era una villa pequeña, llena de haciendas de café.
Allí estaban a su lado, los almendros, los eucaliptos y los cedros, y por
supuesto, las matas de café que ya alcanzaban considerable altura.
Juan Evaristo Quevedo
y Julieta Perpetua Valladares Villegas, la habían concebido para una pulpería y
granero, tenían proyectado hacer un trapiche, pero se percataron que en el
pueblo vendían papelón en grandes cantidades y de buena calidad. Así, decidieron quedarse con el café y
dedicarse a la vida del campo. De esta
manera, La Casa se conformó con un corredor en la entrada y un cimiento que
sostenía unos palos de madera sobre el
cual la gente podía sentarse a pernoctar; una inmensa sala de baile, la cual
tenía como cielo raso una troja donde se almacenaba el café; un pequeño cuarto,
un comedor y la cocina con el fogón.
Atrás
había un inmenso patio donde se ponía al sol el café para luego lavarlo y
trillarlo, con el piso de ladrillos igual que La Casa; aparte estaba el
establo-gallinero muy bien confeccionado, con inmensas divisiones, el cual
servía de estancia para gallinas, caballos, ganado, cerdos y la mula Melcocha; pues
Juan, de vez en cuando, comerciaba.
Juan traía,
pacientemente, durante trece días: cueros, sal, aceite, y cebo de Guanare o
Barquisimeto hasta Boconó, donde los vendía a muy buen precio, en el peladero
que llamaban Plaza Bolívar. Julieta se quedaba en casa, trabajaba arduamente,
lidiando con los animales y los peones de la hacienda. Era una rutina como
cualquier otra en el campo - pensaba La Casa-.
Sólo al mediodía había cierto bullicio a la sazón de los cuentos de
camino de los peones.
Juan y Julieta no
pudieron concebir hijos. Consideraron que era mucha casa, mucha hacienda y
mucho terreno para ellos solos. Y un
buen día, después de quince años, decidieron irse de La Casa. Ella vio como se marchaban antes del amanecer
con la pobre Melcocha cargando un sin fin de enseres insólitos.
Cuando sucedió esto
ya Gómez había alcanzado el poder. La gloria y la prosperidad que el café trajo
a Boconó iban a empezar a declinar. La
Casa abandonada hacía todo lo posible por no caerse, hablaba con el árbol de naranja
de uno de sus costados, y con el pequeño árbol de guayaba que había nacido en
la entrada, al lado del corredor.
Con las revueltas de Gómez, y gracias a la maleza que
ahogaba La Casa, ésta sirvió de refugio a los perseguidos del jefe civil de
Boconó. La Casa se enteró de las ideas
libertarias, poéticas y sátiras de los rebeldes del régimen que allí llegaban.
Admirada de tanto espíritu, exclamó un bello cántico a las personas que
albergaba.
-No te escucharán- dijo el
viejo cedro- sus oídos no son sensibles a tu voz. Además, yo he visto más, he visto
innumerables hombres irse detrás de ideas desde hace más de cien años.
Al pasar varios días, La Casa vio como el jefe civil
y sus secuaces se llevaban a la fuerza y a peinillazos a los hombres que luchaban
por ideas. La Casa lloró y oró mucho
tiempo por ellos. Después de un par de años, se enteró que el hombre a quien combatían sus huéspedes
había caído. Una mañana sintió un desgarre profundo, se trataba del
establo-gallinero que se derrumbaba poco a poco. En pocos días, era sólo
ruinas. Amargada por la desventura, La
Casa empezó a llorar desconsoladamente, ni los pájaros, ni las nubes, ni los
árboles pudieron calmarla.
Un día, después de
muchos años, escuchó La Casa el lamento de una mujer bella y joven. Trató de
consolarla pero la mujer nunca llegó hasta el corredor.
-¿Qué le ocurre?, le preguntó, a Caramelo, el perro marrón que sabía
todo de los habitantes de Mosquey.
-Lo que le ocurre es que ha sido madre soltera de un niño y una niña,
y ahora su padre ha desaparecido y nadie sabe de él. Ella ha tenido que enfrentarse sola a la
burla y repudio de los demás, porque lo que hizo no es aprobado ni siquiera por
el cura de allá abajo, el del pueblo.
-¡Ella sola y abandonada igual que yo! -exclamó La Casa- ¿Por qué Dios
no nos junta?
-Es cierto, dijo Caramelo, sólo pídele a Dios que las junte.
La Casa rezaba todos los días para que se le
permitiera albergar a esa linda y joven señora.
Pero ella ignoraba que había sido vendida un par de veces, la última vez
fue a un hacendado de Mosquey. Éste
tenía otra hacienda en La Joya, muy cerca del río, donde vivía la hermosa
señora.
Al enterarse, Fabiana -que así era el nombre de la
bella señora-, fue al encuentro del señor y le dijo:
-Permíteme cuidar de tu nueva hacienda y de tu casa, no te pido
jornada; con lo que yo siembre y produzca será suficiente.
El señor se burló, pero al ver que tenía dos niños, le
concedió su petición y le dijo con cierto sarcasmo:
-
¡Muy bien,
será a medias, pero si no recoges la cosecha como es debido quedarás nuevamente
en la calle!
Fabiana, tomó sus
pertenencias y llegó a La Casa. Desyerbó el frente ese mismo día, ayudada por
Sebastián y Hermelinda, sus hijos, quienes apenas contaban con cinco y tres
años respectivamente. Fabiana sembró
muchas hortensias para adornar la entrada, pulió los ladrillos y pintó con cal y mois las paredes. La Casa se sentía nueva y empezó a amar y a
idolatrar a Fabiana.
Fabiana, buscó los
peones y puso a la hacienda en excelentes condiciones. El café que producía lo
iba a vender junto a Sebastián al pueblo,
en ese entonces, la Plaza Bolívar, aunque era de tierra, ya tenía
bancos, e incluso, un retrete. En
Mosquey la admiraban por su arrojo y valor, y se hizo un mito en torno a ella,
diciendo que era una mujer amargada, que tomaba pócimas especiales para poder
soportar su rutina diaria.
La Casa sabía que no era cierto. En primer lugar, sabía muy bien que las
personas no necesitan de nada para tener aplomo, como Juan y Julieta y los
perseguidos de Gómez. Además sabía mejor
que nadie de la dulzura y del cariño que ocultaba Fabiana para hacerse respetar
de los peones. También sabía de su dolor
al no poderle entregar mayor libertad a Sebastián y Hermelinda, con quienes se
vio obligada a compartir los oficios del campo.
Al pasar cuatro años,
la gente, aunque admiraba a Fabiana, la seguía señalando y cuchicheando de ella
en todos los eventos sociales. Esto la
preocupaba, y la hacía más hostil al mundo. La Casa compartía su desdicha.
Un día Fabiana decidió
casarse. Un apellido para mis hijos,
pensó. Se casó con José Gregorio, pero
nada cambió ni para ella, ni para Sebastián ni Hermelinda, pues el trabajo se
duplicó porque vinieron cuatro hijos más: Fernando, Amalia, Manuel y Lila. La Casa se alegraba de los juegos y
travesuras de los niños y lamentaba la desventura de Hermelinda y Sebastián.
La Casa supo de
rezos, pesebres, fiestas de El Niño, de La Virgen, de San Isidro y de bailes de
polca; pero no de matrimonios, pues Hermelinda y Sebastián, cuando tenían más
de veinte años, abandonaron La Casa para irse a la capital, por el camino de
asfalto nuevo que recientemente habían hecho por uno de sus costados.
A Fabiana una tarde
de verano le llegó una bella joven y le dijo, -yo soy Carmen, la futura esposa
de Sebastián. Pero de nada sirvió su viaje, nadie fue al matrimonio que se
celebró en Caracas y no en La Casa, pues no se habían sobrepuesto de la ida de
Hermelinda con un hombre de aspecto extranjero.
Un día alegre se casó Fernando y vivió con Italia,
que era su prima, en La Casa ¡que alegría!.
Luego se casó Amalia y se fue a vivir a otro sitio. Manuel nunca se casó, pero tuvo muchos hijos, y
Lila, tampoco se casó, pues tenía una inmensa cantidad de sobrinos:
cinco de Hermelinda, seis de Sebastián, cuatro de Fernando, dos de Amalia, y
diez de Manuel.
El velorio de José Gregorio fue triste, pero La Casa
obtuvo beneficios porque todos, toditos los nietos de Fabiana ahora venían con
frecuencia, y se reunían en agosto y en diciembre. Se subían al árbol de guayaba, olían las
hortensias, se subían a la troja, jugaban y corrían por toda la hacienda y los
patios. La Casa se enteraba de los secretos y los sueños de cada uno, hasta que
se hicieron grandes. Finalmente, un buen
día se llevaron a Fabiana, presa de una enfermedad producto de la retención en
su cuerpo de tanta dulzura: diabetes.
El funeral de Fabiana también fue en La Casa. Y vino una nieta y sembró cinco pinos
alrededor del guayabo ¡Es el fin! dijo ésta, pero esta vez ignoraba que Fabiana
era su dueña, gracias a los ahorros de toda su vida y de los aportes de
Sebastián. La Casa se convirtió entonces
en casa de vacaciones para los hijos de Sebastián, sobretodo de los más
pequeños. Esto significaba que agosto y diciembre seguían siendo meses de
reunión familiar y de algarabía ¿Qué importaba estar sola el resto del
año?
Diez años después, Sebastián construyó su propia
casa de vacaciones. Lila fue la heredera
de La Casa, pero nunca habitó en ella, venía de vez en cuando y los 24 de
diciembre hacía el pesebre con la Virgen, el San José y El Niño de
Fabiana. Las visitas fueron cada vez más
esporádicas, y ya nadie se acordaba de La Casa.
Luego, vinieron unos bomberos y sin son ni ton
cortaron los pinos, después el guayabo y el naranjo, quedando los cedros, los
almendros, los eucaliptos y La Casa muertos de miedo. La Casa, decepcionada, dejó albergar una
familia de palomas en su troja, y éstas invitaron a muchas más y echaron a
perder el otrora cielo raso y las paredes.
La Casa ya no aguantaba, una pared se había caído, ya
contaba con un poco más de un siglo ¿Algún nieto de Fabiana se acordará de ella?
Pasó así una década, casi muere… Pero Lila se compadeció y le hizo varios arreglos incluyendo la
reconstrucción de sus paredes, aunque no se pudo hacer nada para recuperar la
troja que servía de cielo raso. La Casa se siente muy sola y añora los tiempos
cuando la gente era valiente y enfrentaba las adversidades, aquella época
cuando la gente era feliz con las cosas sencillas del campo y con el contacto
directo con la naturaleza. Desea fervientemente que a su seno lleguen mujeres y
hombres de temple o simplemente niños que la circunden y le hagan rondas. Tiene
fe, alguna vez pidió a Dios y él la escuchó, por eso todo los días reza por su
proximidad con gente de coraje y pura de corazón...
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