Max
Weber fue uno de los precursores de la sociología y se le presenta como uno de
los fundamentos de la teoría social clásica o tradicional; no obstante, este
sociólogo alemán aunque se le refiere en los manuales de sociología ha sido uno
de los autores menos estudiados tanto en su obra como en sus propuestas
epistemológicas-metodológicas. Weber ha sido uno de los sociólogos menos
comprendidos y solo se le reconoce su aporte en la construcción de conceptos
clave para el análisis social, tales como Estado moderno, el poder político, la
violencia legítima, su famosa tipología de autoridad y liderazgo y su innegable
contribución al estudio de la burocracia en el desarrollo de la sociedad
industrial y el Estado de bienestar,
Esta falta de comprensión y estudio acerca
de la obra de Max Weber y de la potencialidad heurística de sus teorías y
propuestas metodológicas es evidente en la imposibilidad –hasta ahora- de
poderlo clasificar en algún paradigma. Algunos autores dentro de los manuales
de sociología lo ubican como hermeneuta, otros dentro del racionalismo;
mientras que algunos solucionan el problema ubicándolo como precursor o
antecedente del estructural-funcionalismo. Por esta razón, se escogió este
autor para el siguiente análisis, y en específico, una de sus obras más
importantes como lo es “La ética protestante y el espíritu capitalista”
publicada por primera vez en 1904 – 1905.
La imposibilidad de ubicar completamente
a Max Weber dentro de una corriente o paradigma responde al hecho que tal como
Karl Marx, este autor partía de una
aproximación holística de la sociedad: Para él no existía fronteras
disciplinarias entre lo social, lo político, lo ideológico- cultural y lo
psicológico. De allí la fertilidad de su obra, que paradójicamente fueron
tomadas como base para crear algunas disciplinas,
verbigracia, su estudio del Estado moderno y la burocracia sirvieron de
cimiento para fundar la politología, y posteriormente, para constituir la administración pública
como disciplina independiente.
En la “Ética protestante y el espíritu
del capitalismo”, Weber sistematiza los hallazgos y el conocimiento intuitivo
que se tenía en su época acerca de la correlación entre el protestantismo y el
desarrollo del capitalismo, por el hecho de que justamente en las sociedades
donde fue más extendido el protestantismo (Inglaterra, Alemania, Países Bajas,
Primeras Colonias de Estados Unidos) fue donde se consolidó el capitalismo industrial durante los siglos XVII y XVIII en contraposición a los países donde se mantuvo
con mayor arraigo la fe católica (España, Portugal). Incluso se observaron
diferencias significativas en el desarrollo del capitalismo en provincias de
Estados con diversidad de confesiones, por ejemplo, Alemania e Italia
demostraron mayor desarrollo del capitalismo en sus provincias con
predominancia protestante que en las de mayoría católica.
Pero lo anterior lo toma Max Weber como
un simple indicio sobre el que habría que profundizar. Otra evidencia
significativa considerada por el autor fueron las estadísticas de las instituciones
educativas y de las diferentes confesiones que demostraban una tendencia de los
protestantes a estudiar carreras de formación más técnica e instrumental,
mientras que los católicos se inclinaban por carreras de carácter humanístico.
Lo que Weber pretendía explicar era la causa del hecho de que los cargos
cualificados, los técnicos medios y gerenciales, y aún el control del capital
tenía una tendencia estadística de estar en manos de profesionales cuya
confesión de origen era la protestante.
La
pregunta que el sociólogo alemán se planteó fue: ¿cuál es la característica
distintiva de la moralidad protestante que fue motor en los siglos XVII y XVIII
del desarrollo del capitalismo? Es preciso destacar en este planteamiento la
influencia positivista que tenía el investigador como todos los científicos de
su época. En primer lugar, el carácter lineal-causal de su objeto de estudio,
es decir, el desarrollo del capitalismo tuvo un impulso motor que fue el
protestantismo, pero dentro de la ética protestante: ¿Cuáles fueron los
principios que generaron prácticas y actitudes a favor del fortalecimiento del
capitalismo?
Aunque la influencia del positivismo es
evidente en la búsqueda de una explicación causal, Weber no se limitó a las estadísticas,
sino que apeló a la hermenéutica de textos significativos para poder dar con
ese “espíritu del capitalismo” que efectivamente como sujeto histórico propulsó
su desarrollo en Europa y las colonias fundadoras de los Estados Unidos. Además
de revisar las estadísticas que pudieran demostrar que efectivamente hubo una
correlación entre el desarrollo del protestantismo y el desarrollo del
capitalismo, Weber hizo un estudio documental exhaustivo de la moral de las
diferentes confesiones, para compararlas y poder dar así con el código ético
que sirvió de motor del desarrollo industrial-capitalista. De todos los textos
revisados se basó en dos: el de Benjamín Franklin donde establecía los
principios del capitalismo y el de Richard Baxter, pastor y clérigo calvinista
del siglo XVII.
El documento de Franklin, Weber lo toma
como el código ético del capitalismo que ya aparecía depurado de cualquier
lastre o alegoría religiosa, y el de Baxter como el documento que en retrospectiva
fue la base –religiosa- de la genealogía del texto de Franklin. Aquí se observa
que Weber aplica análisis hermenéutico para dar con el espíritu del capitalismo
como sujeto histórico que creó las condiciones del desarrollo industrial en los países del Norte de Europa y en las
colonias fundadoras de Estados Unidos.
Weber sostenía que el capitalismo en sus
inicios requirió de un código ético o bien normativo que permitiera las prácticas
de una entrega al trabajo profesional (sustento de la división del trabajo) donde
no solo la acumulación del capital fuese el único motivo, sino la consagración
de la vida al trabajo productivo de
forma racional, consecutiva, sistematizada y disciplinada (requerida por la fábrica)
basados en una norma y un método, y que de alguna manera, rompiera con las
concepciones precapitalistas acerca del trabajo como simple medio de
subsistencia o como medio de cobertura de las necesidades básicas. Por otra
parte, el capitalismo en sus inicios requirió de una ética y actitud austera
frente a la vida favorecedora del ahorro
y de la reinversión en los negocios, alejada de la ostentación nobiliaria
propia de la edad media que ponía frenos a la formación de capitalistas y
hombres dedicados a las empresas y a su reinversión y recapitalización.
¿De dónde surgió esa ética que permitió
la constitución de grupos humanos que generaron prácticas y actitudes
condicionantes del desarrollo del capitalismo?, fue la pregunta de Max Weber. Cabe
destacar, antes de proseguir, que la búsqueda de respuesta a esta pregunta llevó
al autor a construir el concepto del espíritu del capitalismo, como una especie
de conciencia colectiva que favoreció prácticas necesarias para el desarrollo
de ese sistema económico. No obstante, el científico alemán subraya que hay
diferencias entre el espíritu como impulsos psicológicos o como ideología
generada por un proceso de educación y la práctica capitalista como tal; ya que
el espíritu aunque favoreció el capitalismo es independiente de éste. Aclara
Weber que una vez que el espíritu del capitalismo generó las prácticas para que
se desarrollara dicho modo de producción, éste último creó su propio código ético
depurado de la norma que le dio origen.
Para ubicar cuál fue el código ético
dentro del protestantismo que sirvió como espíritu del capitalismo, Weber
indaga en los fundamentos teológicos de las distintas confesiones cristianas: Dónde
y cuándo aparece una moral racionalizada, metódica, convertida en norma y en
estilo de vida. El autor halla en la
baja edad media un indicio de este cambio. Se trata del cambio que se forjó en
la Iglesia Católica en la nueva concepción de vida monacal, de una vida
meramente contemplativa y penitente, basada en la revelación y comunicación introspectiva
y mística, a una vida disciplinada, metódica, racionalizada, donde el factor
primordial era la búsqueda de la perfección en Cristo mediante la opción
intramundana, pero con soportes racionales donde la sistematización de toda la
vida estaba en función de lograr una perfección que permitiera la salvación
propia al tiempo que abogara por la humanidad entera.
Pero el punto divergente de esta premisa
católica con el protestantismo es que esta vida organizada, planificada y
racional con carácter meramente ascético estaba reservada a los monjes, el
católico común podía llevar una vida mucho más laxa y permisiva, ya que, al
tener contacto con la vida mundana era más comprensible que cayera en pecado. Según
el análisis de Weber el católico común con pagar de vez en cuando penitencias y
cumplir con ciertos deberes quedaba exento de la vida ascética la cual quedó
adjudicada solamente a los monjes.
Hasta aquí se descarta entonces la
religión católica como desarrolladora de una ética que permitiera a la mayoría
de sus seguidores optar por una vida disciplinada, autoncontrolada, metódica y
laboriosa favorecedora del capitalismo. Y es que para los católicos –según el
autor- el trabajo solo era un medio de subsistencia y cobertura de necesidades,
no era válido por sí mismo, premisa requerida por el capitalismo de acuerdo al
documento de Franklin. El impulso que necesitaba el capitalismo es que la vida
disciplinada, asceta, normada, racionalizada y metódica saliera de los
conventos, y esto fue precisamente el aporte de los cristianos protestantes.
Adicionalmente, Weber halló otro indicio
importante del espíritu del capitalismo en las religiones protestantes. En este
punto, realiza un análisis lingüístico y encuentra que luego de las
traducciones de la biblia a partir de la reforma aparece en las
interpretaciones de dicho texto sagrado un concepto que en alemán se rotuló como beruf.
El beruf tiene un sentido de trabajo
como profesión y realización del ser humano en función de salvación y como
contribución y aporte individual al alcance y construcción del reino de los
cielos. El beruf tiene sus
equivalentes, luego de la reforma, en las lenguas anglosajonas pero no así en
las lenguas románicas – latinas. Según el científico alemán, el beruf traía encapsulada por medio de la
traducción de Lutero la concepción del trabajo como fin en sí mismo, que en
español se pudiera traducir como profesión.
Sin embargo, la profesión como fin en sí
misma, no aparece en la teología luterana por cuanto esta se apega a la
concepción paulina de trabajo para subsistir y de correspondencia con la vocación
que le fue asignada. La profesión como fin en sí misma, aparece en la confesión
calvinista donde surge el concepto de predestinación, según el cual solo una
parte de la humanidad tenía asegurada la salvación, siendo el trabajo, por
medio de la profesión, la forma acreditable y visible de estar
“salvado”. Entonces ya el trabajo no es algo que se realiza por necesidad ni
mucho menos por afán de lucro, sino como un ejercicio de forma profesional
(metódica, sistematizada, secuencial, acumulativa, trascendente y próspera),
una labor que no está al servicio del provecho personal sino para la gloria de
Dios a fin de abonar el terreno para el alcance del reino de los cielos.
Este fundamento surge del hecho de que
para los calvinistas el trabajo visto como profesión permitía al creyente
mantenerse en una posición autocontrolada que lo mantenía protegido de la vida
mundana y del pecado. Aunado a lo anterior, la ética calvinista no observaba a
la riqueza como mala o reprochable en sí misma, sino la distracción, el
hedonismo y la ostentación que podía ser generada por ella y que podía entretener
al creyente de su misión en el mundo ejercida por medio de la profesión. Otro
punto importante dentro de la ética calvinista es el hecho de observar en la
vida cotidiana revelaciones o mensajes de Dios en función de su misión de vida
o, en su contraparte, como tentaciones y distracciones que el “maligno”
colocaba para sabotear su vida disciplinada y autocontrolada vehiculada por su
profesión.
De
esta forma, si se daba la oportunidad de ejercer otra profesión o adquirir un
nuevo negocio, era interpretado como una oportunidad de seguir contribuyendo al
reino de los cielos, y como una forma de seguir cultivando y recapitalizando
los talentos que quizás en un futuro pudieran tener sentido en el acceso a la
salvación. Para los calvinistas acumular riquezas y producir nuevos negocios no
era reprochable si eran lícitos y no perjudicaban a otros.
En el estudio que realiza Weber
encuentra en los pietistas, los metódistas y los baptistas un código ético
similar pero con la diferencia que no era un racionalismo ascético puro como el
caso de los calvinistas, había lugar para la sensibilidad y la emoción a “dejar
actuar el espíritu de Dios”, por lo tanto, el trabajo no era percibido
cabalmente como un fin en sí mismo, como un deber ineludible, Dios podía hacer
otros llamados o tener mandatos fuera del ámbito racional y planificado. No
obstante, estas tres vertientes protestantes aunque menos racionales que los
calvinistas también influyeron en la constitución de la ética capitalista y su
práctica motora.
Así demostró Weber que la ética
protestante, y sobre todo el racionalismo ascético extramundano de los
calvinistas, fueron la base genealógica de la ética capitalista que fue
presentada por Franklin, estableciendo sus máximas que tanto el tiempo como el
crédito (imagen personal) eran dinero, que tiempo, prestigio y capital gastado
eran dinero no invertido y una pérdida irreparable de riqueza. De esta forma,
culmina el autor su tesis.
Se
puede observar como Weber en su análisis usa categorías dicotómicas como espíritu/práctica,
catolicismo/protestantismo, tradicionalismo/modernidad, en las cuales se evidencia una leve tendencia
discriminadora. Pero la colonialidad del saber es mucho más evidente en la
construcción de su objeto de estudio. Aunque el autor se limitó a explicar las
causas de la realidad en la que vivía, omitió otros sistemas económicos que se
estaban gestando en su época como lo era el socialismo. Por ende, se centró
solo en las causas del capitalismo industrial y en las sociedades donde este
surgió y se consolidó; fuera de Europa del Norte y los Estados Unidos, Weber no
escrudiñó otras sociedades capitalistas como Australia, ni pudo avizorar que el
capitalismo si bien tuvo como motor endógeno la ética protestante, tuvo como
motor exógeno las colonias americanas y africanas, sobre todo, la mano de obra
esclava.
Así mismo, se omitió el carácter
internacional del capitalismo. Weber fue muy enfático al recalcar que la teoría
de la infraestructura era errada, es decir, que el espíritu capitalista fue el
que determinó la práctica capitalista y no al revés como lo había señalado
Marx. Lo relevante es que ninguno de los dos pudo observar la importancia de la
colonialidad y del imperialismo en la construcción del capitalismo. Por mucha
ética protestante que hubiese existido en Europa del norte, ¿con qué materia
prima hubiesen fabricado?, ¿a cuál mercado le hubiesen exportado sus productos
si no fueron las colonias de América, Asia y África? Queda pendiente la
pregunta cómo se pudieron fraguar las élites burguesas de Amèrica Latina,
África y Asia sin una ética protestante. En el caso de América Latina la
respuesta está en el sistema esclavista, claro está.
Aunque la visión eurocèntrica de Weber
que ubicó la génesis del capitalismo exclusivamente en Europa y no con un
entramado mundial aparejado al colonialismo y al imperialismo, su obra fue un
aporte sin duda al desarrollo de la sociología. Revisando la obra desde los
ojos actuales ávidos de una renovación de las ciencias sociales, se puede
considerar el hecho de la diversas enumeraciones que hizo el autor (aunque
dentro de las coordenadas eurocéntricas y judeocristianas) sobre la concepción
del trabajo y de la economía precapitalistas que no dudó en tildar como
tradicionales, frenadoras y obstáculos que tuvo que sortear la ética ascética
racionalista calvinista. Sin embargo,
siempre fue enfático que muchas culturas, etnias y confesiones tenían una
concepción del trabajo como fuente de
subsistencia, alejadas del trabajo como fin en sí mismo y como lucro.
En este sentido, se puede revisar y
estudiar todas esas concepciones en los pueblos ancestrales, afrodescendientes
y en los nuevos movimientos sociales pero quitándoles el rótulo discriminador y
colonialista de “tradicionales” como lo hizo Weber. De este modo, se estaría
analizando nuevos rumbos para una sistema económico sustentable y alternativo
al capitalismo.
La metodología holística y modesta
aplicada por Weber también puede ser un dispositivo que se puede actualizar
para una refundación de las ciencias sociales desde el sur, en el sentido que
el autor no se limitó a lo ideográfico y combinó métodos comparativos, sus
tipos ideales (búsqueda de estructuras invariantes), pero aplicando hermenéutica
local e histórica de la cotidianidad para dar con esos códigos que forjan
conciencia colectiva y determinan las acciones sociales, sin dejar de considerar que son recreadas permanentemente
y se van depurando hasta dar con un tejido social totalmente distinto tal como
lo sugiere el sociólogo mexicano De La Garza. Weber subrayó que los tipos ideales son
modelos estructurales de la sociedad que solo sirven de carácter metodológico
pero que nunca deben ser considerados como fiel reflejo de la realidad.
No se puede concluir este análisis sin
preguntarse, que hubiese ocurrido si Weber se hubiese guiado por el
metodologismo actual donde son excluyentes los enfoques estructurales,
positivistas, hermenéuticos, racionalistas e ideográficos: Nunca hubiese
desarrollado su tesis, sin el aporte significativo que tuvo. Mucho menos si se
hubiese orientado por la lógica disciplinar: ¿cómo relacionar la teología, la
psicología, lo cultural, lo social y lo económico?... No hubiese podido desarrollar
su tesis en muchas de nuestras universidades actuales que tanto pregonan la
transdisciplinariedad.
Finalmente, al revisar la obra “La
ética protestante y el espíritu capitalista” es necesario preguntarse cómo las
tendencias espirituales al estilo la nueva era, la cienciología, la metafísica
práctica, oración fuerte al espíritu santo, y otras vertientes eclécticas han favorecido
este nuevo capitalismo globalizado y superindividualista ¿Qué papel juegan ese
mercadeo cultural de horóscopos, autoayuda, dianética, cienciología, metafísica
pràctica en la construcción de una nueva ética capitalista donde la división
producto/consumidor/productor se desdibuja? Un código ético que día a día por
medio de los medios culturales nos invita a ser mercancías y mercadólogos de
nosotros mismos, a independizarnos de cualquier organización, de constituir un
negocio desde nuestra computadora o teléfono inteligente donde somos mercancía,
productores, mercadólogos y consumidores al mismo tiempo. ¿Hay un código ético
allí, un nuevo estándar favorecido por esas nuevas corrientes religiosas? Es preciso investigar como lo hizo hace cien
años Max Weber, pero con una visión menos eurocéntrica.
Fuente:
Weber, Max. (2009, orig. 1904-1905). La ética protestante y el
espíritu capitalista. (Abellán, J. Trad.). Madrid: Alianza Editorial.
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