martes, 4 de marzo de 2014

Una mirada diacrónica a “La ética protestante y el espíritu capitalista” de Max Weber

Max Weber fue uno de los precursores de la sociología y se le presenta como uno de los fundamentos de la teoría social clásica o tradicional; no obstante, este sociólogo alemán aunque se le refiere en los manuales de sociología ha sido uno de los autores menos estudiados tanto en su obra como en sus propuestas epistemológicas-metodológicas. Weber ha sido uno de los sociólogos menos comprendidos y solo se le reconoce su aporte en la construcción de conceptos clave para el análisis social, tales como Estado moderno, el poder político, la violencia legítima, su famosa tipología de autoridad y liderazgo y su innegable contribución al estudio de la burocracia en el desarrollo de la sociedad industrial y el Estado de bienestar,
     Esta falta de comprensión y estudio acerca de la obra de Max Weber y de la potencialidad heurística de sus teorías y propuestas metodológicas es evidente en la imposibilidad –hasta ahora- de poderlo clasificar en algún paradigma. Algunos autores dentro de los manuales de sociología lo ubican como hermeneuta, otros dentro del racionalismo; mientras que algunos solucionan el problema ubicándolo como precursor o antecedente del estructural-funcionalismo. Por esta razón, se escogió este autor para el siguiente análisis, y en específico, una de sus obras más importantes como lo es “La ética protestante y el espíritu capitalista” publicada por primera vez en 1904 – 1905.   
      La imposibilidad de ubicar completamente a Max Weber dentro de una corriente o paradigma responde al hecho que tal como Karl Marx,  este autor partía de una aproximación holística de la sociedad: Para él no existía fronteras disciplinarias entre lo social, lo político, lo ideológico- cultural y lo psicológico. De allí la fertilidad de su obra, que paradójicamente fueron tomadas  como base para crear algunas disciplinas, verbigracia, su estudio del Estado moderno y la burocracia sirvieron de cimiento para fundar la politología, y posteriormente,  para constituir la administración pública como disciplina independiente.
       En la “Ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Weber sistematiza los hallazgos y el conocimiento intuitivo que se tenía en su época acerca de la correlación entre el protestantismo y el desarrollo del capitalismo, por el hecho de que justamente en las sociedades donde fue más extendido el protestantismo (Inglaterra, Alemania, Países Bajas, Primeras Colonias de Estados Unidos) fue donde se  consolidó el capitalismo industrial  durante los siglos XVII y XVIII en  contraposición a los países donde se mantuvo con mayor arraigo la fe católica (España, Portugal). Incluso se observaron diferencias significativas en el desarrollo del capitalismo en provincias de Estados con diversidad de confesiones, por ejemplo, Alemania e Italia demostraron mayor desarrollo del capitalismo en sus provincias con predominancia protestante que en las de mayoría católica.
      Pero lo anterior lo toma Max Weber como un simple indicio sobre el que habría que profundizar. Otra evidencia significativa considerada por el autor fueron las estadísticas de las instituciones educativas y de las diferentes confesiones que demostraban una tendencia de los protestantes a estudiar carreras de formación más técnica e instrumental, mientras que los católicos se inclinaban por carreras de carácter humanístico. Lo que Weber pretendía explicar era la causa del hecho de que los cargos cualificados, los técnicos medios y gerenciales, y aún el control del capital tenía una tendencia estadística de estar en manos de profesionales cuya confesión de origen era la protestante. 
       La pregunta que el sociólogo alemán se planteó fue: ¿cuál es la característica distintiva de la moralidad protestante que fue motor en los siglos XVII y XVIII del desarrollo del capitalismo? Es preciso destacar en este planteamiento la influencia positivista que tenía el investigador como todos los científicos de su época. En primer lugar, el carácter lineal-causal de su objeto de estudio, es decir, el desarrollo del capitalismo tuvo un impulso motor que fue el protestantismo, pero dentro de la ética protestante: ¿Cuáles fueron los principios que generaron prácticas y actitudes a favor del fortalecimiento del capitalismo?
      Aunque la influencia del positivismo es evidente en la búsqueda de una explicación causal, Weber no se limitó a las estadísticas, sino que apeló a la hermenéutica de textos significativos para poder dar con ese “espíritu del capitalismo” que efectivamente como sujeto histórico propulsó su desarrollo en Europa y las colonias fundadoras de los Estados Unidos. Además de revisar las estadísticas que pudieran demostrar que efectivamente hubo una correlación entre el desarrollo del protestantismo y el desarrollo del capitalismo, Weber hizo un estudio documental exhaustivo de la moral de las diferentes confesiones, para compararlas y poder dar así con el código ético que sirvió de motor del desarrollo industrial-capitalista. De todos los textos revisados se basó en dos: el de Benjamín Franklin donde establecía los principios del capitalismo y el de Richard Baxter, pastor y clérigo calvinista del siglo XVII.
       El documento de Franklin, Weber lo toma como el código ético del capitalismo que ya aparecía depurado de cualquier lastre o alegoría religiosa, y el de Baxter como el documento que en retrospectiva fue la base –religiosa- de la genealogía del texto de Franklin. Aquí se observa que Weber aplica análisis hermenéutico para dar con el espíritu del capitalismo como sujeto histórico que creó las condiciones del desarrollo industrial  en los países del Norte de Europa y en las colonias fundadoras de Estados Unidos.
       Weber sostenía que el capitalismo en sus inicios requirió de un código ético o bien normativo que permitiera las prácticas de una entrega al trabajo profesional (sustento de la división del trabajo) donde no solo la acumulación del capital fuese el único motivo, sino la consagración de  la vida al trabajo productivo de forma racional, consecutiva, sistematizada y disciplinada (requerida por la fábrica) basados en una norma y un método, y que de alguna manera, rompiera con las concepciones precapitalistas acerca del trabajo como simple medio de subsistencia o como medio de cobertura de las necesidades básicas. Por otra parte, el capitalismo en sus inicios requirió de una ética y actitud austera frente a la vida favorecedora  del ahorro y de la reinversión en los negocios, alejada de la ostentación nobiliaria propia de la edad media que ponía frenos a la formación de capitalistas y hombres dedicados a las empresas y a su reinversión y    recapitalización.
      ¿De dónde surgió esa ética que permitió la constitución de grupos humanos que generaron prácticas y actitudes condicionantes del desarrollo del capitalismo?, fue la pregunta de Max Weber. Cabe destacar, antes de proseguir, que la búsqueda de respuesta a esta pregunta llevó al autor a construir el concepto del espíritu del capitalismo, como una especie de conciencia colectiva que favoreció prácticas necesarias para el desarrollo de ese sistema económico. No obstante, el científico alemán subraya que hay diferencias entre el espíritu como impulsos psicológicos o como ideología generada por un proceso de educación y la práctica capitalista como tal; ya que el espíritu aunque favoreció el capitalismo es independiente de éste. Aclara Weber que una vez que el espíritu del capitalismo generó las prácticas para que se desarrollara dicho modo de producción, éste último creó su propio código ético depurado de la norma que le dio origen.
      Para ubicar cuál fue el código ético dentro del protestantismo que sirvió como espíritu del capitalismo, Weber indaga en los fundamentos teológicos de las distintas confesiones cristianas: Dónde y cuándo aparece una moral racionalizada, metódica, convertida en norma y en estilo de vida.  El autor halla en la baja edad media un indicio de este cambio. Se trata del cambio que se forjó en la Iglesia Católica en la nueva concepción de vida monacal, de una vida meramente contemplativa y penitente, basada en la revelación y comunicación introspectiva y mística, a una vida disciplinada, metódica, racionalizada, donde el factor primordial era la búsqueda de la perfección en Cristo mediante la opción intramundana, pero con soportes racionales donde la sistematización de toda la vida estaba en función de lograr una perfección que permitiera la salvación propia al tiempo que abogara por la humanidad entera.
       Pero el punto divergente de esta premisa católica con el protestantismo es que esta vida organizada, planificada y racional con carácter meramente ascético estaba reservada a los monjes, el católico común podía llevar una vida mucho más laxa y permisiva, ya que, al tener contacto con la vida mundana era más comprensible que cayera en pecado. Según el análisis de Weber el católico común con pagar de vez en cuando penitencias y cumplir con ciertos deberes quedaba exento de la vida ascética la cual quedó adjudicada solamente a los monjes.
       Hasta aquí se descarta entonces la religión católica como desarrolladora de una ética que permitiera a la mayoría de sus seguidores optar por una vida disciplinada, autoncontrolada, metódica y laboriosa favorecedora del capitalismo. Y es que para los católicos –según el autor- el trabajo solo era un medio de subsistencia y cobertura de necesidades, no era válido por sí mismo, premisa requerida por el capitalismo de acuerdo al documento de Franklin. El impulso que necesitaba el capitalismo es que la vida disciplinada, asceta, normada, racionalizada y metódica saliera de los conventos, y esto fue precisamente el aporte de los cristianos protestantes.
       Adicionalmente, Weber halló otro indicio importante del espíritu del capitalismo en las religiones protestantes. En este punto, realiza un análisis lingüístico y encuentra que luego de las traducciones de la biblia a partir de la reforma aparece en las interpretaciones de dicho texto sagrado un concepto que en alemán se rotuló  como beruf. El beruf tiene un sentido de trabajo como profesión y realización del ser humano en función de salvación y como contribución y aporte individual al alcance y construcción del reino de los cielos. El beruf tiene sus equivalentes, luego de la reforma, en las lenguas anglosajonas pero no así en las lenguas románicas – latinas. Según el científico alemán, el beruf traía encapsulada por medio de la traducción de Lutero la concepción del trabajo como fin en sí mismo, que en español se pudiera traducir como profesión.
       Sin embargo, la profesión como fin en sí misma, no aparece en la teología luterana por cuanto esta se apega a la concepción paulina de trabajo para subsistir y de correspondencia con la vocación que le fue asignada. La profesión como fin en sí misma, aparece en la confesión calvinista donde surge el concepto de predestinación, según el cual solo una parte de la humanidad tenía asegurada la salvación, siendo el trabajo, por medio  de la profesión,  la forma acreditable y visible de estar “salvado”. Entonces ya el trabajo no es algo que se realiza por necesidad ni mucho menos por afán de lucro, sino como un ejercicio de forma profesional (metódica, sistematizada, secuencial, acumulativa, trascendente y próspera), una labor que no está al servicio del provecho personal sino para la gloria de Dios a fin de abonar el terreno para el alcance del reino de los cielos.
     Este fundamento surge del hecho de que para los calvinistas el trabajo visto como profesión permitía al creyente mantenerse en una posición autocontrolada que lo mantenía protegido de la vida mundana y del pecado. Aunado a lo anterior, la ética calvinista no observaba a la riqueza como mala o reprochable en sí misma, sino la distracción, el hedonismo y la ostentación que podía ser generada por ella y que podía entretener al creyente de su misión en el mundo ejercida por medio de la profesión. Otro punto importante dentro de la ética calvinista es el hecho de observar en la vida cotidiana revelaciones o mensajes de Dios en función de su misión de vida o, en su contraparte, como tentaciones y distracciones que el “maligno” colocaba para sabotear su vida disciplinada y autocontrolada vehiculada por su profesión.
       De esta forma, si se daba la oportunidad de ejercer otra profesión o adquirir un nuevo negocio, era interpretado como una oportunidad de seguir contribuyendo al reino de los cielos, y como una forma de seguir cultivando y recapitalizando los talentos que quizás en un futuro pudieran tener sentido en el acceso a la salvación. Para los calvinistas acumular riquezas y producir nuevos negocios no era reprochable si eran lícitos y no perjudicaban a otros.
       En el estudio que realiza Weber encuentra en los pietistas, los metódistas y los baptistas un código ético similar pero con la diferencia que no era un racionalismo ascético puro como el caso de los calvinistas, había lugar para la sensibilidad y la emoción a “dejar actuar el espíritu de Dios”, por lo tanto, el trabajo no era percibido cabalmente como un fin en sí mismo, como un deber ineludible, Dios podía hacer otros llamados o tener mandatos fuera del ámbito racional y planificado. No obstante, estas tres vertientes protestantes aunque menos racionales que los calvinistas también influyeron en la constitución de la ética capitalista y su práctica motora.
      Así demostró Weber que la ética protestante, y sobre todo el racionalismo ascético extramundano de los calvinistas, fueron la base genealógica de la ética capitalista que fue presentada por Franklin, estableciendo sus máximas que tanto el tiempo como el crédito (imagen personal) eran dinero, que tiempo, prestigio y capital gastado eran dinero no invertido y una pérdida irreparable de riqueza. De esta forma, culmina el autor su tesis.
       Se puede observar como Weber en su análisis usa categorías dicotómicas como espíritu/práctica, catolicismo/protestantismo, tradicionalismo/modernidad, en las  cuales se evidencia una leve tendencia discriminadora. Pero la colonialidad del saber es mucho más evidente en la construcción de su objeto de estudio. Aunque el autor se limitó a explicar las causas de la realidad en la que vivía, omitió otros sistemas económicos que se estaban gestando en su época como lo era el socialismo. Por ende, se centró solo en las causas del capitalismo industrial y en las sociedades donde este surgió y se consolidó; fuera de Europa del Norte y los Estados Unidos, Weber no escrudiñó otras sociedades capitalistas como Australia, ni pudo avizorar que el capitalismo si bien tuvo como motor endógeno la ética protestante, tuvo como motor exógeno las colonias americanas y africanas, sobre todo, la mano de obra esclava.
      Así mismo, se omitió el carácter internacional del capitalismo. Weber fue muy enfático al recalcar que la teoría de la infraestructura era errada, es decir, que el espíritu capitalista fue el que determinó la práctica capitalista y no al revés como lo había señalado Marx. Lo relevante es que ninguno de los dos pudo observar la importancia de la colonialidad y del imperialismo en la construcción del capitalismo. Por mucha ética protestante que hubiese existido en Europa del norte, ¿con qué materia prima hubiesen fabricado?, ¿a cuál mercado le hubiesen exportado sus productos si no fueron las colonias de América, Asia y África? Queda pendiente la pregunta cómo se pudieron fraguar las élites burguesas de Amèrica Latina, África y Asia sin una ética protestante. En el caso de América Latina la respuesta está en el sistema esclavista, claro está.
        Aunque la visión eurocèntrica de Weber que ubicó la génesis del capitalismo exclusivamente en Europa y no con un entramado mundial aparejado al colonialismo y al imperialismo, su obra fue un aporte sin duda al desarrollo de la sociología. Revisando la obra desde los ojos actuales ávidos de una renovación de las ciencias sociales, se puede considerar el hecho de la diversas enumeraciones que hizo el autor (aunque dentro de las coordenadas eurocéntricas y judeocristianas) sobre la concepción del trabajo y de la economía precapitalistas que no dudó en tildar como tradicionales, frenadoras y obstáculos que tuvo que sortear la ética ascética racionalista calvinista.  Sin embargo, siempre fue enfático que muchas culturas, etnias y confesiones tenían una concepción del trabajo como  fuente de subsistencia, alejadas del trabajo como fin en sí mismo y como lucro.
         En este sentido, se puede revisar y estudiar todas esas concepciones en los pueblos ancestrales, afrodescendientes y en los nuevos movimientos sociales pero quitándoles el rótulo discriminador y colonialista de “tradicionales” como lo hizo Weber. De este modo, se estaría analizando nuevos rumbos para una sistema económico sustentable y alternativo al capitalismo.
         La metodología holística y modesta aplicada por Weber también puede ser un dispositivo que se puede actualizar para una refundación de las ciencias sociales desde el sur, en el sentido que el autor no se limitó a lo ideográfico y combinó métodos comparativos, sus tipos ideales (búsqueda de estructuras invariantes), pero aplicando hermenéutica local e histórica de la cotidianidad para dar con esos códigos que forjan conciencia colectiva y determinan las acciones sociales, sin dejar de  considerar que son recreadas permanentemente y se van depurando hasta dar con un tejido social totalmente distinto tal como lo sugiere el sociólogo mexicano De La Garza.  Weber subrayó que los tipos ideales son modelos estructurales de la sociedad que solo sirven de carácter metodológico pero que nunca deben ser considerados como fiel reflejo de la realidad.
        No se puede concluir este análisis sin preguntarse, que hubiese ocurrido si Weber se hubiese guiado por el metodologismo actual donde son excluyentes los enfoques estructurales, positivistas, hermenéuticos, racionalistas e ideográficos: Nunca hubiese desarrollado su tesis, sin el aporte significativo que tuvo. Mucho menos si se hubiese orientado por la lógica disciplinar: ¿cómo relacionar la teología, la psicología, lo cultural, lo social y lo económico?... No hubiese podido desarrollar su tesis en muchas de nuestras universidades actuales que tanto pregonan la transdisciplinariedad.
          Finalmente, al revisar la obra “La ética protestante y el espíritu capitalista” es necesario preguntarse cómo las tendencias espirituales al estilo la nueva era, la cienciología, la metafísica práctica, oración fuerte al espíritu santo,  y otras vertientes eclécticas han favorecido este nuevo capitalismo globalizado y superindividualista ¿Qué papel juegan ese mercadeo cultural de horóscopos, autoayuda, dianética, cienciología, metafísica pràctica en la construcción de una nueva ética capitalista donde la división producto/consumidor/productor se desdibuja? Un código ético que día a día por medio de los medios culturales nos invita a ser mercancías y mercadólogos de nosotros mismos, a independizarnos de cualquier organización, de constituir un negocio desde nuestra computadora o teléfono inteligente donde somos mercancía, productores, mercadólogos y consumidores al mismo tiempo. ¿Hay un código ético allí, un nuevo estándar favorecido por esas nuevas corrientes religiosas?  Es preciso investigar como lo hizo hace cien años Max Weber, pero con una visión menos eurocéntrica.  

Fuente:

Weber, Max. (2009, orig. 1904-1905). La ética protestante y el espíritu capitalista. (Abellán, J. Trad.). Madrid: Alianza Editorial. 

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