Recuerdo
aquel sombrero azul. No logro atinar
bien para quien lo hice. Recuerdo que
fue para las manualidades de tercer grado. ¡Ya!
era para Juana. Tú me
acompañaste a toda prisa a comprar una lata de Diablitos que era la base
para su confección, porque, como siempre, me acordé un día antes. Tremendo
regaño que me dieron, pero tú siempre afable, fuiste mi salvador, bajaste
conmigo a Los Robles para comprarlo.
Conseguimos uno todo oxidado, ya vencido, pero la lata era lo que importaba. Fue asombroso como la maestra Carolina y
yo con un poco de fieltro azul celeste y otros modestos materiales lo
transformamos en un bello sombrero azul con encajes blancos. Adornó por un tiempo la sala. No entendía porque no permaneció más. Ahora
comprendo que fue porque no combinaba para nada con las franjas vino tinto y
champaña del papel tapiz.
Sabes que
esos recuerdos los quise sepultar, debido a eso de la pesadilla que representa
Caracas. Porque ahora caigo en cuenta de
mi parecido contigo es más de lo que
pensabas. Ni a ti ni a mí nos agrada
recordar a Caracas, mejor dicho las ciudades, sobre todo el amasijo de concreto
y hierro en el cual se ha convertido la agonizante perpetua sucursal del
cielo. A ti te gusta el aire limpio,
aprecias las amistades sinceras y las mujeres transparentes, igual
a mí. Ambos sabemos que las copas
son eso, sólo copas y nada más. Pero todas estas cosas son difíciles de
conseguir en una ciudad llena de odios y ruidos. Nos gusta trabajar, por tanto, nuestros jefes jamás se atreverían a
prescindir de nosotros. Por eso la ciudad logró retenernos. A veces me choca, pero generalmente agradezco
la mirada sin malicia heredada de ti. La gente generalmente disculpa nuestras
cascarrabias gracias a esa mirada y la forma innegable al pedir favores. Nunca a ambos no convenció la fe ciega, sobre
todo las incoherencias bíblicas y las interminables homilías de los Carmelitas
Descalzos. Creíamos en ellas, y nos
esforzábamos en prestarle atención, pero sabíamos que había algo más.
Por el
contrario, nos entusiasma en mayor grado, las historias o leyendas más
originales. Incluso sabemos que Los Momoyes en realidad existen y además
son muy delicados. Estamos hartos de saber que la estupidez más grande de la Humanidad
ha sido la de colocar e inventar una línea divisoria entre realidad y
fantasía. Conocemos además que las aguas
usurpadas por La Truchicultura en realidad son medicinales. Quizá no cure males corporales pero sí los
espirituales. Yo siempre supe de tu sabiduría.
Tanto andar Caracas jamás pudo ser en vano. Aunque los demás le parecían
divertidas tus fantásticas historias, yo ya había desechado ese mito de
realidad y fantasía y siempre las creí.
Crecí asombrándome como mucho de los avances científicos verificaban tus
paraulatas. Desde los orígenes de los
nombres y apellidos hasta la relación de las fases lunares con la siembra, fertilidad y el sexo con el cual nacemos las
personas.
Tú tienes
un conocimiento vasto, y créeme yo siempre te creí porque de niño tuve una
imaginación voraz. Imaginación cercenada
o mejor dicho escondida por maestros, curas, televisión y quién sabe cuantas
cosas más. El día del IV Congreso
Nacional de Filosofía – que de
filosofía sólo tenía el nombre, la conferencia de inicio y el cierre en el cual
se agarraron a zarpazos con eso de la modernidad y la posmodernidad-, en la ponencia de Etnohistoria, expuesta
por profesora gordita quien después no
fue nada amable conmigo, se presentó ante
mí algo así como toda una revelación.
Ella dijo que el campesino de Los Andes aún acumulaba mucho
conocimiento heredado del indígena, aquel indígena, aquel ancestro nuestro
quien convivía agradecida y armónicamente en la Cuenca del Boconó. Sobre
todo lo referido a la medicina natural, la agricultura y la artesanía.
Gracias a esa ponencia
entendí la efectividad de muchos
de tus remedios.
Y pensar
que ahora yo formo investigadores.
Muchos estudiantes les cuestan aprehender la observación. No los culpo. Su imaginación hubo de su frir
lo mismo que la mía. Pero ellos no
tuvieron el recurso que yo tuve. Fuiste
tú. Tus elucubraciones, imaginaciones,
cuentos de caminos, remedios caseros, percepciones de los nada cuerdos
caraqueños, tu mundo, en fin, nada de mi credibilidad hacia a ti jamás fue apabullada
por las burlas irónicas ¡Qué grande eres! Tú eres un observador natural. Jamás
te rendiste, siempre observaste y escuchaste. Fuiste nutriéndote de la
experiencia ajena y la propia. Bacón hubiera agradecido verte por una rendija.
Se hubiera regocijado y enorgullecido de
su nada originales postulados acerca del conocimiento y la ciencia ¡Cuánta
gente no te alimentó!
El mejor acompañante de los peones de todo Mosquey,
La Joya, La Hoyada y todos los alrededores fuiste tú ¡Cuántas cosas no te
habrán dicho, cuánto secretos, cuántas historias! ¡Qué no le habrás preguntado,
que habrás indagado! Te imagino en el largo Camino Real de Mosquey a
Boconó. Ahora sí creo que Mi Nona se la pasaba reprendiéndote. A cuántos no le sacabas conversa para
resarcir el sol inclemente, la tierra y las piedras tortuosas debajo de tus
pies descalzos. Cuántos en ti creían y
acudían a hablarte. Sócrates
hubiera querido realizar ese itinerario. Tener tu habilidad para abordar a las
personas, tener tu talento musical para atraerlas y así realizar la dialéctica
que por siempre has tenido. Tibisay la heredó y de vez en cuando la usa,
pero no le da el valor que tú le das.
En el mercado aprovechabas a los campesinos de otras latitudes del Jardín
de Venezuela -el cual sí que tiene
real olor a café y perfume de mujer. Te nutrías de ellos, escuchabas sus
conversas y tertulias. Tú, efectivamente tuviste más fortuna que Los Clavo,
sobre todo aquél que subía a La Plaza Bolívar llena de gente, mulas con
sacos de café, jovencitas ansiosas, escondidos poetas, árboles, tierras y
flores; y no conversaba con nadie ¡Qué brillante eres!
Pero tu
habilidad para investigar y adquirir conocimiento no sólo podrá ser envidiada
por los científicos y los filósofos. A los artistas les debe dar mucha rabia lo que voy a contar. Tú, amante de Música, no tenías ni
instrumento ni conservatorio. Sólo
tenías tus pantalones cortos, tus pies descalzos y andariegos y tu sombrerito
de paja. Pero tu creatividad ciertamente no tiene límites. Dado que los músicos,
en la fiestas no tenían porque hablar y la gente bailaba - no sé imagino que
polca- mientras se decían cosas amorosas las cuales generalmente en otras
ocasiones, sobre todo en misa, no podían decirse; tú, mientras los pisos de ladrillos se
enteraban de intimidades y sensualidades escabrosas, observabas con
detenimiento las manos afanosas y medio sucias que manipulaban el instrumento
principal de la bailona. Veías al mágico
dador de música, observabas su estructura de madera, su figura similar al
delicado cuerpo femenino, sus trastes, los marques de los dedos semisucios, la
movilidad de la mano y la algarabía de sus Cuatro cuerdas. Asimilabas
tanta perfección melodiosa de un
instrumento igual que tú, sencillo, noble y bastante alegre. Imagino, más de una vez te aproximaste a él,
acariciándolo y recibiendo al mismo tiempo un buen pescozón. Tú con tu
sabiduría infinita tomabas tu sombrerito e imitabas los movimientos. Tan bien observaste, que en Caracas,
cuando pudiste comprarte uno, te pusiste frente al televisor en el Canal
Cinco, pero no podías seguir al maestro, así que lo apagaste, y tus manos
trasformaron mágicamente el sombrerito mudo en un excelente Cuatro el
cual tocaba por igual joropo, golpe tocuyano, ritmo orquídea, boleros, tango,
rancheras y Moliendo Café. Desde
ese día el cuatro se convirtió en tu pasión y es tu emblema hasta el día de hoy
¡Qué rabia para los quienes debieron ir a un conservatorio y aprender un poco
de Música de profesores y darse cuenta, finalmente, que es mejor no
aprenderla sino sentirla y dejarla fluir!
Que en realidad es el idioma del alma y es nuestra mejor herencia de
nuestra Madre Naturaleza, sólo había que abrirse a ella ¡Vaya sabiduría¡
* * * *
También
recuerdo aquella vez en la cual Mari
Pilly, la hermana de Hugo, se casó, tendría unos escasos quince años. Fue una fiesta memorable. Tanto así,
que amanecimos, pero como era diciembre al llegar a la casa junto con
todos mis amigos tú y Juana se aprestaban a ir a Misa de Gallo. Perplejos quedaron todos cuando tú en vez de
formarme un zafarrancho, me pediste el
favor que peinara tu escaso cabello.
Mire como atónitos más de seis amigos observaban la escena amorosa. Ninguno había convivido con su padre. Tenían una lejana y vaga referencia paterna,
yo era el único privilegiado en conocer ciertamente al autor de mis días. No hice ningún comentario hasta ahora. Me
sentí muy orgulloso de ti y de tu eterno encanto.
Ciertamente
diciembre para ti es algo especial.
Imagino que eso se lo debemos a Mi Nona. Recuerdo como el Niño Jesús lucía un
espectacular traje amarillo, con encajes dorados, en el altar de la sala de
nuestras perfectas vacaciones. Ese traje lo confeccionó Mi Nona, como
parte del ritual conservado por generaciones. El Niño no era muy bonito,
pues tenía cara de portugués de frutería, con extensas ojeras y todo, pero su
extraordinaria vestimenta lo hacía tan bello que merecía ser nada más y nada
menos que el Hijo de Dios Amado. Los pesebres de todas mis tías han
heredado coroticos que Mi Nona fue adquiriendo como parte del
agradecimiento anual a Dios y la conmemoración de su venida a este
mundo. Célebres son sus ángeles y los animales salvajes que desde la montaña le
ofrecían tributo al Niño Divino con cara de portugués, a punto de
transformarse, semanas después, en una reliquia, una vez que Mi Nona lo
cubriera con un atuendo digno de recibir los más excelsos Reyes Magos.
Cada
Navidad tú y tu cuatro se hacían uno, rendían constante tributo a la Virgen
María, a San José, al Divino Niño Dios, al Ángel Gabriel, Reyes, Pastorcillos y
todo el elenco del pesebre que San Francisco de Asís estrenó por primara vez
hace poco más de ochocientos años. La
Navidad tú la asumías como un milagro y esa era la manera como la manifestabas. Nunca olvidaré los hermosos juguetes que me
traía el Niño Jesús cada veinticuatro a través de tu trabajadora,
melodiosa y milagrosa mano. Casi nunca coincidían con lo que yo pedía,
pero superaban mis expectativas con
creces. Y eso era lo que dejaban los
superiores de tu trabajo, quienes escogían de las donaciones del Estado, los
más lujosos para sus hijos. Pero tú como
buen padre hurgabas y buscabas los más bonitos entre los que ellos habían
desestimado. El descubrimiento de
nuestros regalos del Niño Jesús lo convertía, junto a mis hermanas Tibisay
y Marilú, y nuestros vecinos, sobre todo Dianita, en una aventura y
una fiesta que duraba poco más de una semana.
Asombrados quedábamos ante tanta maravilla, buscando siempre qué huella
o qué evidencia dejaba aquel Niño recién nacido el cual se parecía también a
los portugueses en su astucia y en su rendimiento laboral, pues ni sabía
caminar y era capaz de darnos tantos regalos y
alegría, ¡Bueno, por algo era el Niño Jesús!
La
casa se llenaba de aguinaldos, competían
con las Gaitas de Joselo y una que otra campaña electoral. Pero nada que ver, mis hermanas mayores, Yajaira
y Lucrecia heredaron tu amor por el canto y los villancicos. Sonia,
la mejor amiga de Lucrecia, las superaba con su dulce y potente voz y no
había quien se quedara admirando la armonía musical y el derroche del genuino
talento que tu siempre congregabas en torno al pesebre. Exceptuando a José,
quien por más que lo intentó jamás pudo conseguir hacer un acorde en su mártir
guitarra, muy a pesar de la paciencia y
benevolencia con la cual tú le enseñabas de música. Otra evidencia más, el
talento ni se enseña ni se transmite, pero nunca está de más un buen intento. José nunca pudo ir más allá de los
gemidos y desafinadas de Los Techos de Cartón, quizá sea por las enormes
patillas de sus orejas, o las ladillas constantes aplicadas por mí, la mayoría del tiempo en complicidad con Eduardo y algunas veces con Dianita.
La falta de concentración por nuestras travesuras fueron las excusas perfectas
para que José no le sacara una sola nota
a la guitarra.
Al
leer una vez la nota que dejaron Baltasar, Melchor, y Gaspar, sobre unas
Escocitas y otras chucherías más, acomodadas sobre los zapatos de
estreno dicembrino colocados estratégicamente cerca del pesebre, exclamé de
manera ingenua que Los Reyes Magos sorprendentemente tenían la misma
letra tuya, sólo que su lápiz, como era mágico, escribía azul. Mi inocencia y sana imaginación no dejaron
lugar a dudas o sospechas, las cuales en
el reino de la ilusión nada tienen que hacer.
Los Reyes Magos efectivamente debían ser como tú, nobles y
bienhechores. Además, seguramente
acudieron a la misma escuela. Recibieron
clases contigo junto a la única maestra de Mosquey, y seguramente les
hizo practicar los mismos óvalos y palotes, de forma tan estricta que se
ganaron una letra palmer un poco cuadriculada y la cual se inclinaba a veces
hacia arriba y a veces hacia abajo, como el magnífico viaje de Biscucuy a
Mosquey, o como los complacientes lomos de los camellos de los Reyes Magos. Siempre pensé
que Baltasar y tú eran grandes amigos, incluso él era más
confidente contigo que Melchor.
Él tenía la piel morena igual a la tuya y estaba siempre sonriente. En todos los pesebres averiguaba su expresión y sin duda era muy simular a la
tuya. Además usaba un anillo parecido al
que siempre guardabas en tu flux marrón con la inscripciones ITT, el
cual nunca llegaste a usar.
Por
eso nunca me extrañó que Baltasar tuviera una letra igual a la tuya, y
sobre todo nos haya dejado una nota y un autógrafo exclusivo. Para mí los Reyes eran algo de otro
mundo. Eran trotamundos eternos que se
contentaban con hacer alegres visitas y honores a las personas de buena
fe. Esa misma era tu vocación. Al Niño Dios le cantabas con tu cuatro
rezos melancólicos. Debías hacer un gran
esfuerzo para tomar el compás de los Cuatros de los otros rezanderos,
pues tu mano estaba habituada a ritmos más tropicales. Pero tu sabías que todo tiene su momento,
contenías tu algarabía para cuando, sin rezos cantados, les ofrecías conciertos exclusivos frente a
nuestro pesebre al Niño Chiquito Triunfante y Glorioso.
Por
eso el siempre te cuida. Dios no puede abandonar a quien le ofrecía tan
excelsos presentes. Baltasar jamás puede olvidar a su mejor amigo, a tan
fiel compañero y tan excelente alumno que fuiste. Tú, mi cuarto Rey Mago, me condujo
hasta Dios, guiado por una estrella móvil brillante. Sólo Mosquey podía ofrecerte un
escenario digno de ti, lleno de noches frías y despejadas, con cielo repleto de
estrellas, flores olorosas, casas humeantes, vacas y perros nobles, riachuelos
y zanjones alegres, lagunas remansas, caminos silentes, árboles piadosos,
montañas llenas de agua mineral, piedras ovaladas y de colores pasteles, en
fin, todo un homenaje y constante agradecimiento a Dios. Esa es toda tu expresión, un infinito canto a
la vida, a la belleza y al amor. ¡Cuán
sabio eres!
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