martes, 4 de marzo de 2014

Me gusta recordarte

Recuerdo aquel sombrero azul.  No logro atinar bien para quien lo hice.  Recuerdo que fue para las manualidades de tercer grado. ¡Ya!  era  para Juana. Tú me acompañaste a toda prisa a comprar una lata de Diablitos que era la base para su confección, porque, como siempre, me acordé un día antes. Tremendo regaño que me dieron, pero tú siempre afable, fuiste mi salvador, bajaste conmigo a Los Robles para comprarlo.  Conseguimos uno todo oxidado, ya vencido, pero la lata era lo que importaba.  Fue asombroso como la maestra Carolina y yo con un poco de fieltro azul celeste y otros modestos materiales lo transformamos en un bello sombrero azul con encajes blancos.  Adornó por un tiempo la sala.  No entendía porque no permaneció más. Ahora comprendo que fue porque no combinaba para nada con las franjas vino tinto y champaña del papel tapiz.

Sabes que esos recuerdos los quise sepultar, debido a eso de la pesadilla que representa Caracas.  Porque ahora caigo en cuenta de mi parecido contigo es  más de lo que pensabas.  Ni a ti ni a mí nos agrada recordar a Caracas, mejor dicho las ciudades, sobre todo el amasijo de concreto y hierro en el cual se ha convertido la agonizante perpetua sucursal del cielo.  A ti te gusta el aire limpio, aprecias las amistades sinceras y las mujeres transparentes,   igual  a mí.  Ambos sabemos que las copas son eso, sólo copas y nada más. Pero todas estas cosas son difíciles de conseguir en una ciudad llena de odios y ruidos.  Nos gusta trabajar, por tanto,  nuestros jefes jamás se atreverían a prescindir de nosotros. Por eso la ciudad logró retenernos.  A veces me choca, pero generalmente agradezco la mirada sin malicia  heredada de ti.  La gente generalmente disculpa nuestras cascarrabias gracias a esa mirada y la forma innegable al pedir favores.  Nunca a ambos no convenció la fe ciega, sobre todo las incoherencias bíblicas y las interminables homilías de los Carmelitas Descalzos.  Creíamos en ellas, y nos esforzábamos en prestarle atención, pero sabíamos que había algo más. 

Por el contrario, nos entusiasma en mayor grado, las historias o leyendas más originales. Incluso sabemos que Los Momoyes en realidad existen y además son muy delicados. Estamos hartos de saber que la estupidez más grande de la Humanidad ha sido la de colocar e inventar una línea divisoria entre realidad y fantasía.  Conocemos además que las aguas usurpadas por La Truchicultura en realidad son medicinales.  Quizá no cure males corporales pero sí los espirituales. Yo siempre supe de tu sabiduría.  Tanto andar Caracas jamás pudo ser en vano. Aunque los demás le parecían divertidas tus fantásticas historias, yo ya había desechado ese mito de realidad y fantasía y siempre las creí.  Crecí asombrándome como mucho de los avances científicos verificaban tus paraulatas.  Desde los orígenes de los nombres y apellidos hasta la relación de las fases lunares con la siembra,  fertilidad y el sexo con el cual nacemos las personas.
Tú tienes un conocimiento vasto, y créeme yo siempre te creí porque de niño tuve una imaginación voraz.  Imaginación cercenada o mejor dicho escondida por maestros, curas, televisión y quién sabe cuantas cosas más. El día del  IV Congreso Nacional de Filosofía – que  de filosofía sólo tenía el nombre, la conferencia de inicio y el cierre en el cual se agarraron a zarpazos con eso de la modernidad y la posmodernidad-, en  la ponencia de Etnohistoria, expuesta por  profesora gordita quien después no fue nada amable conmigo, se presentó ante  mí algo así como toda una revelación.  Ella dijo que el campesino de Los Andes aún acumulaba mucho conocimiento heredado del indígena, aquel indígena, aquel ancestro nuestro quien convivía agradecida y armónicamente en la Cuenca del Boconó. Sobre todo lo referido a la medicina natural, la agricultura y  la artesanía.  Gracias a esa ponencia  entendí  la efectividad de muchos de tus remedios.
Y pensar que ahora yo formo investigadores.  Muchos estudiantes les cuestan aprehender la observación.  No los culpo. Su imaginación hubo de su frir lo mismo que la mía.  Pero ellos no tuvieron el recurso que yo tuve.  Fuiste tú.  Tus elucubraciones, imaginaciones, cuentos de caminos, remedios caseros, percepciones de los nada cuerdos caraqueños, tu mundo, en fin, nada de mi credibilidad hacia a ti jamás fue apabullada por las burlas irónicas ¡Qué grande eres! Tú eres un observador natural. Jamás te rendiste, siempre observaste y escuchaste. Fuiste nutriéndote de la experiencia ajena y la propia. Bacón hubiera agradecido verte por una rendija. Se hubiera regocijado  y enorgullecido de su nada originales postulados acerca del conocimiento y la ciencia ¡Cuánta gente no te alimentó!
  El mejor acompañante de los peones de todo Mosquey, La Joya, La Hoyada y todos los alrededores fuiste tú ¡Cuántas cosas no te habrán dicho, cuánto secretos, cuántas historias! ¡Qué no le habrás preguntado, que habrás indagado! Te imagino en el largo Camino Real de Mosquey a Boconó. Ahora sí creo que Mi Nona se la pasaba reprendiéndote.  A cuántos no le sacabas conversa para resarcir el sol inclemente, la tierra y las piedras tortuosas debajo de tus pies descalzos.  Cuántos en ti creían y acudían a hablarte.  Sócrates hubiera querido realizar ese itinerario. Tener tu habilidad para abordar a las personas, tener tu talento musical para atraerlas y así realizar la dialéctica que por siempre has tenido.  Tibisay  la heredó y de vez en cuando la usa, pero no le da el valor que tú le das.   En el mercado aprovechabas a los campesinos de otras latitudes del Jardín de Venezuela  -el cual sí que tiene real olor a café y perfume de mujer. Te nutrías de ellos, escuchabas sus conversas y tertulias. Tú, efectivamente tuviste más fortuna que Los Clavo, sobre todo aquél que subía a La Plaza Bolívar llena de gente, mulas con sacos de café, jovencitas ansiosas, escondidos poetas, árboles, tierras y flores; y no conversaba con nadie ¡Qué brillante eres!
Pero tu habilidad para investigar y adquirir conocimiento no sólo podrá ser envidiada por los científicos y los filósofos. A los artistas les debe dar mucha rabia  lo que voy a contar.  Tú, amante de Música, no tenías ni instrumento ni conservatorio.  Sólo tenías tus pantalones cortos, tus pies descalzos y andariegos y tu sombrerito de paja. Pero tu creatividad ciertamente no tiene límites. Dado que los músicos, en la fiestas no tenían porque hablar y la gente bailaba - no sé imagino que polca- mientras se decían cosas amorosas las cuales generalmente en otras ocasiones, sobre todo en misa, no podían decirse;  tú, mientras los pisos de ladrillos se enteraban de intimidades y sensualidades escabrosas, observabas con detenimiento las manos afanosas y medio sucias que manipulaban el instrumento principal de la bailona.  Veías al mágico dador de música, observabas su estructura de madera, su figura similar al delicado cuerpo femenino, sus trastes, los marques de los dedos semisucios, la movilidad de la mano y la algarabía de sus Cuatro cuerdas. Asimilabas tanta perfección melodiosa de un  instrumento igual que tú, sencillo, noble y bastante alegre.  Imagino, más de una vez te aproximaste a él, acariciándolo y recibiendo al mismo tiempo un buen pescozón. Tú con tu sabiduría infinita tomabas tu sombrerito e imitabas los movimientos.  Tan bien observaste, que en Caracas, cuando pudiste comprarte uno, te pusiste frente al televisor en el Canal Cinco, pero no podías seguir al maestro, así que lo apagaste, y tus manos trasformaron mágicamente el sombrerito mudo en un excelente Cuatro el cual tocaba por igual joropo, golpe tocuyano, ritmo orquídea, boleros, tango, rancheras y Moliendo Café.  Desde ese día el cuatro se convirtió en tu pasión y es tu emblema hasta el día de hoy ¡Qué rabia para los quienes debieron ir a un conservatorio y aprender un poco de Música de profesores y darse cuenta, finalmente, que es mejor no aprenderla sino sentirla y dejarla fluir!  Que en realidad es el idioma del alma y es nuestra mejor herencia de nuestra Madre Naturaleza, sólo había que abrirse a ella ¡Vaya sabiduría¡

* * * *

También recuerdo aquella vez en la cual  Mari Pilly, la hermana de Hugo, se casó, tendría unos escasos quince años.  Fue una fiesta memorable.  Tanto así,  que amanecimos, pero como era diciembre al llegar a la casa junto con todos mis amigos tú y Juana se aprestaban a ir a Misa de Gallo.  Perplejos quedaron todos cuando tú en vez de formarme un zafarrancho, me pediste el  favor que peinara tu escaso cabello.  Mire como atónitos más de seis amigos observaban la escena amorosa.  Ninguno había convivido con su padre.   Tenían una lejana y vaga referencia paterna, yo era el único privilegiado en conocer ciertamente al autor de mis días.  No hice ningún comentario hasta ahora. Me sentí muy orgulloso de ti y de tu eterno encanto.
Ciertamente diciembre para ti es algo especial.  Imagino que eso se lo debemos a Mi Nona.  Recuerdo como el Niño Jesús lucía un espectacular traje amarillo, con encajes dorados, en el altar de la sala de nuestras perfectas vacaciones. Ese traje lo confeccionó Mi Nona, como parte del ritual conservado por generaciones. El Niño no era muy bonito, pues tenía cara de portugués de frutería, con extensas ojeras y todo, pero su extraordinaria vestimenta lo hacía tan bello que merecía ser nada más y nada menos que el Hijo de Dios Amado. Los pesebres de todas mis tías han heredado coroticos que Mi Nona fue adquiriendo como parte del agradecimiento anual a Dios y la conmemoración de su venida a este mundo. Célebres son sus ángeles y los animales salvajes que desde la montaña le ofrecían tributo al Niño Divino con cara de portugués, a punto de transformarse, semanas después, en una reliquia, una vez que Mi Nona lo cubriera con un atuendo digno de recibir los más excelsos Reyes Magos.
Cada Navidad tú y tu cuatro se hacían uno, rendían constante tributo a la Virgen María, a San José, al Divino Niño Dios, al Ángel Gabriel, Reyes, Pastorcillos y todo el elenco del pesebre que San Francisco de Asís estrenó por primara vez hace poco más de ochocientos años.  La Navidad tú la asumías como un milagro y esa era la manera como la manifestabas.  Nunca olvidaré los hermosos juguetes que me traía el Niño Jesús cada veinticuatro a través de tu trabajadora, melodiosa y milagrosa mano. Casi nunca coincidían con lo que yo pedía, pero  superaban mis expectativas con creces.  Y eso era lo que dejaban los superiores de tu trabajo, quienes escogían de las donaciones del Estado, los más lujosos para sus hijos.  Pero tú como buen padre hurgabas y buscabas los más bonitos entre los que ellos habían desestimado.  El descubrimiento de nuestros regalos del Niño Jesús lo convertía, junto a mis hermanas Tibisay y Marilú, y nuestros vecinos, sobre todo Dianita, en una aventura y una fiesta que duraba poco más de una semana.  Asombrados quedábamos ante tanta maravilla, buscando siempre qué huella o qué evidencia dejaba aquel Niño recién nacido el cual se parecía también a los portugueses en su astucia y en su rendimiento laboral, pues ni sabía caminar y era capaz de darnos tantos regalos y  alegría, ¡Bueno, por algo era el Niño Jesús!
La casa  se llenaba de aguinaldos, competían con las Gaitas de Joselo y una que otra campaña electoral.  Pero nada que ver, mis hermanas mayores, Yajaira y Lucrecia heredaron tu amor por el canto y los villancicos. Sonia, la mejor amiga de Lucrecia, las superaba con su dulce y potente voz y no había quien se quedara admirando la armonía musical y el derroche del genuino talento que tu siempre congregabas en torno al pesebre. Exceptuando a José, quien por más que lo intentó jamás pudo conseguir hacer un acorde en su mártir guitarra, muy  a pesar de la paciencia y benevolencia con la cual tú le enseñabas de música. Otra evidencia más, el talento ni se enseña ni se transmite, pero nunca está de más un buen intento.  José nunca pudo ir más allá de los gemidos y desafinadas de Los Techos de Cartón, quizá sea por las enormes patillas de sus orejas, o las ladillas constantes aplicadas por mí,  la mayoría del tiempo en complicidad con  Eduardo y algunas veces con Dianita. La falta de concentración por nuestras travesuras fueron las excusas perfectas para que José no le sacara una sola nota  a la guitarra.
Al leer una vez la nota que dejaron Baltasar, Melchor, y Gaspar, sobre unas Escocitas y otras chucherías más, acomodadas sobre los zapatos de estreno dicembrino colocados estratégicamente cerca del pesebre, exclamé de manera ingenua que Los Reyes Magos sorprendentemente tenían la misma letra tuya, sólo que su lápiz, como era mágico, escribía azul.  Mi inocencia y sana imaginación no dejaron lugar a dudas o sospechas,  las cuales en el reino de la ilusión nada tienen que hacer.  Los Reyes Magos efectivamente debían ser como tú, nobles y bienhechores.  Además, seguramente acudieron a la misma escuela.  Recibieron clases contigo junto a la única maestra de Mosquey, y seguramente les hizo practicar los mismos óvalos y palotes, de forma tan estricta que se ganaron una letra palmer un poco cuadriculada y la cual se inclinaba a veces hacia arriba y a veces hacia abajo, como el magnífico viaje de Biscucuy a Mosquey, o como los complacientes lomos de los camellos de los Reyes Magos.  Siempre pensé  que Baltasar y tú eran grandes amigos, incluso él era más confidente contigo que Melchor.  Él tenía la piel morena igual a la tuya y estaba siempre sonriente.  En todos los pesebres averiguaba  su expresión y sin duda era muy simular a la tuya.  Además usaba un anillo parecido al que siempre guardabas en tu flux marrón con la inscripciones ITT, el cual nunca llegaste a usar.
Por eso nunca me extrañó que Baltasar tuviera una letra igual a la tuya, y sobre todo nos haya dejado una nota y un autógrafo exclusivo.  Para mí los Reyes eran algo de otro mundo.  Eran trotamundos eternos que se contentaban con hacer alegres visitas y honores a las personas de buena fe.  Esa misma era tu vocación.  Al Niño Dios le cantabas con tu cuatro rezos melancólicos.  Debías hacer un gran esfuerzo para tomar el compás de los Cuatros de los otros rezanderos, pues tu mano estaba habituada a ritmos más tropicales.  Pero tu sabías que todo tiene su momento, contenías tu algarabía para cuando, sin rezos cantados,  les ofrecías conciertos exclusivos frente a nuestro pesebre al Niño Chiquito Triunfante y Glorioso.

Por eso el siempre te cuida. Dios no puede abandonar a quien le ofrecía tan excelsos presentes. Baltasar jamás puede olvidar a su mejor amigo, a tan fiel compañero y tan excelente alumno que fuiste.  Tú, mi cuarto Rey Mago, me condujo hasta Dios, guiado por una estrella móvil brillante.  Sólo Mosquey podía ofrecerte un escenario digno de ti, lleno de noches frías y despejadas, con cielo repleto de estrellas, flores olorosas, casas humeantes, vacas y perros nobles, riachuelos y zanjones alegres, lagunas remansas, caminos silentes, árboles piadosos, montañas llenas de agua mineral, piedras ovaladas y de colores pasteles, en fin, todo un homenaje y constante agradecimiento a Dios.  Esa es toda tu expresión, un infinito canto a la vida, a la belleza y al amor.  ¡Cuán sabio eres!

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