martes, 4 de marzo de 2014

La Sierra Nevada de Mérida

Estuve caminando hoy por Mérida y he paseado por un sin fin de recuerdos, todos gratos.  La nostalgia no se hace presente... Es un cierto regocijo ... Me río de mis preocupaciones de antaño y lamento, -sin arrepentirme- de no haber disfrutado más de esta hermosa ciudad. Bueno, mis intereses eran otros. Sin embargo, los momentos que viví fueron tan intensos que me alegra el repasarlos ... Me subyuga pasar por las calles en las cuales me preguntaba quién era y a dónde iba, tenía una certeza incierta. Hoy, me da gusto hacerme la misma pregunta en esas mismas calles y tener una mejor respuesta. Me causa gracia saber que tenía la respuesta ahí en cada cuadra, en cada aroma, en cada instante, en cada cara. Mérida es una ciudad que te invita a vivir en cada momento, lo más intenso, y al mismo tiempo, te recuerda tu pasado para que te proyectes al futuro.
La inmensa sierra, imponente, pero nada caprichosa ni engreída, te invita a disfrutar de su paz y te advierte además muchos secretos, es como si te quisiera decir algo, te dice "soy un mágico texto". Esa sierra te recuerda un poco a ti, te manifiesta que es un cúmulo de misterios al igual que tú, que es una expresión viva y magnífica al igual que tú, y que puede ser interpretada de mil maneras... Es la multiplicidad de verdes, es el cúmulo de leyendas, es como una fiesta tranquila y amena, así como tú lo eres. Pensar que esa sierra fue confidente, de mis silencios y mis temores, de mis amores ... Ella vio como yo amanecía estudiando, sin descanso,  buscando el veinte en el parcial de sociología ... También vio como jugaba a ser grande y cómo grande jugaba a ser pequeño ... Ella vio mis desavenencias y desmanes ... Vio y fue cómplice de borracheras, de mis amanecidas junto a La Mula con las amistades más insólitas ... También supo de mis aventuras unas por puro juego sexual y otras de amor verdadero ... Supo de mis descaros, supo de mi atrevimiento para tener romances en plazas solitarias y en casas escondidas.
Sabe tanto de mí porque en las residencias estudiantiles uno no puede darle rienda suelta a sus vivencias. La Sierra fue la invitada secreta e insospechada de numerosos cumpleaños. Sí, de esas tortas que se compraban de diez en diez bolívares, las cuales se partían en las plazas porque de las residencias nos votaban si hacíamos mucha bulla.  Después no quedaba más remedio que hacer guerras de pastel con ellas por falta de sabor, en realidad eran manteca con azúcar... La Sierra vio mis amaneceres en camas ajenas, producto de besos robados. Ella fue testigo fiel de mi inocencia lacónica y perspicaz.  También de mi soledad, que fue la mayoría del  tiempo, reflexionando, pensando, andando, penando, pero feliz –sin saberlo-.

Hoy me reencuentro con la Sierra, me pregunto todavía que querrá decirme, pero pude codificar parte de ese mensaje, sino el más importante: Éste es mi mundo, éste es mi empeño, soy tan diverso, tan complejo, tan sencillo, tan imponente, tan joven, tan osado, tan tranquilo, tan inquieto como ella ... La paz y la felicidad están en mí, y el secreto de la felicidad es gozarse el esfuerzo, el empeño, la voracidad y el momento pasado-presente y futuro. Todo es ensoñación, La Sierra me recibe como hijo predilecto, desde que la vi por primera vez no he dejado de admirarla y ella a mí tampoco...

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